La nieve comenzaba a caer cuando Alejandro escuchó pasos frente a la cabaña.
Pensó que era el viento.
Hasta que alguien llamó a la puerta.
Tres golpes suaves.
Su corazón empezó a latir con fuerza antes incluso de abrir.
Y cuando lo hizo… el mundo se detuvo.
Laura estaba allí, con las mejillas rojas por el frío y los ojos azules brillando como la primera vez.
—Hola —susurró.
Alejandro no habló.
No pudo.
La abrazó con fuerza, levantándola del suelo como si necesitara comprobar que era real.
—Dijiste que volverías —murmuró contra su cabello.
—Y tú dijiste que me esperarías.
—Siempre.
Ella lo miró con una sonrisa temblorosa.
—He venido para quedarme. Si todavía quieres.
Alejandro apoyó su frente contra la suya.
—Llevo esperando que dijeras eso desde el día que te fuiste.
El beso fue intenso, lleno de meses de distancia, de palabras no dichas, de promesas cumplidas.
Esta vez no había despedidas.