Alejandro vio la silueta desde lejos.
Un bulto oscuro moviéndose entre la nieve. No era un animal… y definitivamente no debía haber nadie allí arriba.
Cuando llegó hasta ella, la encontró sentada en el suelo, abrazándose el tobillo, con la respiración temblorosa.
Y entonces la vio de verdad.
Alta. Cabello oscuro cayendo sobre sus hombros. Ojos azules brillando incluso en la penumbra.
Durante un segundo, Alejandro olvidó cómo hablar.
—No deberías estar aquí —dijo finalmente, con voz grave.
Laura levantó la mirada hacia el hombre que parecía salido de la montaña misma: alto, moreno, ojos color avellana y expresión seria.
—Yo tampoco esperaba terminar así —respondió con una sonrisa nerviosa—. Pero me alegra que existas.
Algo en su tono hizo que el pecho de Alejandro se tensara.
No recordaba la última vez que alguien sonrió al verlo.
—Tu tobillo está mal —murmuró—. Ven. Te llevaré a mi cabaña.
Antes de que ella pudiera protestar, la levantó en brazos con facilidad.
Y por primera vez en mucho tiempo, el silencio de la montaña dejó de sentirse vacío.