Donde empieza el invierno

67

“Renacer entre sombras”

Gabriel

El aire entre nosotros pesa como plomo. Siento que si respiro demasiado fuerte, la tensión se romperá y todo quedará expuesto. Lara me mira fijo, como si ya no pudiera sostener más silencio. Yo también la miro, pero mis ojos buscan un refugio en cualquier rincón de la habitación: la ventana empañada, el suelo gastado, mis propias manos.

Trago saliva. Noto el temblor en mi garganta, la quemazón en mis ojos.

—Yo… —empieza a hablar aunque parece que esta calculando cada palabra—. Yo no se que decir. Gabriel me tengo que ir. Ya te he dicho que yo no puedo ser la sustituta de nadie.

—Es que no quiero que lo seas. Yo quiero que seas Lara. La Lara que quiero y amor —mi voz cada vez suena más rota. Puedo incluso llegar a escuchar cada trozo caer dentro de mi.

—Entonces porque te empeñas en vivir siempre rodeado de dolor. No te das cuenta que no te hace ningún bien.

—Ya sé que no me hace ningún bien, pero una vez lo tuve todo —respondo, y mi voz se quiebra en el aire—. Y lo perdí.

Ella frunce el ceño, confundida. Es la primera vez que dejo escapar una grieta tan honda. Yo cierro los ojos, intento ordenar las palabras, pero lo que sale es apenas un susurro.

—Con Emma tuve una hija.

La sorpresa se dibuja en su rostro, un estremecimiento que no necesita palabras.

—Se llamaba Ebby —digo, acariciando cada letra de su nombre como si fuera un tesoro roto—. Era… lo más hermoso que tuve.

Mis manos tiemblan. Meto la mano en el bolsillo y saco un pequeño juguete, un osito de peluche gastado por los años. Lo aprieto entre los dedos como si aún pudiera devolverme su risa.

—Estuvo enferma desde pequeña. Los médicos… —hago una pausa, me ahogo— los médicos nos dijeron una vez que había superado la enfermedad. Que estaba curada. Recuerdo la esperanza en sus ojos, la forma en que saltaba en la cama celebrando. Al menos fue eso lo que le hicimos creer. Pero era mentira. Le dimos esa ilusión solo para que pudiera morir creyendo que lo había conseguido… para que muriera feliz.

Lara se lleva una mano a la boca, los ojos llenos de lágrimas. Yo sigo, porque detenerme sería traicionar su recuerdo.

—Murió entre mis brazos —susurro—. Y desde entonces, cada noche la busco en sueños. Por eso grito su nombre. Porque es el único lugar donde la vuelvo a ver, donde puedo decirle cuánto la quiero.

El silencio es brutal, pero dentro de él hay algo distinto. Lara se acerca despacio, con el temblor en sus manos.

—Ahora lo entiendo todo —dice, la voz quebrada—. Entiendo tu rabia, tu miedo… tus noches.

Asiento. No me queda otra cosa.

—Emma, antes de irse, me pidió que siguiera adelante. Que fuera feliz… que encontrara la luz. Pero yo nunca pude. —La miro, incapaz de apartar los ojos de ella—. Hasta que apareciste tú.

El osito sigue en mi mano, húmedo por mis lágrimas. Decido sacar la foto de Ebby y dársela también.

—Emma y yo organizamos este viaje para llevar a Ebby que la habíamos incinerado hasta aquí. Hasta el pueblo de su madre. También decidimos hacer algunas paradas. Disneyland Paris, que era uno de los sitios que Ebby siempre quiso ir y nunca pudimos cumplirlo. Por eso paramos aquel día allí. Deje una parte de ella entre las rejas de ese parque para que de alguna forma cumpliese su sueño de ir.

Me quedo en silencio. El osito en mis manos pesa como plomo, y siento que el aire en la estación se espesa. Lara no dice nada; solo me mira, con los ojos brillantes, como si sostuviera conmigo ese dolor. Y por primera vez, no me siento juzgado. No estoy solo.

Me froto la cara, respiro hondo, y al mirarla descubro algo distinto: en medio de la oscuridad, hay un resquicio de luz.
—Nunca le había contado esto a nadie —confieso, con un hilo de voz—. Y ahora que lo he hecho… siento que algo en mí se libera.

Lara se acerca más. Su mano tiembla un poco, pero no se detiene. La apoya sobre la mía, con suavidad. Ese gesto sencillo me atraviesa. Y entonces lo digo, lo que me quema desde aquel primer beso:

—Desde que te besé no puedo dejar de pensarte. Contigo… siento, por primera vez en años, que hay una salida, que existe algo más que la oscuridad.

Lara ya no aguanta más. Me rodea con sus brazos y me aprieta contra su pecho. Yo cierro los ojos, dejo caer la frente sobre su hombro. No necesito más. Ese abrazo lo dice todo: que no estoy solo, que quizás todavía haya futuro.

Ella me seca una lágrima con la yema de los dedos. Su gesto es tan simple y tan real que me rompe en mil pedazos y, al mismo tiempo, me reconstruye.

Y ahí, en ese silencio compartido, siento que algo se abre. Una rendija. Una promesa. Un comienzo.

Y es en este momento cuando lo comprendo: no es que haya encontrado un refugio, es que en ella he encontrado un hogar.



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En el texto hay: viaje, romance, drama

Editado: 06.09.2026

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