Donde empieza el invierno

56

“Entre estanterías y páginas”

Lara

El olor a papel viejo y café recalentado me recibe como cada tarde. Después del día tan malo que pasé ayer hoy me he levantado con energía y he podido ir esta mañana a las prácticas después de pedir más de mil disculpas y ahora me encuentro en la librería. No he hablado aún con Gabriel. Aunque después de lo que ocurrió me estuvo cuidando he sentido que me ha estado esquivando desde entonces. Y ahora estoy aquí.

La librería es un refugio distinto a la casa: aquí los silencios no pesan, se acompañan con el roce de las páginas y el murmullo de clientes que hojean distraídos. Camino entre las estanterías, repasando títulos, ordenando volúmenes que nadie pedirá pero que a mí me gusta colocar en fila, como si fueran soldados en formación.

Me detengo un segundo y paso la mano por el lomo de un libro de tapa dura. El tacto áspero del cartón, el crujido leve al moverlo, me devuelven esa sensación de calma que solo los libros saben dar. Es un lugar donde el tiempo se ralentiza. Donde la fiebre de anoche parece un mal sueño.

Carraspeo. Mi garganta todavía está algo áspera, pero al menos ya no siento el cuerpo ardiendo como antes. El té de Gabriel me vino bien, aunque no pienso decírselo nunca. No pienso darle ese triunfo.

Dejo un libro sobre la mesa y, al levantar la vista, lo veo.
Gabriel. Está en la puerta, como si el marco lo retuviera. Se queda ahí, unos segundos más de lo necesario, observando el interior de la librería con esa seriedad suya, como si estuviera evaluando un terreno hostil antes de entrar.

Lo reconozco enseguida: no es el Gabriel de siempre. Está raro. Más callado aún, si eso es posible. Como si viniera con las manos atadas y no supiera dónde meter la mirada.

Y entonces recuerdo la noche anterior. El beso. Ese roce breve, suave, que se me quedó grabado en los labios aunque él saliera huyendo como si acabara de cometer un delito.

Me muerdo la sonrisa. Porque si algo he aprendido es que los hombres tienen conductas extrañísimas después de un beso. Algunos se creen héroes conquistadores, otros huyen despavoridos. Gabriel pertenece claramente al segundo grupo.

Era cuestión de tiempo que eso pasara y aunque yo intentara reprimir mis instintos sabía que tarde o temprano eso pasaría. Pero tenía miedo, bueno y lo sigo teniendo porque sigo sin entender lo que lleva detrás Gabriel y aun me asusto todo aquello.

Él se acerca despacio, sin decir palabra. Me quedo tras el mostrador, observándolo. Veo cómo mira los estantes, cómo finge interés por títulos que sé que no le importan lo más mínimo. Sus hombros tensos, las manos escondidas en los bolsillos. Parece un adolescente en su primer día de instituto.

—Buenos días —rompo el hielo, porque alguien tiene que hacerlo. Y esta claro que él no va a ser.

—Buenos días —responde, seco.

Estoy por darle un diccionario a ver si de esta manera encuentra las palabras ya de una vez.

Se acerca al mostrador, pero no demasiado. Se queda a una distancia prudente, como si hubiera una barrera invisible entre los dos.

—¿Cómo te encuentras? —pregunta al fin, sin mirarme directamente.

—Mejor. Supongo que sobreviviré al resfriado —respondo, con una media sonrisa—. Lo que me extraña es que no te lo haya pegado a ti.

Asiente, incómodo.
Ese gesto suyo me arranca una risa interior. Yo lo veo clarísimo: no está aquí por casualidad. Vino a comprobar cómo estoy, aunque su manera torpe lo disimule.

Me cruzo de brazos y decido que no voy a dejarlo escapar tan fácil.

—Así que… —empiezo, con tono casual—. Sobre lo de anoche.

El silencio se clava entre nosotros como una estaca. Gabriel se tensa aún más, si es que es posible.

—No tendrías que… —empieza, pero lo corto.

—Tranquilo. No voy a dramatizar. Fue un beso, Gabriel. No mordí a nadie. No te vas a convertir en un vampiro ni nada parecido.

Me mira entonces, directo, como si mis palabras lo hubieran obligado. Su mirada está cargada de algo entre culpa y desconcierto.

—No sé por qué lo hice —admite, bajando la voz.

Lo observo. Y me sorprende su honestidad. Podría inventarse una excusa cualquiera, pero no: lo dice de frente. Y esa inseguridad lo hace más humano, más cercano.

Apoyo los codos sobre el mostrador y sonrío.

—No te preocupes. Los hombres rara vez saben por qué hacen lo que hacen.

Él aprieta la mandíbula, como si quisiera replicar, pero no encuentra palabras.

—Quizá… quizá no era el momento —añade al cabo de unos segundos.

—Tal vez no. O tal vez sí —respondo, encogiéndome de hombros—. Lo importante es que no tienes que justificarte.

Sus ojos buscan los míos con intensidad, pero no habla. Es como si estuviera librando una batalla silenciosa consigo mismo.

Yo decido suavizar el terreno. No quiero presionarlo.

—Oye, Gabriel —digo, con un tono más ligero—. Si sirve de consuelo, he tenido besos mucho peores.

Por un instante, me parece ver cómo se curva la comisura de su boca. Apenas un gesto, pero suficiente para mí.

Me acerco un poco, apoyando la mano sobre el mostrador, cerca de la suya, sin tocarla. Es un gesto mínimo, pero deja claro que no estoy enfadada, que no hay reproche.

—Cuando estés preparado, lo sabrás —añado, en voz más baja.

Él baja la mirada hacia el suelo, respira hondo. Y aunque no diga nada, sé que mis palabras han calado.

Un cliente entra en ese momento, rompiendo la tensión. Me aparto enseguida, tomo un libro y atiendo con naturalidad. Gabriel retrocede, como si la llegada del desconocido le diera la excusa perfecta para tomar distancia.

Mientras envuelvo el libro del cliente, siento la mirada de Gabriel todavía sobre mí. Y sé que aunque intente huir de este tema, no podrá ignorarlo por mucho tiempo.

Cuando el cliente se va, Gabriel ya está en la puerta.

—Nos vemos luego —dice, sin girarse del todo.



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En el texto hay: viaje, romance, drama

Editado: 26.07.2026

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