Las montañas amanecieron cubiertas de sol.
La tormenta había pasado.
El camino estaba despejado.
Laura observaba el paisaje desde el porche cuando Alejandro salió detrás de ella.
—Hoy podrías bajar al pueblo —dijo él.
No sonaba como una sugerencia. Sonaba como algo que le costaba decir.
Laura giró para mirarlo.
—¿Quieres que me vaya?
Alejandro negó inmediatamente.
—No. Quiero que tengas elección.
Ella se acercó despacio.
—Entonces elijo quedarme.
Sus ojos se encontraron, llenos de una promesa silenciosa.
Alejandro la abrazó con cuidado, como si todavía temiera que desapareciera.
—No sabía que la montaña podía darme algo —susurró.
Laura apoyó la cabeza en su pecho.
—La montaña no. El destino.
El viento sopló entre los pinos, pero esta vez no sonaba a soledad.
Sonaba a hogar.