Donde empieza el invierno

55

“El error que arde por dentro”

Gabriel

La casa respira un silencio denso, de esos que parecen tragarse cada sonido. Afuera, el viento golpea con fuerza las ventanas y se cuela por los huecos de la madera, silbando como un animal herido. Dentro, la chimenea crepita, arrojando chispas que iluminan intermitentemente la penumbra. El olor a leña quemada impregna todo, mezclándose con la humedad de la ropa que colgamos cerca para que se secara.

Me quedo de pie, observándola. Lara está tumbada en el sofá, recogida bajo una manta. La tela apenas logra ocultar el temblor leve de su cuerpo. Sus mejillas arden, pero no de rubor; es fiebre. Su respiración es más pesada, más profunda. Y lo que más me inquieta: está callada. Ella, que siempre tiene una pregunta, una ocurrencia, una palabra para llenar cualquier silencio, hoy no dice nada.

Ese vacío suyo me incomoda más que cualquier cosa. Cruzo los brazos, intentando convencerme de que no es mi problema. Pero me engaño.

Doy un paso, luego otro, y me inclino sobre ella. El cabello le cubre parte de la cara, húmedo por el sudor. Sus labios están resecos, entreabiertos. Su fragilidad me golpea con fuerza.

—Estás hecha un desastre —murmuro.

Abre los ojos apenas un segundo, lo suficiente para fulminarme con una mirada cansada, y vuelve a cerrarlos. Ese gesto mínimo es tan suyo que me obliga a contener una sonrisa.

No lo pienso demasiado. Tomo otra manta del respaldo de la silla y la coloco sobre ella. Me agacho y acomodo la tela, metiéndola bajo sus hombros para que quede bien arropada. Siento el calor febril de su cuerpo a través de la manta. Trago saliva.

No soy de hacer estas cosas. No debería. Pero lo hago. Y, para justificarlo, digo en voz baja:

—No te acostumbres, preguntona.

Me enderezo, camino hacia la cocina. El suelo cruje bajo mis botas. Intento distraerme, pensar en otra cosa, pero acabo sacando la tetera. El silbido metálico, el vapor que se levanta y empaña los cristales, me recuerdan que no estoy hecho para cuidar a nadie. Y, sin embargo, estoy preparando té. Para ella.

Cuando regreso con la taza, el fuego de la chimenea baña el salón en tonos anaranjados. Ella ha cerrado los ojos, pero los abre al sentirme cerca.

—Bebe —le digo, ofreciéndole la taza.

Lara la observa con desconfianza.

—¿Esto es un té o un castigo?

Dejo escapar una sonrisa breve, involuntaria.

—Solo bébelo.

La ayudo a sostener la taza. Sus manos tiemblan, así que termino sujetándola yo. Ella bebe a sorbos pequeños, pausados. Cada vez que baja la taza, limpio con el pulgar una gota de líquido en su barbilla. Lo hago sin pensarlo, como si fuera lo más natural de este mundo.

—No está tan mal… —murmura, acomodándose otra vez en el sofá.

—Llamare para avisar de que hoy no puedes ir a acudir a las prácticas ni a la librería. No te preocupes lo entenderán.

Me quedo sentado junto a ella. Podría levantarme e irme, pero no lo hago. Le pongo la mano en la frente para comprobar la fiebre. Su piel arde bajo mis dedos. Cierro los ojos un instante. Cuando los abro, ella me observa con una sonrisa débil.

—Vaya… quién lo diría. El señor distante cuidando de mí.

Retiro la mano de golpe.

—Solo me aseguro de que no mueras de una gripe.

Ella ríe suavemente, y ese sonido frágil me desarma más que cualquier otra cosa.

Me levanto, camino hasta la mesa, cojo un libro. In- tento leer, perderme en las páginas. Pero no paso ni dos líneas. La oigo moverse, respirar, toser bajo la manta. Y cada sonido suyo me arrastra de vuelta.

Dejo el libro, resoplo, y regreso a su lado.

—¿Quieres agua? —pregunto, casi brusco.

—No… solo quédate ahí.

No sé qué responder. Así que obedezco. Me quedo sentado en silencio.

El tiempo se vuelve extraño. El fuego chisporrotea, afuera el viento ruge, pero aquí dentro todo es lento. Ella abre los ojos a medias, somnolienta, y me encuentra allí. No digo nada. Solo la miro.

Un mechón de cabello húmedo le cae sobre la frente. Sin pensarlo demasiado, lo aparto con los dedos. Ella me sostiene la mirada. La fiebre le da un brillo especial en los ojos, vulnerable, casi hipnótico.

El silencio es insoportable. Cargado. Vibrante.

Me inclino un poco más hacia ella. Lara tiembla bajo la manta, con el rostro encendido por la fiebre, los ojos entreabiertos y cansados. El brillo en sus pupilas no es el de siempre, ese que me desarma cada vez que son- ríe; ahora es un destello húmedo, vulnerable, que me obliga a quedarme aquí, sin moverme, como si con mi presencia pudiera sostenerla.

Le paso la mano por la frente y noto el calor abrasador de su piel. Suspiro. Odio verla así, tan frágil, cuando normalmente llena cada rincón con su voz y su energía. Ahora guarda silencio, y yo me descubro deseando arrancarle aunque sea un murmullo, algo que me confirme que sigue siendo ella, la misma de siempre.

—Estás ardiendo —le digo en voz baja. Mis palabras se pierden casi en un susurro, más para mí que para ella.

Lara parpadea despacio. La observo morderse el labio inferior con un gesto débil, como si quisiera hablar pero no encontrara fuerzas. Y entonces, apenas un instante, sus ojos se detienen en los míos. Me mira sin máscaras, sin la barrera de su carácter inquieto. Es una mirada directa, desnuda, como si me ofreciera algo que nunca se atreve a mostrarme cuando está bien.

Me acerco un poco más, vencido por esa atracción silenciosa que me arrastra hacia ella. Mi respiración se mezcla con la suya, irregular por la fiebre. Quiero dete nerme, decirme que no es el momento, que no debo aprovechar su debilidad. Pero no puedo. Porque lo que siento no nace de la fiebre, ni de la fragilidad, ni de la compasión. Nace de lo inevitable.

—Lara… —pronuncio su nombre, casi como una súplica.

Ella cierra los ojos y ladea apenas el rostro, buscándome sin palabras. Ese gesto minúsculo me atraviesa por dentro. Ya no pienso. No dudo. Me inclino despacio y rozo sus labios con los míos.



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En el texto hay: viaje, romance, drama

Editado: 26.07.2026

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