Años después, los turistas visitaban el pequeño pueblo restaurado sin conocer su historia completa.
Pero algunos decían que el lugar tenía algo especial.
Algo cálido.
Algo vivo.
En la casa más alta del valle, una mujer morena de ojos azules escribía junto a la ventana, mientras un hombre de ojos avellana trabajaba en el jardín.
A veces se detenían solo para mirarse.
Como si aún no pudieran creer que el destino los había llevado allí.
Porque algunas historias de amor no empiezan en verano.
Empiezan en invierno.
Y duran para siempre.