La cabaña de Alejandro olía a madera, café y humo de chimenea.
Laura estaba sentada en el sofá, con el tobillo vendado, observándolo moverse por la pequeña cocina como si aquel espacio fuera el único lugar del mundo donde se sentía seguro.
—No tienes que hacer todo eso por mí —dijo ella.
—Sí tengo —respondió sin mirarla—. No voy a dejar que te congeles.
Su tono era serio, pero no frío. Había algo protector en su forma de hablar, algo que hacía que Laura se sintiera extrañamente tranquila.
Él le tendió una taza caliente.
Sus dedos se rozaron.
Fue un contacto mínimo, pero suficiente para que ambos se quedaran quietos unos segundos.
—Gracias —susurró Laura.
Alejandro asintió y se sentó frente a ella, evitando mirarla demasiado tiempo. No confiaba en la sensación extraña que crecía en su pecho cada vez que ella sonreía.
Había olvidado lo que era compartir silencio con alguien.
Y no odiarlo.