Después de todo lo que había sucedido con la relación de Noa y Lucas, las inseguridades, los silencios incómodos y las preguntas sin respuestas, al fin el universo les había dado el respiro que tanto necesitaban. La graduación era el cierre perfecto para un ciclo lleno de emociones, pero, más que eso, era el comienzo de algo completamente nuevo.
Era un cálido viernes por la tarde cuando el grupo de amigos decidió salir para celebrar el final de la universidad. Noa y Lucas, finalmente juntos de una manera clara y sin la incertidumbre que los había rodeado por tanto tiempo, estaban listos para disfrutar de un momento relajado con los demás. Pero, sobre todo, para disfrutar de algo que al fin parecía ser verdaderamente suyo: su relación, sin más presiones, sin más secretos.
Llegaron al parque donde todos los demás ya estaban reunidos. Los amigos de toda la vida, esos con quienes compartieron tantas aventuras y frustraciones a lo largo de los años, los esperaban con una mezcla de sonrisas, bromas y miradas cómplices. Sin embargo, todos sabían lo que había estado sucediendo entre Noa y Lucas. Todos lo sabían, aunque hasta ahora no lo dijeran abiertamente. La tensión y las miradas cómplices entre ellos no pasaban desapercibidas.
Max, el primero en verlos llegar, no pudo evitar dejar escapar un suspiro exagerado antes de soltar una risa fuerte.
—¡Por fin! —dijo con una sonrisa burlona, lanzando sus brazos al aire—. ¡Seis años de lo mismo, chicos! ¡SIX YEARS LATER! Y aquí estamos, celebrando lo que debió haber sucedido mucho antes.
Los demás amigos comenzaron a reír, con la familiaridad de quienes han estado observando ese juego de ida y vuelta entre Noa y Lucas durante demasiado tiempo. Las bromas no tardaron en seguir, como si una vez que Lucas y Noa fueran finalmente una pareja oficial, todo lo demás se soltara.
—Ya era hora —dijo Dylan con una sonrisa traviesa, tomando una cerveza en mano—. Pensé que íbamos a morir de viejos esperando que ustedes dos se dieran cuenta.
—Es cierto —añadió Leo, con una risa suave—. Pero a ver, ¿quién más que Noa iba a ser tan terco como para no admitirlo? Y Lucas, siempre un poco más lento para darse cuenta de sus sentimientos.
Noa se ruborizó ligeramente al escuchar las bromas, pero al ver las caras sonrientes de todos, se dio cuenta de que no había nada de malo en este momento. Era un recordatorio divertido de todo lo que había pasado, y de cómo habían llegado a estar aquí, juntos, finalmente. Sin embargo, Lucas, al ver cómo todos se divertían, no pudo evitar sentirse un poco avergonzado.
—¡Ya basta! —dijo Lucas, levantando las manos en señal de rendición—. ¡Ya sabemos que fuimos lentos, ¿vale?!
Las risas continuaron, pero ahora el ambiente ya no era tan tenso como antes. Al contrario, todos parecían relajados, cómodos, disfrutando de ese momento de paz y camaradería que había tardado tanto en llegar.
Noa se acercó a Lucas y le dio un suave golpe en el brazo, una mezcla entre una muestra de afecto y una forma de bromear.
—¿Sabías que todos nos estaban observando? —dijo Noa, sus ojos brillando con picardía.
Lucas le sonrió de vuelta, un poco incómodo pero claramente feliz. —Sabía que esto iba a ser inevitable. Solo pensé que sería un poco más discreto.
Max, desde el fondo, gritó: —¡Discreto! ¡Tú! ¡Lucas, el que nunca puede ser discreto! ¡Ni con su vida personal!
La risa fue inmediata y contagiosa, incluso Lucas se unió a las carcajadas. A pesar de las bromas, era claro que todos estaban felices por ellos. Ya no había más incertidumbre, más preguntas sin respuesta.
—¿Sabes qué es lo más divertido de todo esto? —preguntó Félix con una sonrisa pícara—. Que ni siquiera nos tienen que dar detalles. Todo esto se ha dado por sí mismo.
Noa asintió, sin dejar de sonreír, mientras Lucas lo miraba con un cariño genuino, como si ese momento fuera lo que realmente importaba.
—Bueno, ya, no sigan molestándonos —dijo Noa, con tono de falsa indignación—. Solo porque se nos ocurrió tomar nuestro tiempo.
—Ya, ya —respondió Dylan, acercándose con una sonrisa amplia—. No sigan peleando. Ahora que todos lo saben, vamos a celebrar de verdad. ¡Que no se nos olvide que estamos graduados, tantos años que pase en el extranjero solo por esto!
La tarde continuó llena de recuerdos, de anécdotas compartidas entre todos, de historias de aquellos años en la universidad que nadie podía olvidar, aunque algunos las preferirían esconder. Pero, en el fondo, era un recordatorio de cómo se habían formado como grupo, cómo se habían mantenido juntos a lo largo de todo.
Cuando el sol comenzó a bajar y las luces del parque se encendieron, creando una atmósfera cálida y tranquila, todos se reunieron cerca de la fuente, el lugar perfecto para hacer una última broma y dejar que la noche tomara su curso.
—Ahora sí, chicos, —dijo Max con una sonrisa amplia—, ya está todo dicho. ¿Vamos a celebrar esto como se debe?
Noa asintió, sin pensarlo, y de repente, miró a Lucas, quien estaba a su lado, esperando algo más. Fue entonces cuando la idea se le ocurrió de forma espontánea, como una chispa que encendía algo en su interior.
—Tengo algo en mente. —dijo, mirando a todos los amigos—. ¡Vamos a hacer esto aún más divertido!
—¿Qué tienes planeado, Noa? —preguntó Leo con curiosidad.
Sin responder, Noa sacó de su mochila una pequeña caja negra. Todos lo miraron intrigados mientras la abría lentamente, revelando un pequeño cohete en su interior.
—¿Un cohete? —preguntó Dylan, confundido.
—Sí —respondió Noa, sonriendo—. Lo vamos a lanzar para despedir nuestra época universitaria. ¡Quiero que todo explote por última vez antes de que nos separemos para siempre!
Lucas se quedó quieto por un momento, viendo la emoción en los ojos de Noa. Había algo en esa idea, en esa espontaneidad, que le daba la sensación de que todo había cobrado sentido.
—¡A por ello! —dijo Lucas con una sonrisa, tomando la caja para ayudar a Noa con el cohete.