“Acepto términos y condiciones”
Lara
No sé en qué instante exacto ocurre. Quizá en el silencio que se instala entre nosotros, después de tanto dolor compartido. Quizá en la manera en que me mira, con los ojos cansados pero más vivos que nunca. O en cómo mis propias manos, temblorosas, buscan las suyas sin pensarlo. Lo cierto es que no lo planeamos. Simplemente sucede.
Sus labios rozan los míos primero con una timidez que me sorprende, como si temiera romperme. Yo cierro los ojos, y todo lo demás desaparece: la nieve, el frío, incluso las voces de mi memoria. Solo queda el calor suave de su boca, ese temblor casi imperceptible que me atraviesa entera, y la certeza de que este beso no es un gesto cualquiera. Es un pacto silencioso. El fin de su duelo. El inicio de algo nuevo.
Me hundo en él, y al hacerlo siento que se abre una grieta en su coraza. Ya no es el hombre que vivía encerrado en sombras. Ahora me deja entrar. Y lo curioso es que no me siento una intrusa, sino como si hubiera estado esperándome desde siempre.
Cuando nos separamos, apenas unos centímetros, noto la respiración agitada entre ambos. Mis labios todavía arden. No puedo evitar sonreír.
—¿Estás seguro de querer estar con una loca preguntona y obsesionada por querer saberlo todo? —digo, intentando aligerar la intensidad del momento.
Por primera vez, él sonríe de verdad. No esa media sonrisa rota que solía regalarme, sino una amplia, sincera, que ilumina su rostro y me deja sin aire.
—Acepto términos y condiciones —responde, con un brillo travieso en los ojos que jamás había visto en él.
La carcajada que me escapa rompe la tensión, y siento cómo todo, absolutamente todo, se acomoda en su lugar. Como si la vida hubiera estado empujándonos hasta este instante.
De pronto, un destello de luz danza en el cielo. Alzo la vista y ahí está: la aurora boreal desplegándose sobre nosotros. Verde, púrpura, dorada. Como si el universo decidiera firmar el contrato que acabamos de sellar con un espectáculo propio.
Apoyo la cabeza en su hombro, todavía riendo. En mi mente, la voz de mi amiga resuena burlona: “Te lo advertí, Lara. Iba a pasar.” Y puedo imaginar su gesto divertido, la sonrisa traviesa con la que solía verme enredada en mis propios dilemas.
Suspiro, con el corazón latiendo fuerte.
"Me hiciste prometerte que no me enamorara de un noruego… pero nunca dijiste nada de un español gruñón, renegón y callado."
Y, por primera vez en mucho tiempo, me siento en casa.
De repente salgo de mi mundo y me doy cuenta de que sigo en la estación. Y es más Claudia hace dos capítulos que no habla y que solo observa este bonito momento.
—Bueno, yo creo que es momento de irme. Me imagino que querrás quedarte al menos una temporada más.
Miro a Gabriel y miro de nuevo a Claudia que sigue mirándonos como al principio.
—Si, yo creo que durante unos meses me quedo aquí.
Y así es como, después de una semana me despido de Claudia y me quedo con Gabriel mientras el tren que debería de haber cogido se marcha. Ahora siento que me he quedado en la parada correcta.
Gabriel me aprieta la mano con suavidad y sonríe, esa sonrisa nueva que todavía me resulta extraña y maravillosa.
—Creo que es momento de celebrarlo —dice, con un brillo pícaro en los ojos.
—¿Celebrar qué? —pregunto, aunque en el fondo ya sé la respuesta.
—Que te has quedado. Que has elegido quedarte conmigo.
Me muerdo el labio para contener una risa nerviosa. Nunca pensé que esa frase pudiera sonar tan… natural.
—¿Y cómo se celebra algo así?
—Con pizza —responde, como si la respuesta fuera obvia.
Termino riendo. —¿Pizza?
—La mejor de la ciudad. Ya verás.
Subimos al Fiat Marea. El asiento está frío, y Kraus se acomoda en la parte trasera como si fuera el testigo oficial de nuestra historia. Me giro hacia él y le acaricio la cabeza.
—Bueno, Kraus, parece que ahora formas parte de una cita —le susurro, divertida.
El perro ladea la cabeza y me mira con esos ojos tranquilos. Gabriel me lanza una mirada de reojo mien- tras arranca.
—Ya sabes que está acostumbrado a todo —dice—. Pero que conste que no le pienso dar nada de la pizza.
—¿Ni un trocito pequeño? —lo provoco.
—Ni hablar. Pizza es sagrada.
—¿Sabes que estamos hablando de un muñeco que mueve la cabeza verdad?
Reímos, y me sorprende lo fácil que fluye todo ahora, como si el aire entre nosotros se hubiera limpiado de golpe.
El trayecto es corto. Durante el camino me sorprendo pensando que, hace nada, estaba convencida de coger ese tren. Ahora voy hacia una pizzería con él, como si fuera lo más natural del mundo
Llegamos a un local pequeño, con un letrero medio torcido y olor a horno de leña que se escapa hasta la calle. Gabriel abre la puerta para dejarme pasar.
—Después de ti.
—Qué caballeroso —bromeo, y él sonríe con ese gesto que me derrite.