Donde Florecen las gardenias

[04] Elíxir de vida y muerte.

Su mirada ya no estaba centrada en las gardenias, sino en la persona que era rodeada por estas. Miró a todos lados, viendo como cada uno de sus compañeros estaban lo suficientemente concentrados en su mundo como para darse cuenta de que sus pasos ya no seguían los suyos.

Caminó velozmente entre los árboles, dando una que otra mirada al grupo de cazadores que poco a poco se alejaba.

Sus manos temblaban ligeramente dentro de los bolsillos de su pantalón. Cerró los ojos unos segundos, preparándose, y con un último suspiro se dirigió hasta Vante.

El mencionado aún no se había percatado de otra presencia que no fuese la de las aves y la naturaleza. Él seguía disfrutando de la tranquilidad del bosque, sin saber lo peligroso que podía ser aquel entorno para él.

Ian más que nadie conocía todo lo que sucedía. Él lo vivió, su madre también, y su padre... simplemente huyó. Condenándolo a él.

Vió a Vante jugar con las flores. Tocando sus pétalos. Respirando el elíxir de su propia muerte.

Lo observó detenidamente como un cazador observa a su presa antes de atacar brutalmente.

Sus pasos no creaban sonido alguno, como si su presencia no fuese más que una identidad invisible.

No suspiró. No habló. No se detuvo hasta que estuvo detrás de Vante, colocándose de una manera que su propia sombra colisionaba contra la suya. Como si fueran una sola persona.

Como si Vante fuese vida, e Ian la sombra que lo protegía.

—Te lo dije una vez— Vante pegó un brinco del susto. Sintiendo aquellas palabras detrás suyo como un reproche.

Y, desgraciadamente, reconocía aquella voz a la perfección.

Ian, al ser más alto que Vante, pudo ver el leve temblor en sus hombros, y aunque eso le disgustara, era inevitable.

—¿No me escuchaste?— murmuró, esta vez más cerca. Vante recibiendo la respiración de Ian en su nuca como una amenaza.

—Si...

—Entonces ¿cuál es tu problema? ¿Por qué no me haces caso?

—No quise hacerlo. No quiero escucharte.

Ian resopló al viento y cerró los ojos. ¿Por qué no entendía? Se preguntó en sus pensamientos.

—Mírame— ordenó, pero Vante ni se inmutó— Te dije que me mires— dijo esta vez más severo. Sus palabras escuchándose frías y sin sentimientos de por medio.

Vante se giró sobre sus pies quedando frente al otro como se lo había ordenado. Aquello le causaba repulsión. ¿Por qué le obedecía? Él también era un hombre. Un poco más bajo que el que se encontraba frente a él, pero seguía siendo uno.

Se preguntó porque su juicio no bastaba para mantenerse firme. Él también podía ordenarle que se fuera. Podía gritarle, exigirle que lo dejara en paz. Pero algo en él se negaba a hacerlo. Le decía que no. Que su voluntad, en ese instante, no tenía valor.

Los ojos de Ian acecharon los suyos. Su mandíbula estaba contraída y sus manos hechas puños.

—Escucha. No quiero hacerte daño. Al contrario, te estoy salvando— pronunció con una lentitud casi abrumadora.

—¿De qué?

—Eso no es de tu incumbencia— gritó furioso. Su paciencia estaba agotandose y el tiempo seguía corriendo— Solo escucha lo que te digo, no pises más este bosque si quieres seguir vivo.

Vante se congeló en su lugar, como si su cuerpo no fuera suyo. Cómo si su cerebro ya no mandara en su organismo y sus pensamientos no pudieran andar con normalidad.

Su respiración se desestabilizó y en fracciones de segundos el oxígeno ya no llegaba a sus pulmones. Miró a Ian buscando una explicación. Estaba desesperado, y ver al pelinegro tan tranquilo hizo que su desesperación aumentara.

—¿Que está pasando?— gastó su último aliento en aquella pregunta.

—Te lo dije. Si no te alejas, mueres.

Y aquello fue lo último que escuchó Vante antes de caer de rodillas al suelo.

Ian se lo había advertido, pero como todo niño ingenuo, no hizo caso.

Ahora, su alma no era suya, y nada de lo que fue un día le pertenecía.

•••

Cuando abrió los ojos lo primero que sintió fue un fuerte dolor en sus extremidades y el eco de las palabras de aquel pelinegro retumbando en su cabeza.

Deslizó su vista por todo su alrededor. Estaba en una cama que no era suya. En un entorno al que no estaba acostumbrado. En un mundo que no conocía, pero en ese momento, nada era más aterrador que aquella mirada fría que lo observaba desde una esquina de la habitación.

Apartó la vista inmediatamente y un escalofrío le recorrió todo el cuerpo cuando escuchó sus pasos acercarse.

Vante solo se abrazó a sí mismo sobre la cama. El miedo no le dejaba respirar, sentía un nudo en su garganta apretarlo hasta dejarlo sin aliento para luego soltarlo un poco y dejarle respirar.

Su piel quemaba y aunque sabía que a esas fechas hacía frío, sentía un calor insoportable y su piel ligeramente roja era la prueba de que no se trataba de delirios.

Esta vez no era su imaginación, era la maldición del bosque haciendo su función.

—Bienvenido— Ian soltó aquellas palabras con pesar. Como mismo las había escuchado él años atrás.

Vante levantó un poco su cabeza, lo suficiente para ver al pelinegro frente a él. Soltó una risa aireada cargada de miedo, pero disfrazada de ironía.

—¿A dónde?— le costó decir aquello en voz alta. Sentía sus cuerdas vocales desgarrarse cuando hablaba— ¿Al infierno?

Ian tragó grueso, buscando las palabras correctas para describir aquello, pero al no encontrarlas, optó por decir lo que le dijeron a él. Aunque sabía que eso sonaría cruel.

—No Vante, es peor que eso.

Y aunque sonara crudo, era lo cierto.

•••

El hombre veía a los dos jóvenes frente a él con el rostro inexpresivo. Sus manos estaban resguardadas en los bolsillos de su vieja chaqueta y la frívola mirada de su nieto lo acechaba con dureza.

Sin duda alguna, aquella mirada era la suya.

Prendió un tabaco y lo llevó a su boca, provocando que el humo se esparciera por toda la casa y Vante estornudara por la molestia.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.