Dónde florece la misericordia

Capitulo 1

Eliana despertó con la certeza de que algo estaba mal.
No fue un sobresalto ni un grito ahogado lo que la devolvió a la conciencia, sino una quietud antinatural, densa, casi opresiva. Ese tipo de silencio que no pertenece a los lugares cotidianos. Cuando abrió los ojos, lo primero que notó fue la luz: suave, filtrada por cortinas claras, demasiado pulcra, demasiado elegante para resultarle familiar.
El techo era alto.
Demasiado alto.
Tardó varios segundos en recordar cómo respirar.
El aire olía a flores frescas —rosas, quizá—, una fragancia delicada que no reconocía como propia. Al mover la mano, sus dedos se deslizaron sobre sábanas finas, bordadas con un cuidado exquisito. Nada de aquello le pertenecía. Nada de aquello tenía sentido.
Se incorporó con lentitud, como si temiera que un movimiento brusco pudiera romper la escena.
Su cuerpo se sentía distinto.
Más ligero.
Más joven.
Al observar sus manos, notó la ausencia de cicatrices, de marcas que recordaba haber llevado durante años. La piel era clara, cuidada, intacta, como si nunca hubiera conocido el trabajo duro ni el descuido. Un nudo se le formó en la garganta.
—Lady Eliana…
La voz la atravesó como una fisura.
Giró la cabeza con rapidez. Junto a la puerta se encontraba una doncella, erguida, con la postura respetuosa de alguien acostumbrado a obedecer sin preguntar. La miraba con una preocupación genuina, como si aquel nombre no necesitara explicación alguna.
Lady Eliana.
El nombre se asentó en su mente con un peso incómodo. No preguntó quién era. No preguntó dónde estaba. Algo en su interior le advirtió que hacerlo solo confirmaría una verdad que aún no estaba preparada para aceptar.
Horas más tarde, vestida con un traje elegante en tonos claros, Eliana caminaba por los pasillos del ducado intentando no dejar que el vértigo se reflejara en su rostro. Las paredes estaban cubiertas de tapices que hablaban de prosperidad y poder; rosas grabadas en hilos dorados parecían observarla a su paso.
Todos la saludaban.
—Lady Eliana.
—Buenos días, mi lady.
—Qué gusto verla recuperada.
Recuperada de qué, no lo sabía.
Sonreía cuando era necesario. Asentía cuando se esperaba. Su cuerpo imitaba gestos que parecía recordar mejor que su mente. Aun así, la sensación de estar interpretando un papel no la abandonaba.
—Hermana.
La voz masculina la hizo detenerse.
Un joven se acercaba a ella con una expresión aliviada. Tenía el cabello castaño oscuro y los ojos color miel, cálidos de una forma que le resultó dolorosamente reconfortante. Sonreía como si verla de pie y consciente fuera suficiente para tranquilizarlo.
—Te estuve buscando —dijo—. Padre quiere que estemos presentes en el salón principal.
Padre.
La palabra resonó con una autoridad silenciosa.
Eliana asintió, observándolo con una atención que rozaba lo inapropiado.
Cassian.
El nombre surgió sin esfuerzo, como un reflejo. Caminó a su lado, colocándose de manera casi imperceptible entre ella y el tránsito de sirvientes. Ajustó su paso al suyo, atento a cada gesto mínimo.
—Has estado distinta desde ayer —comentó en voz baja—. Más callada.
—Solo estoy cansada —respondió ella.
No era mentira. Pero tampoco era toda la verdad.
Cassian no insistió. Le ofreció una sonrisa tranquila y continuó guiándola, como si aquel simple gesto pudiera protegerla de algo que aún no comprendía.
El salón principal estaba lleno.
Nobles del Sur conversaban con naturalidad, seguros de su influencia y de su lugar en el mundo. El ambiente era elegante, pero cargado de una tensión sutil, como si bajo la cortesía se ocultaran cálculos invisibles.
