La primavera llegó lentamente a las montañas de Andorra.
Donde antes había casas abandonadas, ahora comenzaban a aparecer ventanas con luz.
Laura convirtió una de las antiguas casas en su estudio. Escribía sobre la vida en la montaña, sobre reconstrucción, sobre segundas oportunidades.
Y sobre el amor.
Alejandro dejó de reconstruir solo. Ahora cada decisión era compartida: dónde plantar árboles, qué casas restaurar, qué sueños construir.
Una tarde, mientras caminaban por el pueblo, él se detuvo.
—Quiero enseñarte algo.
La llevó hasta la casa más alta del valle. La puerta aún estaba sin terminar.
—Esta será la última que reconstruya.
—¿Para quién?
Alejandro sacó una pequeña caja del bolsillo.
Las manos le temblaban.
—Para nosotros.
Laura dejó de respirar.
—Laura Rodríguez… ¿quieres quedarte conmigo para siempre?
Las lágrimas llegaron antes que las palabras.
—Sí.
El eco de su risa se mezcló con el viento de la montaña.