“Lo que nunca supe decir”
Gabriel
Vamos de camino de vuelta pero Lara va en silencio y con el ceño fruncido. Eso es raro en ella. Ella que siem- pre tiene una pregunta en la lengua. Aparco y de repente no entiendo qué acaba de pasar. Lara sale del coche con una rapidez extraña, como si le hubiera picado algo invisible. Ni una explicación, ni un “me voy porque…”. Nada. Solo ese gesto seco, esa manera de recoger su abrigo sin mirarme a los ojos.
—¿Lara? —pregunto, la voz me sale torpe, más baja de lo normal.
Ella no responde. Apenas un movimiento en sus labios, como si fuera a decir algo, pero se lo guarda. El silencio pesa más que cualquier palabra.
Voy tras ella pero cada vez que me intento alcanzarla ella corre mas aun. Me quedo quieto unos segundos, inmóvil, como si el sonido hubiera congelado el aire del habitáculo del coche. Luego reacciono, y sigo de nuevo andando tras ella.
El frío de la calle me corta la cara. La veo a unos metros, caminando deprisa.
—¡Lara! —grito, y mi voz se rompe contra el atardecer que ya cede a la noche.
Ella se detiene, pero no se gira. Solo baja un poco los hombros, como si cargar con su propio peso le costara demasiado.
Me acerco despacio, intentando que mis pasos no suenen como una persecución. Extiendo una mano hacia su brazo, pero ella da un paso al lado, esquivándome.
—No me toques —dice. Su voz es fría, cortante, como una cuchilla.
—Dime qué ocurre —pido, casi suplicando.
Se queda quieta unos segundos, y de pronto explota.
—¿Sabes qué ocurre, Gabriel? Que me siento como un trapo sucio. Como si me hubieras usado para limpiar el polvo de tus recuerdos —me lanza, sin mirarme aún, con la voz temblorosa.
Me muerdo el labio. No entiendo… o quizá sí.
—Lara…
—No, déjame hablar. —Al fin se gira y me mira. Sus ojos arden. Sus palabras empiezan calmadas, pero noto que la marea crece con cada frase—. Creí que me querías por lo que soy, pero ahora… ahora pienso que solo me buscabas porque me parezco a ella. Porque encajo en ese hueco que Emma dejó vacío. ¿Sabes cómo se siente eso? Como si no importara quién soy, sino a quién sustituyo.
El golpe me da de lleno. Bajo la mirada. Ella tiene razón… aunque no del todo.
—Al principio… —me obligo a decirlo, aunque me quema en la garganta—. Sí, al principio fue así. Te veía como… como alguien que podía tapar el vacío.
Ella aprieta los labios, herida.
—Pero cambió —añado rápido, titubeando—. Con el tiempo cambió. Empecé a verte, a sentir por ti cosas que… que no sentía desde antes de que Emma muriera. No es perfecto lo que digo, ya lo sé. No sé decirlo mejor, Lara. Solo sé que lo que siento ahora es real.
Me atrevo a buscar sus ojos. Ella me sostiene la mirada unos segundos, pero no hay alivio en su gesto. Solo una tristeza profunda.
—Necesito irme, Gabriel. Necesito pensar. —Su voz baja de intensidad, ya no es un grito, sino un susurro cansado.
Intento acercarme de nuevo, pero no lo hago. Sé que si lo hago, se apartará otra vez.
Ella se da la vuelta y empieza a andar. Sus pasos se alejan, resonando en la calle desierta. El sonido es como un metrónomo cruel, marcando la distancia que se abre entre nosotros.
Entonces, justo cuando se difumina en la esquina, comienzan a caer gotas de lluvia. Primero tímidas, luego más densas, manchándome la chaqueta y apagando cualquier intento de seguirla.
Me quedo ahí, de pie, hasta que me empapo. Y cuando al fin regreso a casa, con el corazón pesado, descubro que ha empezado a nevar. Copos blancos cayendo sobre un suelo aún húmedo, como si la noche quisiera mezclarlo todo: el agua de la lluvia y la pureza de la nieve, igual que mis culpas y mis sentimientos.
Y en medio de esa mezcla, solo me queda el silencio.