Donde empieza el invierno

58

“El peso de lo no dicho”

Gabriel

Lara llega del trabajo con el pelo algo revuelto y ese olor a polvo de libros que parece seguirla siempre. Deja las llaves en la mesa, suspira, y me mira con una seriedad que no había visto hasta ahora.

—Tengo que darte algo —dice, y saca un sobre de su bolso.

Frunzo el ceño.

—¿Qué es eso?

—El dinero de mi parte del alquiler. De todo este tiempo. No pensarias que iba a estar aquí de gratis. Creo que es lo más justo.

Me quedo quieto. Siento cómo me sube un calor extraño al pecho.

—No. No hace falta.

Ella insiste, da un paso hacia mí y me alarga el sobre.

—Sí hace falta. Nunca lo hablamos, lo sé, pero yo ya lo tenía en mente desde que llegué. Es lo justo.

Niego con la cabeza.

—De verdad, no. No tienes que hacerlo.

—Gabriel, acéptalo. —Su tono es firme, tan distinto al habitual que me descoloca.

—No quiero tu dinero. No me entiendas mal. Solo que creo que a ti te hace falta para tus cosas. A mí no me hace falta más dinero. No me voy a arruinar. Ya tengo la vida resuelta.

—No es cuestión de querer. Es lo que corresponde.

Me lo dice mirándome fijo, sin apartar la vista. Intento rechazarlo una tercera vez, pero entonces ella me toma la mano, me abre los dedos y deja el sobre ahí, apre- tando suavemente para que no lo suelte.

Siento el contacto de sus dedos, primero apenas un roce, una duda en el aire. Después, esa mínima distancia que se desvanece hasta que la piel de ambos se encuentra. La temperatura de sus dedos se mezcla con la mía, y durante un instante el mundo parece reducirse a ese punto exacto donde nos tocamos.

—Acéptalo. —Es casi una orden.

No me queda otra que ceder. Asiento despacio, aunque algo dentro de mí protesta.

La tensión se disuelve poco a poco y nos quedamos en silencio unos segundos. Ella se deja caer en el sofá, cansada, y yo me siento frente a ella.

—Lara… —empiezo, con cuidado. Sus ojos me buscan—. Quiero decirte algo.

—¿Qué pasa?

—Los padres de Emma… quieren conocerte.

La noto tensarse de inmediato.

—¿Conocerme?

—Sí. Creo que es importante. Quiero presentártelos.

Ella se muerde el labio, como si buscara una salida.

—No sé si estoy lista, Gabriel.

—Lo sé. Pero no hay prisa. Solo pensé que podríamos ir a comer este domingo, si te parece bien.

Lara baja la mirada. Sus manos juegan con el borde de la manga de su chaqueta.

—Este domingo… —repite en voz baja, como probando el peso de las palabras. Luego suspira—. No prometo nada, pero… lo pensaré.

Asiento, despacio, intentando no presionarla.

—Eso es suficiente.

Nos quedamos así, mirándonos, con la sensación de que algo nuevo empieza a tomar forma entre nosotros, aunque ninguno de los dos sepa aún cómo nombrarlo.

Después de soltarle lo de mis padres —bueno, los de Emma, pero en el fondo también míos—, el silencio se instala unos segundos entre nosotros. Lara juega con la cremallera de su abrigo, como si quisiera zafarse de la conversación. Yo me limito a observar la decoración de la casa que lleva tiempo sin cambiarse y creo que ya es momento de cambiar, lo hago para no añadir más peso.

—¿Y si vamos al pueblo de al lado? —propongo al fin, rompiendo la tensión—. Hay tiendas, un mercado… y creo que necesitamos distraernos. Podemos comprar cosas para adornar la casa.

Asiente sin pensarlo demasiado. Quizá agradece tanto como yo que haya un desvío.

El motor ruge y dejamos atrás las casas bajas de este rincón helado. La carretera se abre en curvas suaves, con la nieve acumulada en los bordes como una muralla blanca. Lara enciende la radio. Suenan canciones que no conozco y que ella tararea como si fueran parte de su memoria. Yo no digo nada, pero la dejo subir el volumen.

Llegamos al pueblo cuando la tarde empieza a caer. Hay luces cálidas colgando entre las calles, pequeños escaparates iluminados, puestos de artesanía con bufandas, gorros y dulces calientes. Caminamos juntos, hombro con hombro, y a ratos parece que somos dos turistas perdidos y a ratos… algo más.

Lara se prueba un gorro ridículo con orejas de reno y me pregunta qué tal le queda. Yo la miro serio, como si evaluara una decisión trascendental.
—Insoportable. Es horroroso.
—Perfecto, me lo quedo —responde entre risas, y sin darme cuenta yo también me río.

Compramos un par de cosas que no necesitamos. Paseamos demasiado rato por los puestos, compartiendo un gofre caliente que se deshace en nuestras manos.

Entramos en una de esas tiendas pequeñas, con el suelo de madera que cruje en cada paso y un olor a cera mezclado con pan caliente. Lara camina delante de mí, tocándolo todo. Yo me quedo un poco atrás, como siempre, observando.

—Mira esto —dice, levantando una manta enorme, con dibujos geométricos en azul y blanco—. ¿A que tu salón lo pide a gritos?

—Mi salón no pide nada.
—Tu salón suplica ayuda, Gabriel. Está en cuidados intensivos.

Niego con la cabeza, pero ya la veo doblando la manta para meterla bajo el brazo, como si la decisión estuviera tomada.

Más adelante se detiene frente a un estante lleno de cojines bordados. Coge uno rojo oscuro y me lo planta en el pecho.

—Este también.

—No.

—Sí.

—No.

Me mira con esa ceja arqueada que significa que en dos minutos acabaré cediendo. Suspiro.

—Uno. Solo uno.

—Dos. —Y sonríe, como si hubiera ganado una batalla.

En la caja, mientras pago resignado, se fija en un marco de fotos vacío. Lo levanta, me lo enseña con un gesto travieso.

—Hay que llenarlo antes de que acumule polvo.

—¿Y qué quieres poner?

—Ya veremos. —Su respuesta queda flotando en el aire, con un brillo raro en los ojos que no alcanzo a descifrar.

Salimos con las bolsas. Hace frío, pero ella insiste en parar en otro local donde venden velas. Elige una de canela y otra de madera.



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En el texto hay: viaje, romance, drama

Editado: 16.08.2026

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