Donde empieza el invierno

64

“No hay billete de vuelta”

Lara

Mi habitación es pequeña y no cambiarán las sábanas hasta que me marche. Lo sé porque cada noche, al acostarme, huelo el mismo perfume ajeno, la mezcla agria de detergente barato y cuerpos anteriores. La soledad pesa en este espacio más que en ningún otro lugar. El espejo, agrietado en una esquina, me devuelve a un reflejo que apenas reconozco.

Claudia aparece cada vez que me escucha llegar, siempre sin avisar. Lleva aquí una semana. Su energía contrasta con la penumbra en la que me muevo: entra en la habitación como una ráfaga, con la voz alta, con los ojos brillantes, como si el mundo aún tuviera algo que ofrecer.

—Arréglate, vamos a dar una vuelta —me dijo la primera vez que vino a buscarme.

Al principio protesté, le dije que no tenía ganas, que prefería quedarme, pero ella no acepta negativas. Y poco a poco, empecé a seguirle el juego. Ahora caminamos por el mercado del pueblo, entre puestos de fruta y especias, con el olor dulce de las naranjas mezclándose con el de las hierbas secas. Claudia siempre tiene algo que contar, una anécdota ridícula, una observación mordaz sobre la gente que pasa. Yo río a medias, sin entregarme del todo, pero agradecida porque me saque de mi silencio.

Los días se vuelven una sucesión extraña: la rutina gris del hostal, residencia y librería, donde me siento suspendida, y las horas luminosas con Claudia, en plazas y cafeterías escondidas, con ese rumor constante de la vida a mi alrededor. Pero incluso entonces, hay momentos en que me quedo callada, atrapada en mis propios pensamientos, y basta un gesto —una mano en el hombro de Claudia, una sonrisa— para que sepa que sigo perdida.

Con Claudia hablo más de lo que esperaba. No siempre de Gabriel, pero inevitablemente todo termina conduciéndome a él. Ella no presiona, pero me lanza frases que se quedan rebotando dentro de mí, preguntas disfrazadas de bromas. Yo le devuelvo evasivas, aunque a veces, cuando me quedo sin fuerzas, se me escapa una confesión más sincera de la que querría.

Hoy, en una terraza, Claudia me animó a probar un plato típico del pueblo. Una especie de estofado que humeaba sobre la mesa, con especias que no logro identificar. Al llevarme el primer bocado a la boca, sentí un recuerdo punzante: Gabriel, sonriendo en aquel viaje fugaz, insistiendo en que probara lo que él pedía porque siempre escogía “lo mejor de la carta”. La memoria me atravesó como un cuchillo, y por un instante tuve que bajar la mirada para que nadie notara cómo me temblaban los labios.

Claudia no dijo nada. Solo me miró en silencio, y yo supe que lo había entendido.

Pequeños cambios, me repito. Como si con cada paseo, con cada carcajada de Claudia, se abriera una grieta en la pared de mi tristeza. Y aunque sigo con ese peso en el pecho, aunque sigo sintiendo que me falta el aire cuando pienso en él, hay momentos en que veo el mundo con otros ojos. Momentos en los que creo —muy en secreto— que quizás no estoy tan rota como pienso.

Pero luego, cuando regreso sola al hostal y la puerta se cierra tras de mí, la claridad se disuelve. El olor rancio vuelve a pegarse a mi ropa, la moqueta hundida me recuerda que sigo atrapada en un lugar que nunca fue mío. Y me doy cuenta de algo que llevo días intentando negar: aquí no puedo sanar. Aquí cada esquina me devuelve a él, cada gesto me lo recuerda, cada silencio pesa más porque sé que está cerca y, al mismo tiempo, fuera de mi alcance. Así que decido actuar.

Doblo la última camiseta y la encajo en la maleta. El cierre se resiste un segundo antes de encajar con un chasquido seco, como si también él entendiera que no hay vuelta atrás. Mi habitación en el hostal queda desnuda, reducida a ese olor rancio y a las huellas en la moqueta hundida. Nada me retiene aquí. Nada salvo los recuerdos, y ya he decidido que no quiero seguir alimentándolos.

Claudia me espera en la puerta, con los brazos cru- zados y esa paciencia inquieta que no se le da del todo bien. Me sonríe de lado, como si no quisiera presionarme, pero yo sé que está deseando vernos en el taxi rumbo al aeropuerto, lejos de este pueblo que se me ha quedado demasiado estrecho.

Antes de marcharnos, cojo un trozo de pan envuelto en papel de estraza de la pequeña despensa compartida. Un gesto mínimo, pero necesario: quiero tener algo entre las manos que no sea sólo despedida.

—¿Lista? —pregunta Claudia.

Asiento, aunque por dentro la palabra me pesa.

El taxi nos recoge con el motor ronroneando, impaciente.

Empezamos a movernos y cuando llevamos dos calles me doy cuenta de que pasamos justo por la librería.

—Pare aquí un momento… —digo mientras escucho el chirrido de las ruedas golpeando violentamente el suelo y dejando seguramente una marca del recuerdo de mi huida en el suelo.

Entro en la librería y el olor a papel me golpea como si quisiera retenerme aquí. Respiro hondo, intentando grabar cada detalle antes de irme. Camino hacia el mostrador y ahí está ella, mi jefa, acomodando unos libros recién llegados. Me mira y sonríe.

—Buenos días, Lara. Llegas temprano hoy.

Trago saliva. —En realidad… he venido para despedirme —nunca mejor dicho.

La sonrisa se le desvanece al instante. —¿Despedirte? ¿Cómo que despedirte?

—Me vuelvo a España —digo, bajando la voz, como si al pronunciarlo en alto se hiciera más real.

Ella deja los libros a un lado y se cruza de brazos, mirándome con incredulidad. —¿Ha pasado algo allí? ¿Un familiar? ¿Algún problema?

Niego con la cabeza. —No, no es nada de eso. Es… porque es lo mejor para todos. Para mí.

—No entiendo… —dice, con un tono más suave.

—Me he dado cuenta de que aquí nunca he encontrado mi sitio —respondo, notando cómo las palabras me arden en la garganta—. O bueno… sí lo encontré, pero resultó que no era el mío.

Ella suspira, como si quisiera buscar la manera de convencerme. —Lara, lo estás pensando en caliente. Aquí tienes un trabajo, un lugar. Tú encajas aquí más de lo que crees. Quizá lo único que necesitas es tiempo.



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En el texto hay: viaje, romance, drama

Editado: 06.09.2026

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