Donde empieza el invierno

65

“La casa en silencio”

Gabriel

Empujo la puerta con el hombro. El pomo está frío y, por un instante, me pesa más de lo normal. He tardado más de lo esperado en volver, y traigo un cansancio extraño, como si no viniera solo del cuerpo, sino de un sitio más profundo. Respiro hondo antes de entrar.
El recibidor me recibe como siempre, pero hay algo distinto. Un silencio raro, casi tenso, como si la casa estuviera conteniendo la respiración.

Dejo las llaves en la mesa. El tintineo metálico retumba demasiado fuerte en el aire quieto. Camino despacio, con la esperanza absurda de escuchar sus pasos, su voz, cualquier rastro de ella. Nada. El vaso de agua sobre la mesa del salón sigue a medio beber, la huella de sus labios marcada en el cristal. La chaqueta que solía dejar colgada en la silla ya no está. Me acerco un poco más y lo veo: un sobre doblado, colocado con cuidado en el centro. Reconozco su letra antes incluso de tocarlo.

Me tiembla la mano cuando lo abro.

Dentro, unas pocas hojas escritas con su caligrafía apretada. Empiezo a leer:

Gabriel.

Me voy. No sé si tengo la fuerza para escribir todo lo que siento, pero necesito que lo sepas. No puedo seguir aquí, no de esta manera.

Lo que siento por ti me sobrepasa, y he intentado engañarme diciendo que podía controlarlo, que era algo pasajero. Pero no es verdad. Cada vez que estoy lejos de ti me reconozco menos y eso me asusta. No es el momento, Gabriel. No ahora. Y aunque duela, prefiero marcharme antes de arrastrarnos a los dos a un lugar del que luego no sepamos salir o que no sepamos a dónde nos puede llevar.

Me culpo por haber venido, por haberme metido en tu vida como si fuese lo correcto. Quizá estuve en el lugar equivocado en el momento equivocado. Quizá nunca debí abrir esta puerta.

Y, aun así, si tuviera que decirte lo que significas para mí, me quedaría corta. No eres una casualidad en mi vida, eres la grieta por la que entra la luz. Me has hecho sentir cosas que creí imposibles, y no sabes cuánto me duele tener que escribir esto.

No te estoy dejando porque no quiera estar contigo, sino porque te quiero demasiado. Demasiado para quedarme y arruinarlo todo. Porque no quiero sustituir a una persona que aún vive en tu corazón. Porque siento que no es mi hueco y porque quizás los dos salgamos más dañados todavía de esto. Por eso espero que entiendas mi decisión de marcharme.

Perdóname. Siempre te recordaré.

Att: Tu preguntona.

Cuando termino de leer, la hoja me resbala de los dedos. Caigo sentado en el sofá, con un nudo en la garganta que me ahoga. Me falta aire. Intento tragar, pero todo me sabe a ceniza. Las manos me tiemblan. No sé si estoy enfadado, asustado o simplemente vacío. Tengo ganas de correr tras ella, de gritar su nombre por las calles, de no dejarla escapar. Pero me quedo inmóvil, clavado al asiento, como si la culpa me hubiera encadenado.

Me levanto de golpe y camino hasta mi habitación. Abro el cajón de la mesilla con torpeza, como si buscara un ancla que me salvara de este naufragio. Entre papeles y objetos viejos encuentro la foto. Una niña pequeña sonríe en ella, con los ojos llenos de vida. La acaricio con los dedos. Recuerdo el día en que la tomaron: el verano olía a hierba recién cortada, y la risa de aquel momento aún retumba en mí como un eco lejano.

El contraste me aplasta. Ese recuerdo de inocencia y alegría se mezcla con la certeza de que acabo de perder algo igual de puro.

Cierro los ojos. La foto cruje entre mis manos.
Y entonces lo sé: hay silencios que pesan más que cualquier grito.



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En el texto hay: viaje, romance, drama

Editado: 06.09.2026

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