La tormenta duró dos días.
Dos días en los que Laura no pudo marcharse.
Dos días en los que Alejandro dejó de sentirse solo sin darse cuenta.
Hablaron de todo y de nada: viajes, sueños, libros, ciudades que ninguno quería volver a pisar. Laura llenaba la cabaña de luz con su risa, y Alejandro comenzaba a esperar ese sonido cada mañana.
La tercera noche, la luz se fue durante unos minutos.
La cabaña quedó iluminada solo por la chimenea.
Laura se acercó al fuego, abrazándose para entrar en calor. Alejandro dejó una manta sobre sus hombros desde atrás.
Sus manos permanecieron allí un segundo más de lo necesario.
—Alejandro… —susurró ella.
Él tragó saliva.
—¿Sí?
Laura giró lentamente. Estaban tan cerca que podía ver los pequeños tonos dorados en sus ojos color avellana.
—Gracias por rescatarme.
Él negó con la cabeza.
—No fue rescatarte.
—¿Entonces qué fue?
Alejandro dudó, como si la respuesta le diera miedo.
—Fue… encontrarte.
El silencio que siguió fue suave, cálido, distinto a cualquier otro que habían compartido.
Laura apoyó su mano sobre su pecho, sintiendo su corazón acelerado.
—Late muy rápido.
—Es tu culpa.
Ella sonrió.
Y esa sonrisa fue su perdición.
Alejandro apoyó su frente contra la de ella, respirando despacio, como si estuviera aprendiendo a hacerlo otra vez.
—No debería —murmuró.
—¿Por qué?
—Porque cuando te vayas… esto va a doler.
Laura negó suavemente.
—Tal vez no tenga que irme todavía.
Fue ella quien cerró la distancia.
El beso comenzó suave, casi tímido. Como si ambos estuvieran comprobando que aquello era real.
Y cuando Alejandro la abrazó con fuerza, supo que llevaba demasiado tiempo esperando algo que no sabía que necesitaba.