Donde empieza lo nuestro

Con un "lo siento" basta

El ambiente en la universidad se había vuelto irrespirable para Lucas. Desde que aquella foto manipulada de Noa y Ethan comenzó a circular, los rumores se expandieron como fuego sobre pólvora. Las miradas, los murmullos a sus espaldas y los comentarios llenos de desprecio se hicieron cada vez más evidentes. Pero lo que más le dolió no fueron las habladurías de desconocidos, sino la reacción de Noa.

Cuando Lucas intentó acercarse a él, preocupado por su estado, Noa solo le devolvió una mirada fría y unas palabras que lo atravesaron como un cuchillo:

—¿Qué asco los homosexuales, no?

Lucas se quedó paralizado. Sus ojos buscaron los de Noa, intentando encontrar algo, cualquier indicio de que solo estaba repitiendo lo que había oído, de que no lo decía en serio. Pero Noa no se retractó. Se limitó a fruncir el ceño, a girarse y alejarse.

Desde entonces, Noa comenzó a evitarlo. Dejó de responder sus mensajes, de sentarse a su lado en las salidas, de compartir esos momentos cotidianos que solían hacer su día mejor. Lucas no entendía qué estaba pasando. Noa siempre había sido alguien que no tenía problema con la relación de Jack y Max. Entonces, ¿por qué ahora reaccionaba así?

El aislamiento no tardó en llegar. "Su amigo es homosexual", susurraban. "Qué feo, ¿cómo hay personas así?" Lucas trataba de ignorarlo, de fingir que no escuchaba, pero cada comentario, cada risa burlona, se clavaba más hondo. La universidad, que alguna vez había sido un espacio seguro, se convirtió en un entorno hostil donde cada paso le recordaba que no era bienvenido.

Jack y Max notaron su actitud más apagada. Al principio, Lucas intentó fingir que todo estaba bien, pero ellos lo conocían demasiado bien para creerle. Fue Max quien decidió tomar cartas en el asunto.

—Noa, tenemos que hablar —le dijo una tarde, encontrándolo en la biblioteca.

Noa alzó la vista de su libro con cansancio. Tenía el rostro demacrado, como si no hubiera dormido en días.

—No tengo nada que decir —murmuró, intentando seguir leyendo.

Jack se cruzó de brazos, mirándolo con seriedad.

—Eso es mentira y lo sabes. ¿Por qué te estás alejando de Lucas? ¿Por qué dijiste eso aquel día?

Noa tragó saliva y apartó la mirada. Sentía el peso de sus palabras, la culpa creciendo en su pecho, pero el miedo era más fuerte. No quería ser señalado, no quería que lo vieran de la misma forma en que ahora miraban a Lucas.

—Es mejor así —susurró—. No quiero ser parte de esto.

Max golpeó la mesa con frustración.

—¿Parte de qué? ¡Lucas es tu amigo! Tú mismo decías que no te importaba lo que la gente pensara, pero ahora actúas como si lo odiaras. ¿Sabes cómo lo están tratando? ¿Cómo lo están destrozando con cada palabra que susurran a sus espaldas? Y tú… ¡Tú solo te alejas!

Noa sintió un nudo en la garganta. Sabía que Max tenía razón. Cada vez que veía a Lucas en clase, con la mirada perdida y los hombros tensos, sentía ganas de correr hacia él, de disculparse, de explicarle lo que pasaba dentro de su cabeza. Pero cada vez que pensaba en lo que la gente diría, en cómo su vida cambiaría si se quedaba a su lado, el miedo lo paralizaba.

Jack, más tranquilo que Max, apoyó una mano en su hombro.

—Noa, si de verdad eres su amigo, no lo dejes solo. Lo está pasando muy mal.

Esa noche, Noa no pudo dormir. Recordó todos los momentos con Lucas, su risa, sus bromas, la manera en que lo miraba cuando pensaba que él no lo notaba. Recordó también la expresión de Lucas cuando lo evitó, cuando dijo esas palabras horribles. Y sintió asco. No por lo que otros decían, sino por sí mismo.

Al día siguiente, cuando vio a Lucas caminando por el pasillo con la cabeza baja, ignorando las miradas y los murmullos, algo dentro de él se rompió. Sin pensarlo más, corrió hacia él y lo tomó del brazo.

Lucas se giró con sorpresa, pero antes de que pudiera decir algo, Noa lo abrazó con fuerza.

—Lo siento —susurró—. Lo siento mucho.

Lucas tardó en reaccionar. Seguía dolido, seguía confundido. Pero algo en la forma en que Noa se aferraba a él, como si tuviera miedo de perderlo, le hizo entender que esto no era fácil para él tampoco.

—Noa… —murmuró.

Noa se separó un poco, con los ojos brillantes por las lágrimas contenidas.

—Sé que fui un idiota. Sé que no tengo derecho a pedirte nada después de lo que te dije, pero… si me dejas, quiero arreglar esto. Quiero estar a tu lado.

Lucas lo miró por un largo momento. No era fácil perdonar. Pero también sabía lo que Noa significaba para él. Sabía que, a pesar de todo, todavía lo quería en su vida.

—No quiero que te alejes otra vez —susurró al final.

Noa asintió, aferrándose más a él.

—No lo haré. Lo prometo.




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