La tranquilidad duró hasta que el teléfono de Laura volvió a tener señal.
El mensaje apareció en la pantalla como una grieta en la calma.
“Necesitamos que vuelvas a Madrid. El reportaje debe entregarse.”
Alejandro no dijo nada cuando ella se lo contó.
Pero su silencio pesaba más que cualquier palabra.
—Es solo trabajo —intentó explicar Laura.
Él asintió, mirando el fuego.
—Lo sé.
—Alejandro…
—Siempre supe que esto tenía fecha de caducidad.
Laura sintió cómo el miedo se abría paso en su pecho.
—No digas eso.
Él levantó la mirada, vulnerable por primera vez.
—No quiero volver a perder a alguien.
Laura se acercó y tomó su rostro entre las manos.
—Entonces no me pierdas. Lucha por mí.
Esa noche no durmieron.
Hablaron hasta el amanecer, abrazados, como si cada minuto fuera precioso.