Laura Rodríguez llevaba tres horas caminando cuando entendió que había cometido un error.
El sendero que figuraba en el mapa desapareció bajo la nieve mucho antes de lo esperado, y el viento helado cortaba su piel como pequeñas agujas.
Aun así, no podía evitar sonreír.
Aquellas montañas eran exactamente lo que necesitaba: silencio, naturaleza… y una historia que contar. Como periodista de viajes y fotógrafa, había llegado a Andorra para documentar aldeas abandonadas y leyendas locales.
Lo que no esperaba era que la noche cayera tan rápido.
Un crujido en el bosque la hizo girarse bruscamente.
—No pasa nada… solo viento —susurró, intentando convencerse.
Entonces su pie resbaló.
El mundo se inclinó.
La nieve desapareció bajo ella y comenzó a rodar colina abajo, sin poder detenerse, hasta que su tobillo chocó violentamente contra una roca.
El dolor fue inmediato.
Y el miedo, aún más.
—¡Ayuda! —gritó al vacío.
Unos pasos firmes rompieron el silencio del bosque.
Pesados. Rápidos. Humanos.