Donde empieza el invierno

68

“La promesa del viento”

Lara

No puedo dejar de oír su voz en mi cabeza. Ebby. Ese nombre que tantas veces le escuché gritar en sueños ahora tiene un rostro, una historia, un dolor. Me siento pequeña frente a todo lo que Gabriel ha cargado durante años, frente a las ausencias que han marcado cada paso de su vida. Y pienso en mí, en cómo lo juzgué antes, sin saber la magnitud de su pérdida. Me arde la garganta de vergüenza y ternura al mismo tiempo.

Hoy lo acompaño. No sé si estoy preparada, pero sí sé que no quiero que lo haga solo.

El cementerio se extiende como un mar de piedras blancas cuando llegamos. El viento sopla frío, como si quisiera atravesarme, y el aire trae consigo ese olor metálico de la tierra húmeda. Camino a su lado en silencio; él sostiene algo contra el pecho, una urna pequeña que no suelta ni un segundo. A cada paso siento cómo la tensión se acumula en sus hombros, y quisiera poder quitarle peso, aunque fuera con mis manos.

Las hojas secas crujen bajo nuestros pies. No hay nadie alrededor. Solo los pájaros, que rompen el silencio con un canto breve y lejano. El resto es quietud. Quietud y espera.

Nos detenemos frente a la tumba de Emma. Una lápida sencilla, sin adornos, sin excesos. Me sorprende lo humilde que es, lo silenciosa. Gabriel se queda inmóvil unos segundos, como si sus rodillas temblaran. Luego, con un gesto lento, se arrodilla. Deja la urna en el suelo y la acaricia con la yema de los dedos, como si esa superficie pudiera devolverle algo de lo que perdió.

—Ebby… —susurra, y el nombre se rompe en su boca.

Saca el pequeño juguete que me enseñó aquel día que evito que me fuera y que me amarro aquí. Lo deposita al lado de la urna, con una delicadeza que me hace contener el aire. Luego, cierra los ojos y respira hondo, como si buscara fuerzas en lo más profundo de sí mismo.

—Emma —dice en voz alta, mirando la piedra que lleva su nombre—. Te la traigo a ti. Como siempre debió ser. Madre e hija, juntas. Nunca tuve valor antes… pero hoy quiero que descanséis donde merecéis.

El sol comienza a abrirse paso entre las nubes en ese instante, tiñendo el mármol de un resplandor suave. Parece imposible que no sea un signo. Yo me muerdo el labio, intentando no sollozar, y coloco mi mano en su hombro. No necesito decir nada; sé que él siente mi presencia, mi apoyo.

Gabriel sigue hablando, con la voz entrecortada pero firme.

—Me dijiste que siguiera adelante, Emma. Que buscara la vida, incluso después del dolor. No lo logré. No supe cómo hacerlo. Pero… —me mira de reojo, apenas un segundo— quizá ahora pueda intentarlo.

Yo asiento, aunque no sé si lo ve. Tengo lágrimas rodando por mis mejillas, pero no las limpio. No quiero que piense que oculto lo que siento.

Él se inclina hacia la urna y susurra unas últimas palabras que no alcanzo a oír. Luego, simplemente, se queda quieto, respirando despacio, con los ojos cerrados. Yo me acerco un poco más y aprieto su mano. Su piel está fría, pero no se aparta.

Pasamos así un largo rato, sin necesidad de palabras. Solo el viento, que juega entre los árboles y mueve las flores secas alrededor de las tumbas. Y, aunque el cementerio es un lugar de silencios, siento que aquí, ahora, Gabriel ha soltado parte del peso que lo asfixiaba.

Pienso que Emma y Ebby descansan. Pero él… él aún respira, aún late. Y mientras lo hace, hay posibilidad de renacer.

Lo miro de reojo y me permito un pensamiento que me da vértigo: quizá yo pueda acompañarlo en ese renacimiento. Quizá este sea el comienzo de todo.



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En el texto hay: viaje, romance, drama

Editado: 06.09.2026

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