Donde Florecen las gardenias

[05] Insípido.

Vante miraba aquella puerta con urgencia, esperando a que la única persona que conocía en ese lugar saliera. No sabía cuanto tiempo había pasado, pero presenció a través de la ventana como el sol le cedió el paso a la luna.

Cerró los ojos por un momento, hacía un frío de muerte y sus manos estaban congeladas por eso. Abrió los ojos al recordar que su madre no hubiera permitido aquello.

Cuando salió de su nube de recuerdos, unos ojos increíblemente oscuros lo observaban desde la distancia.

Aquel chico se acercó con los brazos detrás de la espalda. Viéndolo tan fijamente que, en algún punto, le causaba terror.

Y ese, lamentablemente, era el cometido principal.

En su cabeza se reprodujo el primer encuentro que tuvo con el pelinegro y dió dos pasos atrás por puro reflejo.

Ian detuvo su andar cuando quedó a solo un metro de su cuerpo, extendiendo una mano hacia Vante, tratando de ser cortés.

—Bienvenido— habló, acercándose un poco más con la mano extendida.

Vante quiso dar un paso atrás, pero una vez más, sintió que él no era él.

Ian desvío la mirada y chasqueó su lengua antes de bajar la mano. Estaba intentando ser lo que no fueron con el, y aquel niño no lo apreciaba.

—Bien. Supongo que estás cansado ¿no?— Vante asintió desconfiado— Sígueme.

—No— se negó, aunque había dudado.

—¿Cómo que no? Me acabas de decir que tienes sueño— habló tranquilo pero su mirada desbordaba frustración.

—No voy a dormir aquí. Quiero ir a mi casa— dictaminó, aunque sabía que de nada serviría.

Ian inhaló con fuerza, llevando su mirada hasta el techo de madera oscura por unos segundos. Vante aprovechó la distracción del otro y corrió hacia la puerta intentando abrirla nuevamente, obteniendo el mismo resultado que la vez anterior: la puerta estaba clausurada.

Se dejó caer al suelo con la espalda recargada en la fría madera de la puerta. Estaba a un paso de la libertad, pero sentía que estaba a millas de ella.

Cerró los ojos con fuerza cuando las lágrimas amenazaron con su presencia. Aquello le molestaba, pero vamos, lo entendía. Era un niño de diesisiete años que pensaba que ese sería el fin de su vida.

—Solo quiero volver a casa— susurró entrecortadamente.

Ian se acercó, sentándose en el suelo a una distancia prudente. Lo que menos quería era agobiarlo más.

—Entiendo que quieras eso, pero eso no será posible en... en este momento— informó con mirada en el techo.

—¿Por qué?

Sabía que no iba a responder. Que la pregunta en sí, era algo estúpida. Pero en su mente quiso creer que aquel extraño le daría la respuesta que ansiaba escuchar.

—Vamos a dormir— repitió Ian, esta vez más bajo.

Vante no respondió. Sabia que no era una sugerencia, pero tampoco una amenaza. Era algo peor que eso. Era una decisión tomada mucho antes de que él llegara.

Ian se puso de pie y lo esperó. No hubo ningún toque. Tampoco una mirada directa. Y aún así, Vante se levantó, porque en el fondo entendía que, aunque no quisiera admitirlo, esa noche ya no le pertenecía a sus sueños.

•••

«Londres, 13 de diciembre de 1893»

Lo intentó toda la noche. Puso todo su esfuerzo en cerrar los ojos y caer dormido. Pero de nada funcionó. Ahora sus ojos ardían pidiendo un descanso, viendo por una rendija de la ventana como el sol salía.

Fueron tantas las preguntas que se hizo esa noche, que su mente llegó a un punto en que que simplemente ya no respondía a nada.

Juntó todas sus fuerzas y el poco valor que tenía para levantarse de aquella cama que no se parecía en nada a la suya. Un mareo instantáneo al ponerse de pie fue la bienvenida a un nuevo día. Tal vez era el hambre, el miedo o el cansancio. Quizá era todo junto causando aquel desastre.

Dirigió su mirada a la puerta, recordando cuando aquel pelinegro lo dejó ahí la noche anterior diciendo que descansara y que esa seria su nueva habitación.

Respiró profundo y exhaló aquel aire cargado de su propia angustia, antes de emprender la pequeña distancia entre la cama y la puerta. Cuando estuvo frente a ella quitó el seguro con los dedos ligeramente temblando ¿con qué se encontraría al salir?

Quizá a aquel hombre mayor fumando otro asqueroso tabaco frente a la ventana mientras idea a un plan para matarlo, pensó, pero lo que sus ojos captaron cuando abrió la puerta fue a aquel pelinegro en la barra de la cocina preparando un té de manzanilla.

Vante frunció el seño, ¿Estará estresado?, Se preguntó al recordar que su madre solía prepararle uno a su padre cuando llegaba estresado del trabajo.

Tragó grueso antes de acercarse, viendo como el contrario ni siquiera le dirigió la mirada. Se puso frente a él y, aunque intentara mostrarse seguro y calmado, su mirada dejaba en evidencia lo temeroso que estaba.

—¿Cómo te llamas?— rompió el silencio con su frágil pregunta.

Esperó una palabra, tal vez una mirada. Pero todo lo que obtuvo fue más silencio.

Posó su vista en el pelinegro, observando cada facción de su rostro, concordando nuevamente con el primer pensamiento que tuvo la primera vez que estuvo cerca suyo.

Aquel chico tenía de hermoso lo que guardaba de turbio.

—¿Cómo te llamas?— volvió a preguntar, está vez un poco más decidido.

Ian levantó la mirada, sus ojos quedando fríamente sobre los suyos. Aquella mirada lo atormentaba. Era la clara advertencia que te decía: no te acerques... y aún así lo hacías.

Ahora se arrepentía de no haberlo escuchado en el bosque. De ser así, no estaría allí.

—¿Realmente te importa?— aquella pregunta lo sacó de sus pensamientos.

—Si— respondió automáticamente.

Escuchó la risa que salió de los labios ajenos. No era un sonido divertido, al contrario, estaba cargada de algo que en ese momento no supo interpretar con claridad.




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