“Recordar es otra forma de seguir amando”
Lara
La tarde en la librería ha sido tranquila. Sin mucho trabajo y sin incidencias reseñables, lo más curioso de la tarde ha sido un hombre que ha intentado devolver un libro que claramente se había leído. Pero al final con mi simpatía pura he conseguido convencerlo de que era imposible.
Llego a casa con el abrigo aún empapado de la nieve que sigue cayendo afuera. La calle está en silencio, como si el mundo entero se hubiera detenido bajo esa capa blanca que no deja de acumularse en los bordes de las ventanas. Camino despacio, porque cada paso pesa como si llevara encima todo el día colgado de los hombros. Cierro la puerta con cuidado, intentando no hacer ruido, aunque por dentro siento la necesidad de gritar, de vaciarme.
—¿Lara? —escucho la voz de Gabriel desde el salón.
Está sentado en el sofá, con una manta sobre las piernas, mirando hacia la ventana. La televisión está apagada; solo se escucha el crujido leve de la calefacción. No me giro de inmediato. Dejo las llaves sobre la mesa y respiro hondo, porque sé que si hablo ahora, la voz se me va a quebrar.
—Sí, soy yo —respondo, pero mi tono ya delata que algo no está bien.
Camino hacia él, me dejo caer en el sillón de enfrente y me froto las manos, como si el frío se me hubiera metido hasta los huesos. En realidad no es frío: es otra cosa, algo más hondo, como si me hubieran arrancado un pedazo de algo que no sabía que seguía guardando.
—Hoy… —empiezo, pero la garganta se me cierra. Respiro hondo de nuevo, y miro al suelo, al parquet oscuro que parece moverse como un mar bajo mis ojos cansados—. Hoy falleció una paciente en la residencia.
El silencio después de mi frase es tan fuerte que me obliga a levantar la vista. Gabriel me mira con atención, pero no dice nada. Solo su respiración se escucha, lenta, contenida, como si tampoco supiera cómo reaccionar.
—Estaba en mi turno —continúo, aunque las palabras me raspan—. Estuve allí, vi cómo se apagaba poco a poco. El equipo lo llevó con calma, con esa profesionalidad fría que admiro y me asusta a la vez. Y yo… —me muerdo el labio, siento que voy a llorar, pero no quiero—. Yo no podía reaccionar.
Me aprieto las manos contra las rodillas para no temblar. La imagen de la mujer tendida, con la respiración entrecortada y luego ese vacío definitivo, se me clava en los párpados cada vez que los cierro.
—No sé cómo lo hacen los demás. Para ellos… es parte del trabajo. Lo dicen así, sin más: “ha fallecido”. Y siguen. Pero yo… yo no puedo seguir como si nada.
La voz se me rompe de golpe. Me cubro la cara un momento con las manos, y al hacerlo, siento que vuelvo a estar en la habitación de mi abuela, años atrás.
—Me recordó a mi yaya —susurro, con un nudo en la garganta—. Cuando murió, yo estaba allí. No era tan mayor como esta mujer, pero… —trago saliva—. La miro cada día en mi cabeza, ¿sabes? Como si todavía estuviera en esa cama, como si no hubiera pasado el tiempo. Y hoy, verla… fue como verla a ella otra vez.
El silencio de Gabriel se alarga. Él no aparta la mirada de mí, pero tampoco dice nada. Y esa quietud suya, ese gesto contenido, me enerva y me desarma a la vez.
—¿No vas a decir nada? —pregunto, un poco más brusca de lo que debería.
Él baja los ojos. Sus labios se tensan, se humedecen un instante como si fuera a hablar, pero no lo hace. El reflejo de la nieve se proyecta sobre su rostro y noto que sus ojos brillan, vidriosos, aunque intenta esconderlo.
—Gabriel… —lo llamo en un susurro, esperando que reaccione, que diga aunque sea una palabra.
Pero él sigue callado. Su silencio es una pared, una muralla que no logro atravesar. Y cuanto más calla, más siento que me quedo sola con lo que llevo dentro.
Me levanto del sillón con un movimiento brusco. Camino hacia la ventana, veo los copos que caen, lentos, espesos, acumulándose en el alféizar. Afuera todo parece blanco, pero dentro de mí solo hay un vacío oscuro.
—No sé si lo entiendes, pero… hoy necesitaba que alguien me escuchara de verdad —mi voz tiembla—. Que me abrazaras, que dijeras algo, lo que sea. Y tú… nada.
Me giro hacia él. Está sentado igual que antes, pero ahora su rostro tiene una tensión que me duele. Como si su silencio no fuera indiferencia, sino un peso que lo aplasta tanto como a mí. Sin embargo, yo no lo sé leer del todo. No puedo.
—Olvídalo —digo al final, con un gesto de impotencia.
Agarro el abrigo del perchero y lo saco a medias, aunque ni siquiera sé adónde voy. Necesito aire, espacio, algo.
—Lara… —murmura Gabriel, apenas audible.
Pero no añade nada más.
Abro la puerta y salgo al pasillo. El frío me golpea en la cara, pero me resulta más honesto que ese silencio suyo que me deja desarmada. Camino despacio, oyendo cómo la nieve cruje bajo mis botas, y pienso que nunca había sentido tanto la distancia entre dos personas que están sentadas a tan solo un metro de distancia.
Mientras tanto, él se queda allí, en el salón, atrapado en sus propios fantasmas, en su propio dolor. Un dolor que yo todavía no alcanzo a comprender.
La calle está desierta. La nieve sigue cayendo sin descanso, cubriendo los coches aparcados, apagando los colores de los escaparates. Camino sin rumbo fijo, siguiendo el crujido de mis botas como si fuera el único sonido que me mantiene aquí.
Doblo una esquina y me detengo. Un edificio de piedra, discreto, apenas iluminado por una farola, me llama la atención. En la entrada hay un cartel: Museo de la Resiliencia. No lo había visto antes, o quizá nunca me había fijado. Está abierto, la puerta entreabierta, y una calidez extraña se escapa desde dentro, como si me invitara a entrar.
Cruzo el umbral casi sin pensarlo. El interior es sencillo, casi vacío, con pasillos blancos donde cuelgan fotografías y frases escritas a mano en varios idiomas. Son testimonios anónimos de personas que han perdido algo: un padre, un hijo, una pareja, una vida que se quebró de golpe.