Donde Florecen las gardenias

[06] Hermosamente Mortal

«Londres, 16 de diciembre de 1893»

En tres días será mi cumpleaños, recordó Vante mirando a través de la ventana de su pequeña y nueva habitación. Habían pasado tres días desde que llegó allí, y le costaba admitir que aquellos últimos días habían sido los más raros de toda su vida.

Prácticamente no comía, no porque no le brindaran, sino porque el apetito aparecía en muy pocas ocasiones. Eso le resultaba sumamente extraño, ya que él comía la mayor parte del día, pero decidió ignorarlo y meterse en la cabeza que era debido al miedo y la incertidumbre que sentía todo el rato.

Si, seguramente era eso, pero tal vez era algo mucho más malo.

Sus manos se arrugaron contra las cortinas que cubrían la ventana. Era como si aquella tela, aunque no tuviera significado, le pusiera los pies sobre la tierra. La puerta fue tocada y apretó más sus manos. Aunque habían sido pequeños toques, casi inaudibles, no tuvo que girarse para saber de quién se trataba porque, en su pequeño encierro, había aprendido a distinguir aquellos pasos.

Su vista cayó pesada sobre Ian, quien estuvo frente a él en pocos segundos con aquella mirada oscura y los brazos cruzados. Incluso, sin tener que fijarse mucho, pudo distinguir lo tensos que estaban sus hombros.

—¿Cómo has estado?— Ian le preguntó. Cómo si aquello fuese a cambiar algo.

—Mal.

Vante dejó salir su respuesta con la voz resignada. Extrañaba estar en su casa, el color de la manta que le había tejido su madre y charlar con ella en las mañanas. De hecho, extrañaba también las miradas intensas que le daba su padre.

Sí, incluso a él lo extrañaba.

Ian no dijo nada y, nuevamente, como si se tratara de algo cotidiano, se acercó a Vante.

—¿Confías en mí?

Aquella pregunta dejó descolocado al castaño, quien inconscientemente frunció el seño por el desconcierto.

—¿Confías en mí?— volvió a preguntar, esta vez con la voz más tensa y la mirada más oscura.

¿Cómo podría confiar en tí? Le preguntó Vante mentalmente, como si el contrario pudiese escucharlo, Si fuiste tu quien me trajo aquí. Pero por más que no quisiera, sus palabras solo quedaron allí, encerradas en su cabeza. Incapaces de salir.

—No se— prefirió decir.

—Eso no me sirve— chasqueó sus dedos frente al rostro de Vante— Solo dí, Si o No.

Vante lo meditó, y aunque su cabeza le advertía que la respuesta debería ser un rotundo no, de su boca lo único que salió fue un tembloroso si en confirmación. Tampoco midió el tiempo, ni como pasó, pero luego de eso se encontraba siguiendo a Ian entre los árboles, quien llevaba su arco en su espalda.

En el camino, Ian estuvo sereno y su rostro libre de cualquier expresión. Cómo siempre. Mientras él, aún un poco desorientado, sin limitó a seguir sus pasos sin perderlo de vista.

Una brisa tranquila pero fría batió las copas de los árboles. Era realmente increíble como aquello, aunque le erizara los vellos del frío, le causaba una indescriptible sensación de calma. Y es que, para él, eso significaba la naturaleza. En ella era libre y podía ser quien realmente era. Pero esta vez, esa libertad, no se sentía plena.

Como si algo en ella ahora pesara.

Cerró los ojos suavemente, dejándose llevar por la tranquilidad, aunque en el fondo sentía que no fuera del todo cierta. Cuando abrió los ojos dio un paso atrás observando a Ian, quien se encontraba relativamente cerca suyo.

¿En qué momento se había acercado tanto? Es más. ¿Por qué lo hacía?

—¿Ya me dirás a dónde vamos— dijo entre desconfiado y curioso.

Es que vamos, Ian había llegado de la nada a preguntarle si confiaba en él, cuando solo le dirigía los buenos días cuando se acordaba. ¿Sería acaso su molestia y falta de educación hacia él por culpa de su imprudencia? Se cuestionó al recordar cuando lo llamó insípido y aburrido.

—Ya lo verás— respondió secamente, volviendo a retomar su caminata.

Que se joda. Sí es un Insípido y no pienso discutirlo.

Lo siguió, una vez más. Consentrandose más en el movimiento de su cabello al revolotear en el aire que el camino. Luego de varios minutos caminando, que por cierto, Vante no había prestado atención alguna, Ian se detuvo por un instante antes de voltearse y dirigirse hacia él con sigilo.

—Ya estamos aquí— pronunció, intentando no reaccionar al ver la mirada inquisitiva de Vante hacia el lugar.

—Mira, amo la naturaleza pero, ¿que se supone que hagamos aquí?— Ian no supo descifrar si su voz sonaba acusatoria o decepcionada. De igual forma, le restó importancia.

El pelinegro, ya cansado, quiso desplegar su arco de su espalda para dejarlo en el suelo, pero no imaginó que Vante vería aquello como una amenaza y lo sorprendiera con una piedra que había cargado todo el camino en su bolsillo.

—¿Ese era tu plan? Traerme aquí y matarme. En medio de la nada— murmuró con el miedo corriendole en las venas, pero la audacia palpitando en su cabeza.

Vante apretó la piedra entre sus dedos tan fuerte que causó que la piel de su mano se abriera lentamente. En pocos segundos las heridas pintaron bajo sus pies como pequeñas de gotas de lluvia que caen sobre la tierra.

—Te pregunté si confiabas en mí— Ian soltó las palabras con resignación— Dijiste que sí, pero tus acciones solo me demuestran lo contrario— dicho aquello dejó caer su arco en la humedad de la tierra.

Vante fue soltando la piedra hasta dejarla caer junto al arco, aún sin saber si lo que estaba a punto de hacer era lo correcto.

¿Podría confiar?

El sonido fue seco, breve. Demasiado fuerte para algo tan pequeño.

Ian se agachó y recogió la misma piedra que él dejó caer. Estaba manchada de sangre, al igual que sus manos. La sustuvo unos segundos, como si evaluara su peso, antes de tomar una de las manos de Vante. Observó por unos segundos las heridas que adornaban aquellas delicadas manos con un sentimiento raro. ¿Qué era eso?




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