“Cartas y fantasmas del pasado”
Lara
No sé en qué momento un simple paseo por la casa se convirtió en el equivalente literario a abrir la caja de Pandora. Estoy buscando un bolígrafo, de esos que desaparecen misteriosamente cuando más los necesito, y de repente mis dedos tropiezan con algo distinto: un sobre cerrado, con el nombre de Gabriel escrito en una caligrafía delicada, limpia, elegante. Esa letra que parece salida de otro siglo, de otra vida.
Lo tomo con cuidado, como si sostenerlo pudiera romperlo. El papel está amarillento en los bordes, y noto una mancha oscura en una esquina —¿café? ¿lágrimas secas?—, pequeña, difusa, pero suficiente para que un escalofrío me recorra. No hace falta ser Sherlock para adivinar que esto no es cualquier nota.
Abro el sobre con la delicadeza de quien maneja por- celana fina. Dentro hay apenas unas líneas:
"Gabriel, siempre fuiste, eres y serás el amor de mi vida. No olvides nunca lo que llevamos dentro. Emma."
Cierro los ojos. Una mezcla de ternura y celos me golpea de inmediato. Ahí está: la prueba física de que no compito contra ninguna mujer de carne y hueso, sino contra un recuerdo que jamás voy a poder igualar. Y lo peor es que fue perfecto: eterno, intenso, inalcanzable.
—Muy bien, Lara, felicidades —me digo a mí misma—. Has encontrado el corazón de Gabriel en un so- bre.
Doblo la carta con cuidado, tratando de devolverla al sobre como si nada hubiera pasado. Mis manos tiemblan. Paso los dedos por la superficie del papel, percibiendo su textura, el trazo de la tinta, incluso la mancha, como si pudiera absorber algo de la historia que contiene.
Ensayo mentalmente todas las formas posibles de sacarle el tema a Gabriel:
Opción A: “Oye, Gabriel, encontré una cartita de tu difunta novia, ¿quieres leerla conmigo con una copa de vino?”.
Opción B: “Gabriel, ¿sabes que sigues compartiendo casa con tu fantasma favorito? Porque yo lo acabo de conocer, encantada.”
Opción C: Quedarme callada y fingir demencia.
Al final, como siempre, me sale la versión directa. Porque, admitámoslo, con Gabriel no hay sutileza que funcione.
Él llega por la tarde, y lo siento antes de verlo: el sonido de la puerta cerrándose, la chaqueta que se sacude, el aire que cambia. Cuando entra en el salón, lo miro y ya sé que no es el Gabriel de siempre. Está… raro. Más tenso. Como un gato que no sabe si confiar en ti o salir corriendo.
—Tenemos que hablar —digo, sin rodeos, y sin pensar en cena ni en ninguna otra tontería.
Frunce el ceño. Se sienta en el sofá, evitando mi mirada, jugando con un mechón de su cabello. Se le nota que está nervioso. Silencio.
—Encontré algo… —empiezo, sujetando el sobre con fuerza.
Su mandíbula se tensa al instante. No hace falta que diga nada más: sabe perfectamente de qué hablo.
—Lara… —susurra, bajando la cabeza.
—No me mires así —le digo con un hilo de ironía—. No rebusqué tus secretos, lo encontré por accidente. Pero quiero saber algo: ¿por qué decidiste hacer este viaje acompañado?
Se queda callado, evitando mis ojos. Yo me cruzo de brazos, tratando de parecer más segura de lo que me siento.
Finalmente, habla con la voz más baja de lo que esperaba:
—Porque no quería hacerlo solo. Ya era bastante duro seguir el plan que había hecho con Emma. No podía imaginarme hacerlo también sin ella.
Mis hombros se tensan, siento un golpe directo en el pecho. “Sin ella”. Yo estoy delante de él, aquí, respirando el mismo aire, pero sus palabras viajan en plural, en pasado, hacía un fantasma.
—Ya… O sea que soy… ¿qué? ¿El comodín? —respondo con humor ácido—. La copiloto provisional en la ruta de los recuerdos.
Levanta la vista, preocupado, como si esperara que me enfadara de verdad.
—No, Lara, no es eso… —intenta aclarar, pero no encuentra palabras.
Me quedo mirándolo, esperando que termine la frase que dejó colgada en el aire, pero no lo hace. Gabriel nunca sabe cómo acabar las frases cuando le toca hablar de Emma. Siempre se detiene a mitad, como si hubiera un muro invisible que no se atreve a cruzar.
—Entonces dime qué soy yo —insisto, y mi voz me sale más frágil de lo que quería—. No me sirve que me dejes a medias.
Él inspira hondo, pasa la mano por la nuca y me mira por fin, directo, sin evasivas.
—Eres la persona que apareció cuando menos lo esperaba, cuando no tenía fuerzas ni ganas de seguir. No te elegí como sustituta de nada, Lara. Te elegí porque… necesitaba que alguien me recordara que todavía estoy vivo. No se lo que somos aun. Me cuesta comprender lo que está pasando. El beso del otro dia. Los sentimientos que tengo hacia ti. Todo mi pasado. Es como un cóctel de emociones que no sé como alinearlo para no crear la tormenta perfecta.
Las palabras me golpean con la misma fuerza con la que me alivian. No sé si llorar o reír.
—¿Entonces crees que no soy un simple parche? —pregunto, más bajito, casi con miedo a la respuesta.
Gabriel me observa un segundo eterno, y luego asiente, despacio.
—No. Para mi eres algo más que un simple parche. Me lo recuerdas cada día. Incluso ahora, aunque estés aquí sentada, mirándome como si fueras a matarme.
No puedo evitar soltar una risa amarga.
—Qué romántico eres. Me recuerdas que estoy viva cuando me dan ganas de arrancarte la cabeza.
Él sonríe apenas, esa sonrisa que no enseña dientes pero que lo cambia todo en su rostro. Me acerco un poco más, todavía con el sobre entre mis dedos.
—No quiero competir con Emma, Gabriel —le digo con la sinceridad desnuda que me caracteriza—. Sé que no voy a ganar. Pero necesito saber que no me estás usando solo para cerrar un duelo que no termina nunca.
Él niega con la cabeza de inmediato.
—No te uso, Lara. Te necesito. Y créeme, eso me asusta más que cualquier recuerdo.
Lo miro, intentando encontrar una fisura en sus palabras, un rastro de mentira. No lo hay. Y entonces, sin darme cuenta, ya estoy inclinándome hacia él.