Donde empieza el invierno

50

“La promesa en la tinta”

Emma

Nunca había odiado tanto el sonido de un monitor como en esos días. El pitido constante, regular, que al principio me tranquilizaba —porque significaba que seguía aquí, que mi corazón todavía aguantaba—, había pasado a ser un recordatorio cruel de que cada latido estaba contado. Y lo peor es que lo sabía, lo sabía en cada respiración que me costaba un poco más, en cada visita del médico con esa mirada piadosa que me hacía sentir como si ya me estuviera despidiendo incluso antes de abrir la boca.

El hospital olía a higienizante, a pasillos demasiado blancos y demasiado vacíos. Esa mezcla de calma y condena que tienen los lugares donde uno viene a aferrarse a la vida o a soltarla. Yo ya sabía en qué lado estaba. Pero no pensaba rendirme del todo, al menos no mientras pudiera sostener un bolígrafo.

Tenía la carta delante. El sobre en blanco, la hoja aún vacía. Y aunque mis manos temblaban, aunque cada palabra me parecía un esfuerzo mayor que el anterior, sabía que tenía que escribirla. No para mí, sino para él. Para Stellan. O Gabriel, como se empeñaban algunos en llamarlo. Yo me reía, porque para mí siempre sería Stellan, con su torpeza, con su sonrisa a medio hacer, con esa manera de querer como si le diera miedo romper lo que tocaba.

—Vas a dejar la tinta hecha un desastre —me dijo entre risas ahogadas cuando me vio con el bolígrafo mal sujeto.

—Pues será un desastre bonito —respondí, tosiendo entre medias, con una ironía que era más frágil que firme.

Él me miraba sin saber si reírse conmigo o llorar. Yo prefería que se riera.

—Emma… —su voz sonó quebrada. Y en esa grieta me colé para sostenerlo, aunque fuese con mi debilidad.

—Shhh, no me mires así —le dije, forzando una sonrisa—. No voy a convertirme en un fantasma melancólico que te susurre en la noche. Aunque si sigues poniendo esa cara, igual sí.

Conseguí que riera un poco. Y ese era mi triunfo.

Me incliné sobre la hoja. Y empecé a escribir, despacio, casi dibujando cada letra para que él pudiera leerme incluso cuando yo ya no pudiera hablar.

La carta

*"Amor mío,
No quiero que cuando pienses en mí recuerdes un hospital. No quiero que cierres los ojos y veas este cuarto blanco y este cuerpo cansado. Quiero que pienses en nosotros. En las risas tontas, en los planes que nunca terminamos de organizar, en las canciones que desafinamos.
Sé que esto duele. A mí también me duele, más de lo que puedo poner en palabras. Pero quiero que escuches bien lo que voy a pedirte, porque es lo más importante que te he pedido jamás.

No dejes que mi ausencia sea el final de nuestro viaje.

Sabes que soñamos con llegar a Alta. Era mi casa, mi raíz, y se convirtió en nuestro destino. No me duele no poder acompañarte físicamente. Me dolería más que tú no fueras. Prométeme que irás, que llegarás por los dos, y que cuando llegues mirarás al cielo, al mar, a la nieve, y sabrás que yo estoy allí contigo. Porque lo estaré.

Si llegas a Alta, yo estaré allí contigo de alguna forma.

Este amor no termina con la enfermedad, ni con la distancia, ni siquiera con la muerte. Porque tú y yo no somos una fecha en el calendario: somos todo lo que construimos juntos, y lo que aún puedes construir.
Te amo. Y siempre lo haré.

Emma."*

Cuando levanté la vista, tenía los ojos nublados. No podía llorar más de lo que ya lloraba por dentro. Pero lo que sí podía era sonreírle. Le tendí la carta.

Stellan la tomó con una delicadeza casi ridícula, como si ese papel fuera cristal y no simple celulosa. Yo veía cómo le temblaban los dedos, cómo dudaba en abrirla allí mismo.

—Guárdala —le dije, suave, con la voz cansada—. No la leas ahora. Sino más adelante.

Él asintió. Cerró los ojos un segundo, respiró hondo, y apretó el sobre contra su pecho. Con tanta fuerza que pensé que lo iba a arrugar. Y sin embargo, no lo soltó. Como si al hacerlo yo me escapara del todo.

No lloró delante de mí. Sé que quería, pero no lo hizo. Se tragó las lágrimas con esa dignidad torpe que me enternecía y me rompía al mismo tiempo.

—Emma… —susurró, y en su susurro estaba todo: el amor, la rabia, el miedo, la promesa.

Yo le acaricié la mejilla con la poca fuerza que me quedaba.

—Cumple nuestro viaje, amor. No dejes que me quede a medio camino.

Él asintió de nuevo. Apenas un gesto, pero cargado de eternidad.

Y mientras cerraba los ojos, no pensé en el hospital, ni en la enfermedad. Pensé en Alta. En la luz del norte, en la nieve, en el mar frío y poderoso. Y supe que, cuando llegara el momento, estaría allí, esperándolo.

Siempre.



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En el texto hay: viaje, romance, drama

Editado: 05.07.2026

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