"Lo que no quiero escuchar"
Lara
La habitación huele a polvo viejo y a humedad. Apenas entra la luz entre las cortinas pesadas, y eso me gusta: así no tengo que ver demasiado, así todo queda amortiguado, como yo. Estoy tirada sobre la cama estrecha del hostal, con la colcha arrugada y las sábanas frías porque nunca las cambian hasta que uno se marcha. Pago lo justo, y lo justo es que nadie se preocupe por mí.
Me repito que está bien, que no necesito más. Que lo único que quiero ahora es silencio. Pero no es verdad. El silencio es un enemigo. Me bombardea con pensamientos que no sé apagar: ¿Y si todo lo que dijo era cierto? ¿Y si siempre fui un reemplazo? ¿Y si nunca debí subir a ese coche?
Cierro los ojos y el nombre de Gabriel se me clava como una astilla en el pecho.
No quiero verle. No quiero pensarle. Pero pienso. Y me odio por ello.
Un golpe seco en la puerta me arranca del espiral. Me incorporo a medias, confundida. Nadie viene a verme aquí. Nadie sabe realmente dónde me escondo.
—¿Lara? —una voz familiar atraviesa la madera.
Me quedo helada. No puede ser.
La puerta se abre antes de que responda y aparece Claudia, con esa energía que parece no agotársele nunca. Lleva una bufanda de colores chillones que desentona con el gris apagado de mi habitación, y me sonríe como si no hiciera falta pedir permiso para irrumpir en mi pequeño agujero.
—Madre mía… —dice mirando alrededor—. ¿Aquí es donde te has metido? Parece la guarida de un topo deprimido.
—¿Cómo sabías que estaba aquí?
—Te acuerdas de la app que instalamos el verano pasado para los festivales para no perdernos?
Asiento con el rostro.
—Pues hubo una chica que no se lo desinstalo y me salia que estabas aquí. Una vez aquí solo era preguntar en recepción por tu nombre y por cincuenta pavos de lo dijeron.
Quiero enfadarme, pero en lugar de eso, me cubro la cara con las manos.
—¿Qué haces aquí? —pregunto entre los dedos.
—Vine a buscarte. Alguien tenía que hacerlo, ¿no?
Sacude la cabeza y se sienta en la esquina de la cama sin esperar invitación. Su perfume invade el cuarto, y de repente ya no huele a polvo ni a humedad, huele a ella, a vida.
—Lara… —su tono cambia, más suave—. Estás fatal. Dímelo ya. ¿Qué pasó?
Niego con la cabeza. Me abrazo las rodillas como si pudiera esconderme dentro de mí misma. No le dije mucho ayer cuando hable por última vez por la noche. Solo que no estaba muy bien. No sabía que se iba a presentar al día siguiente.
—No quiero hablar.
—Pues yo quiero escuchar. —Hace una pausa y añade con media sonrisa—. Y tú sabes que soy muy pesada.
No puedo evitar que se me escape una risa mínima, rota. Claudia se agarra a ese sonido como si fuera un triunfo.
—Eso, ríete un poco. Que no se te va a caer nada.
Suspiro. Las lágrimas se me acumulan detrás de los ojos, tercas, amenazando con salir.
—Discutimos. Gabriel y yo. Bueno… más que discutir, me destrozó.
Ella arquea una ceja, expectante, pero no mete prisa. Yo sigo, casi a regañadientes.
—Dijo cosas que no puedo olvidar. Que todavía la llevaba dentro… a ella. Que quizá yo solo era… no sé… una sombra.
Me muerdo el labio hasta hacerme daño. Claudia guarda silencio unos segundos, como midiendo sus palabras. Luego me mira con firmeza.
—Escúchame bien, Lara. Que él haya sentido algo por otra persona no borra lo que siente por ti ahora. No eres un reemplazo. Eres su presente.
—Pero yo lo vi en sus ojos… ese dolor… —mi voz se quiebra—. ¿Y si siempre va a estar comparándome?
—El dolor nubla. No significa que no seas suficiente. —Me toca la mano, apretándola—. No todo el mundo te abre la puerta de su vida cuando aún tiene miedo de volver a perder. Y él lo hizo contigo.
La frase me atraviesa. La intento apartar, pero se queda.
—¿Y si me equivoco? —susurro.
—Pues te equivocas. —Se encoge de hombros—. Todos nos equivocamos. Yo, por ejemplo, estuve dos años con alguien que solo sabía hablar de sí mismo. Y aun así, lo intenté porque tenía miedo de estar sola.
La miro, sorprendida. Nunca me lo había contado así, tan directo.
—¿Sabes qué aprendí? —continúa—. Que a veces dejamos escapar lo bueno porque pensamos que no lo merecemos. O porque creemos que va a doler igual que antes. Pero no siempre es así.
Sus palabras calan como lluvia fina. No me dicen qué hacer, pero me empujan a mirarme desde otro ángulo.
Me quedo callada largo rato, con el pulso acelerado. Claudia me observa en silencio, dejándome espacio.
Al final respiro hondo.
—No quiero perder lo que siento. —admito, casi sin voz—. Aunque me dé miedo.
Ella sonríe, victoriosa pero tierna.
—Eso ya es un comienzo.
Me dejo caer contra su hombro, agotada. La habitación sigue siendo gris, pero por primera vez en días siento que hay una rendija de luz entrando.
Claudia me da un golpecito en la rodilla.
—Venga, arriba. Vamos a desayunar algo decente, que aquí dentro se te va a pudrir el alma.
Me suelto una risa apagada y niego con la cabeza, pero ella no acepta un no por respuesta. En cuestión de minutos me ha hecho ponerme los vaqueros y una sudadera, peinarme a medias y salir de ese cuarto cargado de humedad. El aire frío de la calle me sacude como un bofetón, pero al mismo tiempo me despierta.
Acabamos en una cafetería pequeña, de esas con las mesas de mármol blanco y los camareros que saben lo que quieres solo con mirarte. Claudia pide dos cafés con leche y croissants recién hechos. El olor a mantequilla derretida llena el lugar y me hace sentir un hambre que creía olvidada.
—¿Ves? —dice ella mientras parte el suyo y me lo pasa a medias—. El azúcar cura más que cualquier psicólogo barato.
—O te da diabetes. —respondo con la boca llena, y ambas nos reímos.
La conversación fluye despacio, primero sobre tonterías: la vecina que pone reguetón a las siete de la mañana, el gato callejero que se coló en su portal. Luego se desliza de nuevo hacia mí, hacia lo que quiero evitar.