En el centro, sentado con una postura impecable, se encontraba el Duque de Rosenthal.
Alaric de Rosenthal.
Un escalofrío recorrió la espalda de Eliana.
Su padre no hablaba. Observaba. Sus ojos verdes analizaban cada movimiento, cada palabra, como piezas de un tablero que solo él entendía. Cuando su mirada se cruzó con la de ella, inclinó apenas la cabeza.
No hubo sonrisa.
No hubo calidez.
Solo expectativa.
No falles.
No supo por qué, pero lo entendió con claridad.
—Su Alteza, el príncipe del Reino del Sur.
La atención del salón se volcó hacia la entrada.
Un joven de presencia carismática avanzó entre los nobles con una sonrisa fácil, como alguien acostumbrado a ser querido. Saludaba con naturalidad, aceptando reverencias y elogios sin esfuerzo.
El príncipe Aurelian.
Eliana lo observó con detenimiento, buscando una reacción que no llegó. No sintió rechazo, pero tampoco cercanía. Era como contemplar una pintura hermosa sin el impulso de tocarla.
Respondió a su saludo con cortesía. Correcta. Distante.
Fue entonces cuando escuchó el nombre.
—El Norte se niega a cooperar —susurró un noble—. Desde el ascenso del príncipe heredero, todo es inestabilidad.
—¿Hablas de Lucien Vhaler? —respondió otro—. La Maldición del Norte.
El aire pareció volverse más pesado.
Eliana no supo por qué, pero aquel nombre le provocó un estremecimiento inmediato. No era miedo. Era una incomodidad profunda, como si algo invisible se hubiera desplazado fuera de su lugar.
—Siempre fue peligroso —continuó la voz—. Sangre impura, ojos malditos… era cuestión de tiempo.
Eliana apretó los dedos contra la tela de su vestido.
No conocía a ese hombre.
No sabía si las palabras eran ciertas.
Pero el tono con el que se hablaba de él —seguro, cruel, definitivo— despertó en ella un rechazo instintivo.
Miró a su padre. Alaric escuchaba en silencio, sin intervenir. No defendía ni condenaba. Aquella neutralidad resultó más inquietante que una acusación abierta.
Cassian frunció ligeramente el ceño.
—No es un tema para ti —murmuró—. No vale la pena escuchar rumores.
Pero Eliana ya no podía dejar de escuchar.
No entendía por qué.
No sabía qué significaba.
Solo sabía que aquel mundo estaba lleno de nombres que pesaban demasiado… y que ella había despertado justo cuando uno de ellos comenzaba a resonar.
Mientras el salón recuperaba su murmullo habitual, Eliana tuvo la certeza de que aquello no era solo un nuevo comienzo.
Era el inicio de algo que aún no comprendía.
Y el nombre de Lucien Vhaler, aunque lejano, ya había abierto una grieta.
Cuando la reunión comenzó a dispersarse, Eliana se permitió soltar el aire que había estado conteniendo desde que había entrado al salón. Los nobles se retiraban en pequeños grupos, envueltos en conversaciones triviales que parecían ajenas al peso que ella sentía en el pecho.
—Lady Eliana.
La voz la detuvo a medio paso.
Se giró despacio.
Aurelian estaba a unos pasos de distancia, sin la sonrisa amplia que había mostrado ante el resto. Su expresión era amable, sí, pero más contenida. Más atenta.
—¿Puedo robarle un momento? —preguntó—. Solo para hablar.
Eliana dudó apenas un segundo.
Asintió.
Caminaron juntos hacia uno de los corredores laterales, donde el murmullo del salón se volvía distante. El silencio que se formó entre ellos no era incómodo… pero tampoco natural.
—Lamento si hoy la situación fue abrumadora —dijo él finalmente—. El consejo suele olvidar que no todos están acostumbrados a este tipo de reuniones.
Eliana lo miró sin saber qué responder de inmediato.
—Estoy bien —dijo al final—. Solo fue… inesperado.
