Los días comenzaron a adquirir una rutina suave.
Laura escribía por las mañanas cerca de la ventana, con el portátil sobre la mesa de madera. Alejandro trabajaba fuera arreglando tejados, reforzando cercas, limpiando caminos. Desde la distancia siempre podía verla a través del cristal… concentrada, mordiendo el bolígrafo, frunciendo el ceño.
Nunca había tenido a alguien esperándolo dentro de casa.
Y ese pensamiento le producía una calma peligrosa.
Una mañana, cuando regresó cubierto de nieve, Laura levantó la vista y sonrió como si su llegada fuera lo mejor del día.
—Estaba pensando en quedarme más tiempo —dijo sin rodeos.
Alejandro dejó los guantes sobre la mesa.
—¿Por el reportaje?
Laura negó lentamente.
—Por ti.
El silencio se llenó de algo cálido y nervioso.
Alejandro se acercó, despacio, como si cada paso fuese una decisión consciente.
—No quiero que te quedes por obligación.
—No es obligación —susurró ella—. Es elección.
Él la besó sin pensarlo más.
Esta vez sin dudas. Sin miedo.
Como si empezara a creer que aquello podía ser real.