Donde empieza el invierno

59

“Entre silencios y fantasmas”

Lara

El coche avanza por la carretera como si nos tragara un túnel oscuro. Como si la noche nos tragara antes de tiempo pese a que aún es de día. Pero aquí dentro durante las veinticuatro horas del día no lo es. No hay casi tráfico, solo nosotros y un horizonte que parece no acabar nunca. Alta tiene ese aire de ciudad detenida en el tiempo: casas de madera que parecen resistir a base de orgullo, montañas que nos vigilan en silencio, y un cielo enorme, tan inmenso que me siento pequeña, como si pudiera perderme en él de un segundo a otro.

Me froto las manos dentro de los guantes, aunque no es el frío lo que me inquieta. Es la sensación de estar entrando en un territorio ajeno, en una historia que no me pertenece. Gabriel conduce concentrado, la mirada fija en la carretera, como si cada curva tuviera que memorizarla para siempre.

—¿Viven muy lejos del centro? —pregunto, más para romper el hielo que por verdadera curiosidad.

—A unos quince minutos —responde sin mirarme.

Su tono es neutro, pero yo siento cómo el aire entre nosotros se carga. No hablamos más. Y quizá sea mejor así, porque tengo demasiado ruido en la cabeza:

¿Me verán como una intrusa? Eso está por descontado. En ningún momento lo he dudado. No soy de aquí. No tengo nada que me relacione con ellos y sobre todo yo no soy Emma.

¿Me compararán con Emma? Está claro que si, Ella es su hija, la única que tienen creo. Y yo sin querer aunque ellos igual pueden pensar otra cosa me estoy metiendo en medio. o mejor dicho estoy ocupando otro puesto que no me pertenece.

¿Se darán cuenta de que yo no tengo nada de ese aura perfecta que siempre parece acompañarla, incluso después de muerta?

No la conocía. Pero por como escribia. Por lo roto que está Gabriel por dentro y la sensación que me da creo que era una de esas mujeres que las observas y te preguntas cómo puede ser tan increíblemente perfecta.

La casa aparece al final de un camino estrecho, rodeada de abedules desnudos. Es bonita, acogedora, con la madera pintada en rojo oscuro y las ventanas enmarcadas en blanco. De esas casas que salen en las postales navideñas, o una de esas películas de invierno mientras te echas una siesta en el sofá al tiempo que se te cae la baba por la boca y la tele está de fondo. Aunque a mí ahora me recuerda más a un escenario donde se va a representar una obra que no sé si quiero protagonizar. Una de esas historias donde por un momento de despiste voy a entrar al baño y alguien me va a entrar con un cuchillo para acabar con mi exis- tencia y de esa manera no ocupar el puesto que intento llenar.

Gabriel aparca, apaga el motor y suspira. Yo me obligo a sonreír, aunque siento que mi estómago se ha encogido.

—¿Lista? —pregunta él.

—Lo mismo podría decirte yo —respondo, con una media sonrisa que sé que él detecta como ironía.

Me bajo del coche y el aire gélido me golpea en la cara. Caminamos hacia la puerta, que se abre antes de que toquemos el timbre. Una mujer de cabello blanco, recogido en un moño sencillo, aparece con una sonrisa que parece tan real como cansada. Detrás de ella, un hombre alto, de ojos claros, la acompaña.

—Gabriel… —dice ella, y en su voz hay un temblor que me eriza la piel.

Él se acerca, la abraza, y yo los observo desde el umbral, de pronto convertida en un elemento sobrante. Cuando se separan, él hace un gesto hacia mí.

—Ella es Lara.

La mujer me toma de las manos con calidez. El hombre asiente con una leve sonrisa.

—Bienvenida. Pasa, hija.

La palabra “hija” me golpea con un eco extraño, como si me hubieran colocado en un lugar que aún no entiendo.

Dentro, la casa huele a madera y bizcocho recién hecho. Hay fotos en cada rincón: Emma de niña en un columpio, Emma adolescente con un diploma en la mano, Emma enmarcada en un vestido de verano. Emma riendo, Emma mirando de frente. Me siento rodeada por ella, invadida por una presencia silenciosa que no me deja respirar del todo.

Nos sentamos en la mesa del comedor. La madre sirve el bizcocho que olía desde la puerta, el padre coloca galletas en un plato. Todo es doméstico, sencillo, pero la tensión es como una cuerda floja.

—¿Y como estas? ¿Que tal tus primeras semanas en Alta? —me pregunta su madre con rostro de curiosidad. Sorprendentemente parece interesada.

—Bien. Me costo un poco pero me estoy adaptando bien —le respondo con la mejor de mis sonrisas.

—Me alegro, teníamos muchas ganas de conocerte. Gabriel nos ha hablado muy bien de ti.

—A… ¿si? —miro a Gabriel fijamente y él me devuelve la mirada como si no hubiese roto un plato.

Después lo único que hace es levantar los hombros.

Se forma un silencio bastante incómodo y yo me limito de nuevo a observar las fotografías que hay por las paredes.

—Nos costó vivir con su ausencia —el padre rompe el silencio. Me está viendo lo que estoy haciendo.

—Al final… —continúa ella—. Al final nos tocó aceptar. No fue fácil, pero ahora, con los años, hemos hecho las paces con esa ausencia.

Sus ojos se humedecen. Gabriel baja la mirada hacia su café, y yo miro de nuevo hacia una foto grande que hay en la pared: Emma en la playa, sonriente, con las manos llenas de arena. El contraste entre esa vitalidad congelada y las palabras que acabo de escuchar me revuelve por dentro.

—Era una buena persona —añade el padre, con una voz firme, como si quisiera dejar constancia ante mí.

Asiento, sin saber qué decir. ¿Qué se responde a eso? “Lo siento”, “Qué injusto”… todo suena vacío.

Entonces, la madre me mira con ternura.

—Estamos muy contentos de que Gabriel haya encontrado un sustituto para nuestra hija.

Mi sonrisa se mantiene en el rostro, automática. Pero por dentro siento un golpe seco, como si alguien hubiera cerrado una puerta en mi cara.

“No sabía si me estaban dando la bienvenida… o colocándome en un papel que nunca pedí” pienso, mientras bebo un sorbo de café que me quema la lengua.



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En el texto hay: viaje, romance, drama

Editado: 16.08.2026

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