Aurelian la observó con atención, como si midiera cada gesto.
—Tiene una forma distinta de mirar las cosas —comentó—. Más… reflexiva.
Eliana sintió un leve sobresalto.
No sabía si aquello era un halago.
—Supongo —respondió, con cautela.
Él sonrió, satisfecho de alguna manera que ella no alcanzó a comprender.
—Me alegra haber venido —añadió—. Creo que este encuentro era necesario.
Para quién, pensó Eliana.
Pero no lo dijo.
—Si me disculpa —dijo en cambio—. Necesito un poco de aire.
Aurelian inclinó la cabeza, aceptando la despedida sin insistir.
—Por supuesto. Nos veremos pronto.
Eliana se alejó con pasos medidos, consciente de su mirada siguiéndola unos segundos más de lo necesario.
No sabía por qué, pero esa breve conversación la dejó con una sensación extraña.
Como si hubiera respondido correctamente…
sin saber exactamente a qué.
Esa noche Eliana no durmió.
O, al menos, no de la forma en que recordaba haber dormido alguna vez. Cada vez que cerraba los ojos, imágenes inconexas se superponían en su mente: un salón en llamas, un joven de ojos violeta cubierto de sangre, una multitud gritando un nombre con odio.
Despertaba sobresaltada, con el corazón acelerado, sin poder distinguir si aquello era un sueño… o un recuerdo que no le pertenecía.
Cuando el amanecer llegó, la encontró sentada en la cama, abrazándose a sí misma.
Había algo profundamente incorrecto en todo aquello.
Pidió estar sola. Las doncellas obedecieron sin cuestionar. Tal vez Lady Eliana solía hacerlo. Ese pensamiento la inquietó aún más.
Caminó hasta la ventana.
El Ducado del Sur se extendía ante ella con una belleza serena: campos verdes, caminos bien trazados, torres blancas brillando bajo el sol. Un lugar próspero. Seguro.
Exactamente como lo describía.
La idea se abrió paso lentamente, peligrosa.
No era solo familiar.
Era idéntico.
Eliana retrocedió un paso, con la respiración irregular. Su mente comenzó a recorrer recuerdos que no eran recuerdos: mapas leídos de madrugada, descripciones memorizadas sin intención, diálogos que jamás pensó necesitar.
Una novela.
Su novela favorita.
Negó con la cabeza, llevándose una mano a la sien. Era absurdo. Ridículo. Y, sin embargo, cada pieza encajaba con una precisión cruel.
El Ducado del Sur.
El Duque Alaric de Rosenthal.
El príncipe Aurelian.
Y el Norte.
Lucien Vhaler.
El nombre surgió acompañado de una certeza incómoda. No recordaba todos los detalles, pero sí lo esencial: el ascenso del príncipe del Norte marcaba el inicio del desastre.
Sintió frío.
—No… —susurró.
Un golpe suave en la puerta la hizo girarse.
—¿Puedo pasar?
Cassian.
—Sí.
Entró con cautela, como si temiera encontrarla peor de lo que estaba. Se detuvo al verla pálida, con los ojos demasiado atentos.
—Padre no vendrá a desayunar —dijo—. Tiene asuntos urgentes.
Por supuesto que los tenía.
—Cassian… —dudó—. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde… lo del Norte?
Frunció el ceño.
—¿Desde lo del príncipe heredero? Unos meses. ¿Por qué?
Unos meses.
En la novela, ese era exactamente el momento en que todo comenzaba.
—Solo curiosidad —respondió ella.
Cuando Cassian se marchó, Eliana se dejó caer en una silla. Ya no podía negarlo.
Estaba dentro de la historia.
Dentro de la novela que había amado… y sufrido.
Recordaba el final.
Lucien Vhaler moría.
Y nadie hacía nada para evitarlo.
Eliana cerró los ojos, con el corazón desbocado.
No solo había despertado en su novela favorita.
Había despertado antes de que todo se rompiera




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