Donde empieza el invierno

53

“El puente invisible”

Gabriel

Duermo mal. No es novedad. El colchón me resulta extraño todavía, la madera que cruje a cada movimiento parece recordarme que sigo siendo un invitado en la vida de otra persona. Y, sin embargo, esta noche algo distinto me invade: no sólo el insomnio habitual, sino imágenes que se cuelan como viejas fotografías que alguien hubiera dejado olvidadas en un cajón.

De nuevo el cansancio me invade y me vuelvo a dor- mir.

Sueño que estoy en un parque. Lo sé por el olor a tierra húmeda, por el crujido de hojas secas bajo mis pies. Cada pisada resuena como si caminara dentro de una caja de recuerdos. A lo lejos ladra un perro, un sonido agudo que se apaga con rapidez en la tarde tibia. El sol del atardecer tiñe todo de un dorado imposible: los columpios brillan como si fueran de cobre, los troncos de los árboles parecen pintados a mano.

Y está ella. Una niña pequeña que corre delante de mí, con esas trenzas desordenadas que nunca terminan de estar bien hechas. Lleva un vestido claro, manchado de tierra en el dobladillo. Se ríe, una risa que perfora todo lo demás, más fuerte que los ladridos, más pura que el viento que mueve las ramas.

—¡Mira! —dice, y me extiende un papel.

Un dibujo. Siempre es un dibujo. Colores torpes, líneas que apenas sostienen una casa, un sol en la esquina, un árbol con hojas redondas. Lo conozco. Este gesto lo he vivido tantas veces que ni siquiera necesito mirar para saber qué representa.

La niña espera mi reacción con los ojos abiertos, como si el mundo entero dependiera de que yo sonría.

—Es precioso —respondo en el sueño, aunque mi voz suena quebrada, como si viniera desde otra habitación.

Ella me abraza de repente. Un abrazo pequeño, fuerte, inesperado. No dura más que un segundo, pero se clava en mi pecho como un hierro ardiente. Quiero que no termine, pero sé que siempre acaba igual: la niña suelta, se echa a correr hacia los columpios, y la luz del parque empieza a deshacerse en sombras.

Me despierto. Abro los ojos y miro el techo. La cabeza me va a mil Me duele por culpa del alcohol. Es como si tuviese un tambor dentro. Tardo unos segundos en reconocer dónde estoy, como si aún esperara ver ramas sobre mi cabeza. La habitación está en silencio, un silencio pesado que contrasta con la risa de hace un momento. Intento retener la imagen, pero se escurre. Me queda esa mezcla de nostalgia y tristeza, un nudo en la garganta que me acompaña incluso cuando me siento al borde de la cama.

Camino hacia el salón. La casa huele a madera fría. En la mesa veo la mochila de Lara, caída como si alguien la hubiera dejado con prisa. Ella ya se habrá ido a sus prácticas. Pero algo sobresale: una libreta, apenas unos centímetros que me invitan a tirar de ellos.

No debería. Sé que no debería. Pero lo hago. La abro. Reconozco la letra de Lara, redondeada, a veces apresurada. Es un diario.

Leo.

"Al principio no sabía qué pensar de él. Apenas hablaba. Me contestaba con monosílabos y a veces parecía molesto por mis preguntas. Yo también me sentía tonta, porque siempre estaba hablando y él parecía inmune a mis intentos de conversación. Me hacía pensar que quizá había algo mal en mí."

Me quedo quieto. Sigo leyendo.

"Pero luego… no sé cómo explicar… a veces lo pillo haciendo gestos pequeños que me sorprenden. Me abrió la puerta del coche cuando yo estaba cargando demasiado. Me pasó una manta sin que se lo pidiera. Parece que ni él mismo se da cuenta de que hace esas cosas."

Respiro hondo. Paso páginas.

"Ahora me sorprendo confiando en él. Dejó que me quedara en su casa. Yo, que siempre he sido desconfiada, no entiendo por qué. Tiene algo extraño: no habla, pero cuando lo miro sé que está ahí. Y aunque no diga nada, siento que me sostiene."

Cierro la libreta. La dejo en su sitio como si no hubiera pasado nada, aunque por dentro me tiemblen las manos.

Y entonces lo entiendo: ese sueño, esa niña, esa voz que me falta… y esta mujer que escribe sobre mí sin saber lo mucho que me sostiene ella a mí.

Lara

Hoy es un mal día. No sé si empezó por haberme dejado la mochila en casa —algo que me descolocó desde la primera hora— o porque, simplemente, el mundo ha decidido darme la espalda. Voy de culo todo el día.

En las prácticas, las compañeras apenas me saludan. Me sonríen con educación forzada, pero sus palabras son monosílabos: “sí”, “no”, “ya”. Cuando pregunto algo, contestan como si les costara un esfuerzo tremendo.

En la tienda de camino al centro, ni siquiera me miran a los ojos. Siento las miradas que se clavan en mi espalda, como si llevara un cartel que dijera forastera.

Más tarde, en el mercado, me pasa lo mismo. Estoy de pie frente a un puesto de pescado y noto cómo las conversaciones bajan de volumen en cuanto me acerco. Es como si mi presencia restara aire. Un silencio incómodo. Me siento invisible, y al mismo tiempo demasiado visible.

Me duele.

—¿Qué pasa? —suena una voz a mi lado. Es Gabriel.

No lo había visto llegar. Aparece tranquilo, como si todo este peso social no existiera. Conoce a los vecinos. Les sonríe, estrecha manos, comenta algo del frío que hace, una anécdota sobre un invierno en que se congelaron las cerraduras de los coches.

La gente se ríe. Se ríe de verdad.

—Ella es Lara —me presenta, con naturalidad, como si su voz pudiera abrir puertas cerradas.

Me coloca suavemente una mano en la espalda, un gesto que me impulsa a saludar. Yo apenas alcanzo a sonreír, tímida. Pero al mismo tiempo acordándome de lo que paso ayer. Después de hablar con él parece que algo dentro de él cambió. Sigo sin saber exactamente que es lo que le llevó a no decirme porque había estado todo el santo día fuera y porque vino oliendo a alcohol. Solo sé que confesó que él no sabe otra forma de reaccionar. Cosa que no sé si hace que me preocupe más o que empiece a entender que él es así y no voy a poder hacer nada para cambiarlo.



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En el texto hay: viaje, romance, drama

Editado: 26.07.2026

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