El día que Laura bajó al pueblo para tomar el autobús, el cielo estaba gris.
Alejandro la acompañó en silencio.
Frente a la parada, ninguno sabía qué decir.
—Volveré —susurró ella.
—La montaña seguirá aquí —respondió él.
Pero sus ojos decían otra cosa: miedo.
Laura lo besó con urgencia, con promesas, con todo lo que no cabía en palabras.
—Espérame.
Alejandro apoyó su frente contra la suya.
—Siempre.
El autobús se alejó llevándose una parte de él.
Y por primera vez desde que llegó a la montaña… Alejandro volvió a sentirse solo.