“El tren que parte”
Lara
El eco metálico de una maleta al rodar se mezcla con los altavoces que anuncian destinos que no me importan. La estación está viva: pasos apresurados, voces entrecortadas, olor a café quemado que se derrama desde un bar cercano. Aprieto el asa de mi maleta con tanta fuerza que el frío del metal se me clava en la piel. Siento la vibración de un tren que ya espera en el an- dén, impaciente, como si marcara el pulso que me obliga a decidir. O como si quizas, hubiese tenido que elegir desde un primer momento este medio de transporte.
Claudia camina a mi lado, demasiado cerca, demasiado pendiente de si hago algún movimiento de última hora. Me mira más de lo que habla, y eso me incomoda. Sé que quiere decirme algo.
—¿Estás segura de lo que haces? —me pregunta al fin, con una voz que no juzga pero se que me está queriendo decir muchas cosas de manera indirecta.
Respiro hondo. No hay una respuesta clara. Mi boca dice lo que puede:
—Sí. No lo sé. Supongo.
Claudia ladea la cabeza, como si quisiera detenerme con la mirada. Me siento diminuta, como si mis palabras fueran piedras pequeñas que apenas rozan el agua.
Cierro los ojos un instante y aparece él. Gabriel. No en este lugar, no en esta tensión, sino en una imagen que duele: una tarde cuando nos encontrabamos en su casa, un pequeño recuerdo, su risa contra el viento, su mirada encendiéndose como si nada más existiera. El recuerdo se abre paso con la misma violencia con la que los altavoces anuncian otro retraso.
—No estás aquí —me dice Claudia, suave, como si me leyera la mente—. Tu cabeza sigue con él.
No contesto. Muerdo el labio y miro a mi alrededor. Una pareja se abraza unos metros más allá. Se aprietan fuerte, como si el mundo pudiera desaparecer. Se besan con urgencia, con miedo de soltar. Y algo en mí se rompe: yo también quiero ese abrazo. Yo también quiero no tener que elegir.
El pitido agudo del tren corta el aire. La gente empieza a subir. Empujones, pasos, maletas que golpean los escalones. Todo ocurre demasiado rápido. Miro el reloj de la estación, luego la puerta abierta del vagón, después la salida hacia la calle.
El corazón me late tan fuerte que temo que Claudia lo escuche. Mis dedos tiemblan en el asa de la maleta. Siento que si doy un paso más, nada volverá a ser igual.
El tren resopla. Vibra. Empieza a moverse. No sé si he subido o si sigo en el andén. Pero cuando me quiero dar cuenta en realidad sigo abajo. Nublada por mi mente. Y en ese momento es cuando lo veo. Esta vez de verdad. Con Claudia de espectadora y presencian- dolo todo. Deseando no perderse ningun detalle.
Gabriel llega agitado. Con el pecho contrayéndose y es incapaz de abrir la boca porque creo que aún sigue intenando coger aire.
—Hola Lara… —dice mientras me mira a los ojos.
—Hola Gabriel —y es en ese momento cuando el corazón ya no puede más.
Mi cabeza dice acercate. Tocalo, es de verdad. Pero quiero que sea él el que hable en esta ocasión.