IRINA GIBSON.
Me quedo mirándolo.
Travis Sullivan. El ex de Vanessa. El chico bueno del colegio que juega al fútbol americano, saca buenas notas, ayuda a las viejas a cruzar la calle y estaciona mal en rampas para discapacitados. Aparentemente.
— ¿Me vas a seguir mirando así o me vas a sacar de acá? — le digo.
— ¿Querés que te saque?
— No, quiero quedarme a vivir acá. Hacen una limonada espectacular.
Se ríe. Es la primera persona que se ríe de mis chistes malos sin tener miedo.
Se acerca al oficial.
— Disculpe, ¿cuál es la fianza de ella?
— ¿La conocés? — pregunta el oficial.
— No. Bueno, sí. Es... una compañera.
— ¿Vas a pagar por una compañera que prendió fuego un auto?
Travis saca la billetera. Sin pensarlo.
— Sí.
Lo miro.
— ¿Qué hacés? — le siseo—. No tenés que pagar nada.
— Si te dejo acá, vas a prender fuego la celda por aburrimiento — me susurra de vuelta—. Y me voy a sentir culpable.
Paga. El oficial me abre la reja.
— Gibson, te vas. Pero la próxima que te vea acá, no te salva ni tu amiga de porcelana.
Salgo. Me tronqueo los hombros.
— Tenés amigas de porcelana? — me pregunta Travis afuera, ya en el estacionamiento.
— Sí. No hablan, no juzgan y no me dejan en buzón de voz cuando estoy presa. O sea, mejores que mis papás.
Caminamos hacia su auto. Es un auto caro. Obviamente. Todo en Travis Sullivan grita "chico bueno con plata".
— ¿Y por qué dijiste eso en la celda? — le digo de golpe—. Lo del corazón.
Se detiene. Me mira serio.
— Porque te conozco. Desde primer año.
— ¿Me acosás?
— No — se ríe—. Te observo. Hay una diferencia.
— Súper tranquilizador.
— Irina, todos dicen que sos problemática y sin corazón. Que prendés fuego cosas y robás tiendas porque sí. Pero nadie se pregunta por qué lo hacés.
— Ya dije por qué. Estaba aburrida.
— Nadie prende fuego un auto por aburrimiento. La gente que está aburrida ve Netflix.
Me quedo callada. Porque tiene un punto y odio cuando la gente tiene un punto.
— ¿Qué querés, Sullivan?
— Quiero ayudarte a encontrarlo.
— ¿Qué cosa?
— Tu corazón.
Lo miro. De arriba a abajo. Con su campera de capitán, su pelo perfecto y su cara de "yo nunca hice nada malo excepto estacionar mal".
— ¿Y si no tengo? — le digo—. ¿Si realmente soy lo que dicen? ¿Una chica sin corazón?
Se acerca un paso. No me toca. Pero está lo suficientemente cerca para que huela su perfume. Huele caro también.
— Entonces lo inventamos uno. Yo te presto el mío un rato.
Y ahí, por primera vez en 17 años de vida, Irina Gibson, la chica sin corazón, la que todos le temen, la que prende fuego autos por aburrimiento, siente algo raro en el pecho.
No es amor. Todavía no.
Es curiosidad.
— Estás loco — le digo.
— Vos me volviste loco. Desde que te vi prender fuego el tacho de basura en segundo año porque el profesor dijo que tu ensayo era malo.
— ¡Era malo!
— Era buenísimo. Solo que no querías que nadie lo supiera.
Me subo a su auto sin que me invite.
— Llévame a mi casa, chófer. Y si vas a ser mi buscador de corazones oficial, vas a tener que soportar mi mal genio.
Él se sube del otro lado, sonriendo como un idiota.
— Ya lo soporto. Desde hace tres años.
Arranca.
Y mientras nos alejamos de la comisaría, pienso en una cosa.
Quizás Travis Sullivan no es tan bueno como todos dicen.
Y quizás yo no soy tan mala como todos creen.
*¿Esto es amor?*
Todavía no lo sé. Pero por primera vez, quiero averiguarlo.