«Londres, 12 de diciembre de 1893»
El viento golpeaba la ventana de su habitación con fuerza y como aquella brisa arrazadora, sus pensamientos también formaban una tormenta en su cabeza.
Cerró los ojos intentando conciliar el sueño, pero todo lo que obtuvo fue la vívida imagen del día en que comenzó a odiarse.
Sus puños se cerraron con fuerza entre las sábanas mientras esperaba a que las lágrimas cesaran. Se odiaba a sí mismo por no haber hecho nada, pero también entendía que era solo un niño cuando aquello había sucedido.
Sentía la mirada de su padre aunque no estuviera cerca, y el eco de la voz de su abuelo adentrándose en su cabeza torturosa y repetitiva. El viento azotó con más fuerza, como si supiera de su martirio y quisiera que lo recordara.
—Ian— y justo ahí estaba.
Su abuelo se detuvo en la puerta, mirándolo con aquellos ojos fríos que tanto se asemejaban a los suyos.
Ian solo lo miró entre las sábanas para que supiera que estaba escuchando.
—Levántate. Vamos a cazar con los demás.
No hubo un buenos días, tampoco una despedida. Solo su abuelo tratándolo indiferente como cada día.
Se tragó el nudo en su garganta y, con una caminata casi melancólica, recogió sus cosas y salió al patio luego de lavarse la cara.
Como esperaba, al salir, el frío se metió en cada fibra de su piel, pero aquello no era impedimento alguno para que hiciera su deber. Observó a su abuelo acomodar las flechas en su funda, y bastó una sola mirada para que lo imitara.
Pronto ambos estuvieron listos, y como era costumbre, emprendieron camino bosque adentro. El hombre a su lado no lo miraba, mucho menos hablaba. Como si estuviera presente y a la vez ausente.
Irónicamente, eso le recordaba a alguien perfectamente.
Sería un camino largo y en completo silencio. Vería un atardecer sin colores. No contemplaría las flores, y eso, eso dolía tanto como la partida de quién fue algún día la mujer de su vida.
•••
Sus ojos estaban fijos en la puerta principal esperando a que su madre acabara de llegar. Llevaba más de media hora esperando y sus párpados estaban deseando un descanso.
Dejó caer su cabeza en la dura madera de la mesa y en el momento justo que iba a cerrar los ojos, la puerta se abrió y las bisagras crujieron ante la acción.
Vante levantó el rostro y observó a su madre con resignación.
—Lo siento— se disculpó la mujer antes de dejar sus pertenencias sobre la mesa.
—No, está bien.
Su madre asintió aunque sabía que estaba un poco molesto.
—¿Que hiciste hoy?— preguntó mientras recogía su cabello en una cola alta.
—Dormir y darle de comer a las gallinas— comentó con desdén.
—¿No fuiste al bosque?— cuestionó extrañada mientras se colocaba un delantal.
—Hace días que no voy— dijo en un tono leve.
—¿Se puede saber la razón?
—Pasó algo extraño la última vez que fui. No, no fue la última vez, fui una vez más pero no al mismo lugar— corrigió sus propias palabras.
—Y ¿que pasó?— reiteró su pregunta, esta vez poniendo más atención.
—Un chico raro me dijo que era peligroso estar ahí. Que no debía ir... o algo así— omitió la escena donde aquel extraño lo amenazó con una flecha.
Es que, si decía aquello, tendría que decirle adiós a sus tardes tranquilas.
—Supongo que fue una broma— propuso al ver la mirada intrigada de su madre—. No se veía muy serio el chico, era, más bien... divertido.
Mentiras y más mentiras.
Vante sabía que la mirada del chico era de todo menos divertida, y su rostro, lejos de ser sereno, era un enigma peligroso que no quería enfrentar otra vez.
—Seguramente fue eso— concordó su madre con una sonrisa más tranquila.
—Si...
Vante se levantó y miró una vez más el exterior a través de la ventana. Su madre se dio cuenta de aquella acción, así que sin mucho más que pudiera hacer, caminó hasta él y puso una de sus manos en el hombro ajeno.
—Quieres ir, ¿verdad?— Vante solo asintió sin mirarla— Te dije que podías ir, ¿por qué no vas?
Lo próximo que siguió fue un breve silencio, siendo solo cortado por la fuerza del viento.
—Tengo miedo— confesó en un hilo de voz casi inaudible.
—¿A que?
—A papá.
Sus palabras retumbaron entre las paredes de su hogar. Había sido sincero, pero ni siquiera eso aligeró el dolor en su pecho. Su madre apretó el agarre en su hombro como siquiera decirle: te entiendo, antes de soltar un suspiro tembloroso y volver a la cocina.
Vante se mantuvo en su sitio con la respiración entrecortada, viendo como poco a poco su vista se nublaba.
Pronto aquella neblina se convertiría en finas lágrimas.
El chico se aferró al borde de la mesa antes de soltar un suspiro y salir de su casa con pasos decididos. Su madre no lo detuvo, tampoco lo siguió en ningún momento. Comprendía que su hijo necesitaba su espacio, y ella se lo daría tanto como el bosque al que sabía se dirigía.
Tal vez, si lo ubieses detenido, la historia sería distinta.
Vante caminó entre los arboles hasta llegar a aquel lugar que había encontrado por cosas del destino y una mínima sonrisa surcó sus labios luego de quedarse entre las flores.
Al final del día, ellas eran las únicas que lograban sacarle una sonrisa,
•••
Vió a sus compañeros avanzar con naturalidad. Luego se fijó en su abuelo, quien iba al frente de todos. Recorrió con su vista los alrededores, encontrándose con aquel hermoso pero mortal jardín.
Un suspiro brotó desde sus adentros y, hasta el momento, no hacía más que observar lo que sus ojos delante tenían: Su jardin, no completamente suyo, pero más de él que del mundo
Rebuscó entre las hojas secas.En las copas de los árboles. En el cantar de los pájaros y, sobre todo, en las gardenias. En las rosas. En las margaritas. Y en su busqueda, se encontró con lo que más temía.