El sonido del hacha rompiendo la madera resonaba entre los picos nevados de Andorra.
Alejandro Vara levantó la herramienta por encima de su cabeza y la dejó caer con precisión. El tronco se partió en dos con un crujido seco que se perdió entre los abetos y el aire helado del atardecer.
Vivía allí desde hacía casi un año.
Solo.
Lejos del ruido, lejos de la gente… lejos de todo lo que intentaba olvidar.
El sol desaparecía tras las montañas mucho antes de lo que recordaba de la ciudad. En cuestión de minutos, la luz dorada se transformaba en una oscuridad azul profunda y el frío caía como una sentencia.
—Otro día sobrevivido —murmuró.
No necesitaba nada más que su cabaña de madera, su trabajo y el silencio. Había comprado aquel terreno abandonado con un único objetivo: reconstruir el antiguo pueblo de montaña y desaparecer del mundo mientras lo hacía.
Hasta que ella apareció.