La cabaña volvió a quedarse en silencio.
Pero ya no era el silencio que Alejandro conocía.
Era peor.
Era el silencio de alguien que falta.
Cada rincón le recordaba a Laura: la taza que usaba cada mañana, la manta que siempre dejaba caer del sofá, las fotos impresas que había olvidado sobre la mesa.
Intentó volver a la rutina. Trabajar más horas. Cansarse más.
No funcionó.
Porque ahora sabía lo que era llegar a casa y no estar solo.
Y no quería olvidarlo.