Donde empieza el invierno

52

“Ausencia inesperada”

Lara

Gabriel no aparece en todo el día. Ayer cuando llegué estaba en silencio. Pensé que estaría en su habitación pero esta mañana cuando he ido a comprobarlo no había nada.

Lo noto desde primera hora de la mañana. El vacío en la cama, el silencio extraño en el pasillo. Cuando me levanto, la casa parece más grande de lo que es, como si hubiera perdido de repente un centro invisible que la sostiene. Hago café, pongo dos tazas sobre la mesa por costumbre, pero la suya se queda intacta. La miro una y otra vez, esperando escuchar la puerta del baño, el ruido de sus pasos… nada.

—Habrá salido temprano —me digo, intentando sonar convincente.

Pero no es habitual en él. A media mañana, cuando vuelvo de la residencia, saco el móvil y le escribo un mensaje rápido: ¿Dónde estás?. Minutos después: ¿Todo bien?. No hay respuesta. Lo llamo. Tres tonos. Cuatro. Buzón de voz.

Me quedo con el teléfono pegado a la oreja unos segundos más, escuchando ese silencio mecánico, como si pudiera arrancarle una pista. Nada.

El reloj de la cocina marca las dos y media. Luego a las tres. Termino de comer. El sol entra oblicuo por la ventana, pintando la pared de una luz blanca que va moviéndose poco a poco. Yo me siento en la mesa, inmóvil, como si el tiempo dependiera de mí.

Intento convencerme de que está bien. Que se ha despistado, que ha salido a hacer alguna gestión. Pero a medida que avanzan las horas, mi mente empieza a dibujar escenarios que no quiero ni formular. Un accidente. Una decisión repentina de marcharse. El recuerdo de su silencio anoche vuelve con fuerza: esos ojos perdidos, ese gesto hermético. ¿Habrá sido demasiado para él?

A las tres y cuarto vuelvo a llamarlo. A las tres y media. A las cuatro menos cuarto. El teléfono sigue muerto.

Me sorprendo a mí misma dando vueltas por la casa, ordenando cosas que no necesitan orden. Doblo mantas, limpio la encimera, coloco libros. Todo para no mirarme frente al vacío. Pero cada vez que paso frente al reloj, siento un golpe seco en el pecho.

—¿Dónde estás, Gabriel? —susurro, como si el aparato pudiera contestarme.

Decido no seguir haciéndome mal y me voy a la librería al turno de tarde.

El cielo cambia de color. A media tarde la luz se vuelve gris, después anaranjada. El teléfono descansa en la mesa al lado del ordenador de compras, boca arriba, como un animal dormido que en cualquier momento debería despertarse. Pero no lo hace. De hecho lo he dejado con sonido por si en cualquier momento me llama.

La noche llega. Regreso a casa y enciendo una lámpara, luego otra, porque la oscuridad me incomoda más que nunca. La incertidumbre se ha convertido en un ruido constante dentro de mí, como un zumbido en los oídos. Estoy entre la rabia y el miedo.

Y entonces lo escucho.

Primero, un sonido apagado en el pasillo de la entrada. Pasos arrastrados, irregulares, como si cada movimiento le costara el doble. Me acerco a la puerta y, antes de que gire la llave, un olor me alcanza: alcohol. Denso, penetrante, imposible de confundir.

La cerradura gira. La puerta se abre despacio.

Gabriel aparece tambaleándose. Su ropa está arrugada, el abrigo medio abierto, la bufanda torcida. El pelo enmarañado, los ojos vidriosos. Respira con dificultad, el pecho subiendo y bajando de forma irregular. Su piel está enrojecida por el frío, y al rozarme al pasar noto sus manos heladas.

—Gabriel… —mi voz se rompe entre reproche y alivio.

No responde. Avanza unos pasos y casi se derrumba en el sofá. Se sienta de golpe, se lleva las manos a la cara. Resopla.

—¿Dónde estabas? —pregunto.

Silencio.

—Te he llamado todo el día. Te he escrito. He pensado… no sé qué he pensado. ¿Me vas a decir algo?

Se frota la nuca, encogiéndose como si todo su cuerpo quisiera hacerse pequeño. Cuando por fin murmura, lo hace con voz pastosa:

—Lo siento.

—¿Lo sientes? ¿Eso es todo?

Levanta la vista un instante. Sus ojos están húmedos, pero no me sostienen la mirada.

—No podía… —balbucea.

—¿No podías qué? —mi tono sube sin querer. La mezcla de miedo y enfado me empuja a exigir. —¿No podías contestar?

¿No podías avisar?

¿No podías, que?

Él baja la cabeza, se frota otra vez la nuca.

—No sé cómo… —susurra.

El silencio se instala entre nosotros, pesado, insoportable. Yo camino de un lado a otro de la sala, con el corazón acelerado.

—Gabriel, dime algo, lo que sea. Hazme entender. No puedes aparecer así, oliendo a alcohol, con esa cara… No puedes desaparecer sin más. Entiendo que no somos nada. Pero me preocupo por ti.

Él aparta la mirada hacia el suelo, respira hondo y deja caer los hombros.

—¿Has vuelto a beber? ¿Acaso no recuerdas lo difícil que fue salir de allí?

—No puedo explicarlo —dice finalmente, con un hilo de voz.

—¿No puedes o no quieres?

Ninguna respuesta. Sólo un gesto de derrota. Se hunde más en el sofá, como si el peso del mundo lo aplastara.

Me acerco despacio. Le toco la mano, está helada. La retira con suavidad, como si el contacto le doliera.

—Mírame —le pido.

Pero no lo hace. Sus ojos siguen perdidos en un punto indefinido, brillando por algo que parece contener con todas sus fuerzas.

—¿Qué te pasa, Gabriel? —insisto, ya casi suplicando. —No me dejes fuera.

Él niega con la cabeza. Dos palabras apenas salen de sus labios:

—No puedo.

La frustración me invade. El miedo se transforma en rabia.

—Siempre igual —digo, levantándome de golpe. —Te encierras, te callas, y yo aquí, inventando explicaciones, muriéndome de preocupación.

Camino hacia la ventana. La nieve cae en silencio, acumulándose en la acera, reflejando la luz amarillenta de las farolas. El mundo parece quieto, casi bello, pero yo estoy atrapada en un torbellino.

—¿Quieres hablar? —pregunto, sin girarme.



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En el texto hay: viaje, romance, drama

Editado: 26.07.2026

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