“Cuando la vida se detiene”
Lara
Ahora mismo me siento hundida, por haber abierto a la fuerza una puerta que quizás nunca debí de abrir yo solo. Tendría que haber sido cosa de Gabriel hacerlo. Pero sin embargo no me ha importado hacerlo y además indagar en él. Llegar a tocar su herida que aún supura. No me ha importado y además lo he dejado destrozado.
Cuando finalmente se marcha decido que no es momento de lamentarse, más tarde habrá más oportu- nidades. Levanto la vista y delante de mí tengo mi segundo día de prácticas.
Nada más entrar a la residencia esta mañana, lo primero que me recibe es el olor. Ese olor mezcla de sopa caliente, perfume de persona mayor y… algo más difícil de explicar. Es como si las paredes tuvieran memoria, como si cada grieta guardara el eco de todas las risas, susurros y llantos que han pasado por aquí. A veces pienso que los edificios deberían venir con ma- nual de emociones incluidas.
Camino por el pasillo intentando no hacer ruido, aunque mis botas siempre parecen estar en modo tambor africano. Me coloco la bata blanca, ese uniforme que supuestamente me convierte en “profesional” pero que, sinceramente, en mí queda más como disfraz. Como si fuese una actriz improvisando en una obra donde los demás sí saben el guión.
Todo parece rutinario al inicio. Saludamos a los residentes, revisamos que todo esté en orden, ayudamos a levantar a algunos. Yo sonrío, aunque todavía no me acostumbro a ese silencio cargado de fragilidad que se cuela en las habitaciones.
Hasta que ocurre.
Estoy en uno de los salones principales. Estoy con una de las auxiliares colocando bien las almohadas de la señora Ingrid, cuando escucho un murmullo extraño detrás. Una especie de respiración entrecortada. Al darme la vuelta, veo a otro residente, Erik, en su sillón, con los ojos entrecerrados y la piel más pálida de lo habitual.
El tiempo se me frena. Literalmente. No sé cuánto dura ese segundo en el que nadie dice nada. El mundo podría haberse parado y yo no me habría dado cuenta. Entonces una de las enfermeras se acerca con paso rápido pero tranquilo, como si su cuerpo estuviera entrenado para no transmitir pánico. Le toma el pulso. Su mirada lo dice todo antes de que sus labios pronun- cien una palabra.
—Ya está… —murmura, bajando la voz, como si no quisiera que la muerte se diera por aludida.
Yo siento un golpe seco en el estómago. Como si alguien me hubiera dado un puñetazo invisible.
¿De verdad…? ¿Así, tan de repente? ¿Una persona puede estar riéndose contigo un día y al siguiente… ya no?
Mi garganta se seca. Tengo que tragar saliva tres veces y aún así noto que algo me raspa dentro. Recuerdo, inevitablemente, a mi abuela. Esa habitación en la que lo vi tan frágil, ese pitido constante de la máquina antes de apagarse. Me juré entonces que nunca olvidaría ese sonido. Y aquí estoy, años después, en otro lugar, con otra persona… y siento exactamente la mis- ma punzada.
Me mareo. No sé si es por la mezcla de olores, por la tensión o por el simple hecho de que estoy presen- ciando algo tan grande y tan brutal como la vida que se apaga.
—Lara, siéntate un momento —me dice una de las auxiliares, con esa calma que da la costumbre. Como si la muerte fuera un visitante más, conocido, esperado.
Y ahí es cuando lo noto. La diferencia. Ellas se mueven con serenidad, como si hubieran aprendido a convivir con este tipo de despedidas. Colocan la manta sobre Erik con cuidado, con respeto, con una ternura que me sorprende. Es un ritual. Un gesto silencioso que dice: “te vimos, estuviste aquí, no eres un número”.
Yo, en cambio, estoy rota por dentro. ¿Cómo lo hacen? ¿Cómo consiguen no derrumbarse cada vez?
Mi cabeza empieza a divagar con ironías absurdas, mecanismo de defensa activado: Claro, Lara, bienvenida a tu primera clase práctica de “Cómo ser adulto y no descomponerte frente a la muerte”. Lección uno: respira. Lección dos: no salgas corriendo gritando “so- corro que no puedo con esto”.
Intento que no se me note en la cara. Pero sé que sí se me nota. Mis manos tiemblan un poco y me las escondo en los bolsillos de la bata, como si así pudiera disimular mi fragilidad.
Una compañera se acerca y me susurra:
—Es duro la primera vez… lo sé. Pero aprenderás.
¿Aprender? ¿Se puede aprender a no sentir? Porque yo siento demasiado.
Más tarde, durante el descanso, me siento en el comedor, con la taza de café temblando en mis manos. Las chicas hablan entre ellas, me preguntan cosas con gestos porque no todas hablan español ni yo noruego, y me río torpemente. Hasta les suelto alguna broma:
—Si me veis pálida no es por falta de sueño, ¿eh? Es que ya tuve mi bautizo oficial aquí… —digo medio en serio, medio intentando que la voz no se me rompa.
Ellas me miran con complicidad. Alguna me aprieta el brazo, como si supiera exactamente lo que pasa dentro de mí. Ese gesto me salva un poco del naufragio.
Al final del turno, cuando salgo a la calle, el frío de Alta me golpea en la cara y siento que la piel arde. Estoy agotada. Reventada. Como si hubiera corrido un maratón emocional.
Camino hacia casa pensando en Erik, en mi abuela, en todos los que se van y en los que se quedan recogiendo los pedazos. Pienso en lo injusta que es la vida y, al mismo tiempo, en lo inevitable de todo esto.
Hoy Gabriel parece que no viene a recogerme. Creo que se ha quedado bastante destrozado de esta mañana. En casa me dejo caer en el sofá sin quitarme ni las botas. No me muevo, solo miro el techo. Y por primera vez, entiendo que cuidar no es solo dar pastillas o ayudar a vestirse. Es también sostener el vacío cuando alguien se va.
Y sí, estoy destrozada. Pero también siento que, de alguna forma, hoy he aprendido algo. Algo que no viene en ningún manual ni en ningún uniforme. Algo que solo te enseña la vida… o la muerte.
Cuando después de un rato me levanto del sofá me doy cuenta de que Gabriel tampoco está por aquí. ¿Dónde está? Me preocupa dejarlo solo después de lo de esta mañana.