Dónde florece la misericordia

Capitulo 2

Negarlo nocambiaría nada.
Eliana pasó la noche en vela, observando el dosel de su cama como si en él pudiera abrirse una grieta hacia su antiguo mundo. No la hubo. Solo el murmullo constante del viento colándose por la ventana y el sonido lejano de los guardias al cambiarturno, marcando el paso de las horas con una regularidad cruel.
No estabasoñando.
No estabadelirando.
Estaba dentrode la novela.
Su novela.
Cerró los ojosy repasó los hechos con una calma forzada, como si enumerarlos pudieradevolverle el control. El Reino del Sur, próspero y luminoso. El príncipe amado por el pueblo. La duquesa bondadosa que sanaba heridas y hacía florecer los campos. Y el Norte: frío, temido, condenado desde el inicio.
Si sigo elguion, pensó, nadie saldrá herido antes de tiempo.
Ese razonamiento fue lo único que la sostuvo hasta el amanecer.
Durante eldesayuno, Eliana fue amable. Escuchó con atención. Sonrió cuando debía sonreír.Incluso permitió que el duque alabara su porte “digno”, algo que en otros díasle habría resultado distante. Respondió con mesura, con la serenidad que seesperaba de ella, como si aquella compostura no le costara un esfuerzoconstante.
Cassian la observaba con atención, como si buscara una fisura en esa tranquilidadrepentina.
—Hoy estás…tranquila —comentó al final.
—He tomado unadecisión —respondió ella, sin ofrecer más detalles.
No preguntó cuál. Cassian solo asintió, aunque su expresión no terminó de relajarse.
Más tarde,cuando Aurelian regresó al ducado, Eliana no evitó su presencia. Caminó a sulado por los corredores iluminados, aceptó su conversación y no volvió acuestionar sus palabras del día anterior. El príncipe pareció complacido poraquel cambio sutil.
—Me alegraverla más serena —dijo—. Temí haberla incomodado.
—No fue así—mintió con suavidad—. Solo necesitaba ordenar mis pensamientos.
Aureliansonrió, satisfecho, como si aquella respuesta confirmara algo que ya daba por hecho.
Y entonces Eliana comprendió algo inquietante.
El mundoreaccionaba cuando ella se alineaba con la historia.
Las miradasdejaban de ser inquisitivas.
Lasconversaciones fluían con naturalidad.
El pesoinvisible que había sentido desde su despertar se aligeraba.
Cumplir su ro lhacía que todo encajara.
En los días siguientes, visitó aldeas cercanas, tal como lo hacía la protagonista original.Usó su don para cerrar heridas, aliviar enfermedades y devolver la vitalidad acampos marchitos. La gente la observaba con una devoción que le resultaba incómoda. Los rumores crecieron con rapidez, viajando de boca en boca.
—La duquesa esun milagro viviente.
—Dicen quedonde pisa, la tierra revive.
Aurelian siempre estaba cerca, acompañándola en silencio, observándola con una admiración cada vez más intensa.
—Eres exactamente como te imaginaba —le dijo una tarde—. El reino te necesita.
No a mí, pensó Eliana.
A la versiónque esperan.
Esa noche, solaotra vez, abrió la ventana de su habitación y dejó que el aire frío despeinarasu cabello castaño claro. El cielo estaba oscuro y silencioso, indiferente asus pensamientos.
—Está bien—susurró—. Haré lo que se supone que debo hacer.
Aceptaría el compromiso cuando llegara el momento.
Sería amable.
Sería compasiva.
Sería laheroína del Sur.
Porque en la novela, así era como todo funcionaba.
Lo que aún no se atrevía a pensar era esto: que cumplir el rol correcto no garantizaba unfinal justo. Que la historia no premiaba la bondad, solo la obediencia.
Días después,Aurelian caminaba a su lado por los jardines del palacio, con las manos entrelazadas detrás de la espalda, como si el mundo le perteneciera porderecho. El sendero de grava crujía bajo sus botas mientras avanzaban entrerosales que crecían con una vitalidad imposible incluso para el Sur.
—He estadopensando —dijo, rompiendo el silencio—. En el futuro.
Eliana levantóla mirada. Sabía exactamente a qué se refería.
En la novela,ese paseo siempre conducía al mismo punto.
—Mi padre espera que anuncie pronto un compromiso —continuó Aurelian, con una sonrisasuave, ensayada—. El pueblo lo desea. Y… yo también.
El pecho deEliana se tensó, pero mantuvo el rostro sereno.
Este es tu papel, se recordó.
La protagonista amable.
La futura princesa del Sur.
—Lo imaginé—respondió con cuidado—. Siempre has sido claro con tus intenciones.
Aurelian sedetuvo y la miró de frente. Sus ojos claros, confiables, buscaban en los deella una confirmación que sostuviera su mundo.
—Quiero hacerlobien —dijo—. Construir algo estable. Seguro. Contigo.
Eliana asintiólentamente.
—Entonces… lo aceptaré.
Las palabrassalieron con suavidad, pero no le pertenecían del todo.
Aureliansonrió, aliviado, y tomó su mano con naturalidad, como si el futuro acabara desellarse en ese gesto.
—Sabía quepensarías igual.
Reanudaron elpaseo, aunque el aire parecía más denso, como si una corriente invisible sehubiera colado entre los rosales.
Fue entoncescuando escucharon las voces.
No proveníandel jardín, sino del corredor cercano, donde dos caballeros hablaban en tonobajo, convencidos de no ser oídos.
—…llegó uninforme esta mañana.
—¿Del Norte?
—Sí.Movimientos extraños en la frontera.
Eliana sintióun escalofrío recorrerle la espalda.
—Solo rumores—continuó la voz—. Dicen que él no murió.
Aurelianfrunció apenas el ceño.
—¿Otra vez conesa historia?
—La Maldicióndel Norte no desaparece tan fácil —respondió el otro—. Los ojos violeta nomienten.
Eliana apretólos dedos sin darse cuenta.
No dijeron sunombre.
Nunca lo hacían.
—Es una leyenda conveniente —sentenció Aurelian—. El Norte siempre necesita un enemigo interno para mantener el orden.
—¿Y si no lo es? —preguntó ella, sin pensarlo.
Aurelian lamiró, sorprendido.
—¿Te preocupa?
Eliana negó consuavidad.
—Solo pensabaen lo frágil que puede ser la paz.
Él sonrió,confiado.
—Mientras yo esté aquí, nada cruzará esas fronteras.
Eliana bajó lamirada.
Porque ella losabía.
Sabía que el Norte sí cruzaría.
Sabía que aún no era el momento.
Y sabía que el hombre al que todos llamaban monstruo todavía era solo una sombra, esperando su turno en la historia.
Y el problemano era que apareciera.
El problema eraque, cuando lo hiciera,
ella ya noestaría segura
de quién era el verdadero villano




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