«Londres, 16 de diciembre de 1893»
Leonor miraba la puerta de su casa con el pecho oprimido, como si su corazón latiera solo por la llegada de alguien con anhelo.
Aquello no tenía sentido. En esa casa solo vivían ella y su marido.
Cerró los ojos para aliviar ese sentimiento, pero seguía sintiendo su cuerpo vacío aún después de hacerlo.
Escuchó la puerta abrirse y miró a su esposo. Aquel hombre de alta estatura entró con una sonrisa y ella se levantó para recibirlo con un abrazo.
Él le dió un beso en la frente cargado de un amor incondicional que rompía barreras. Ella le sonrió con dulzura y lo dejó avanzar.
Gregory caminó hasta la cocina y se sirvió un vaso de agua. Leonor lo vió, calculando sus acciones, antes de acercarse.
—Amor, ¿por qué nunca tuvimos hijos?— formuló la pregunta. En realidad, le causaba curiosidad.
El hombre dejó el vaso de agua a medio llenar sobre la mesa y la miró con una sonrisa melancólica.
—No lo se— le confesó en un susurro.
Ambos se miraron por varios segundos. Él caminó hasta ella y la envolvió en sus brazos. Compartieron un abrazo cálido de ojos cerrados y mentes confusas.
Sentían que les faltaba algo en el mundo. Como sí, de momento, les hubieran arrancado un pedazo de su cuerpo.
Y la verdad era que, lo que sentían, no estaba lejos de ser cierto.
Sí tuvieron un hijo, pero ahora ese niño ya no les pertenecía. Ni siquiera se pertenecía a sí mismo.
•••
«Londres, 17 de diciembre de 1893»
El hombre veía a aquel chico delgado mirando la ventana como si fuese lo único que le importara. Sabía lo que quería, por eso lo dejó ser.
Lo observó por varios minutos. Precisamente los que tardó Vante en recolectar el valor suficiente para abrir aquella ventana de cristal y luego salir por ella sin mirar atrás.
Una sonrisa satisfecha se formó en los labios del hombre.
Él solito había dado el primer paso, ahora solo restaba que su nieto no metiera las manos para arruinarlo.
Oh, señor, creo que lo ha invocado.
Su sonrisa se borró cuando captó la imagen de Ian saliendo de su habitación con el cabello despeinado y los ojos casi cerrados. Estaba recién levantado.
Ian se detuvo en la cocina y miró la puerta de la habitación de Vante. Estaba abierta. Extraño, pensó.
Miró a su abuelo en la sala, quien ya lo miraba con un poco de fastidio. Ahí lo supo: algo andaba mal.
Corrió hasta la puerta, importándole poco la mirada fulminante de su abuelo. Vante no estaba en su habitación. Fue hasta su abuelo, sintiendo que de momento sus latidos se volvían más rápidos.
Tenía miedo. Eso era malo.
El hombre lo miró con aquellos característicos ojos fríos. Ian no apartó la vista, al contrario, lo miró con la misma intensidad que el otro le dirigía.
En algún punto, y aunque no llegara a decirlo. El hombre se sentía orgulloso de ver en lo que había convertido al hijo de su hijo.
—¿Dónde está?— preguntó calmado, pero su mirada irradiaba molestia.
Estaba molesto porque sabía lo que significaba que Vante se fuera.
Vio con desagrado la sonrisa burlona que se formó en los labios de su abuelo. Pareciera que el hombre pudiera leer sus pensamientos.
—No se... —pero su vista se dirigió indiferente hasta la ventana abierta de la sala.
Ian siguió su mirada, y sin pensarlo dos veces corrió hasta ella y miró el bosque espeso que rodeaba la cabaña.
Mierda.
Quiso correr hasta la puerta lo antes posible, pero la presencia de su abuelo detrás suyo le ordenaba sin voz alguna que ni siquiera se atreviera a pensarlo.
Muy tarde. Lo había pensado.
Lo miró por unos segundos, preparándose mentalmente para lo que haría. Caminó hasta la puerta bajo la mirada del hombre tras su espalda.
—No te atrevas— pronunció con pesadez acercándose a él.
Ian no se detuvo.
—Detente— ordenó con fuerza. Sus ojos ardiendo en furia por su insolencia. — Te dije que te detuvieras.
El grito resonó por toda la casa. Alto. Preciso. Capaz de romper vidrios si se lo propusiera.
Ian giró su cuerpo, teniendo una mano ya puesta en el seguro de la puerta. Observó a su abuelo con altanería y soltó una risa carente de gracia.
—No— respondió con una tranquilidad que le estremeció los huesos a su abuelo.
Y salió. Dándole inicio a su propia sentencia.
El aire frío del bosque le golpeó el rostro como un castigo, pero no se detuvo. Al contrario, corrió con más fuerza.
Dejó atrás la cabaña con la puerta abierta. Y dentro de ella, aquel hombre no hizo el amago de seguirlo.
El solo... sonrió.
Sonrió porque sabía que Ian acababa de cometer el error que marcaría su vida.
Dicen que se aprende de los errores ¿No?
•••
Vante se guiaba por los árboles sin saber a dónde iba a llegar. Su corazón latía como si fuera a salirse de su pecho y su respiración era cada vez más errática.
¿Por qué sentía que estaba corriendo en círculos?
Exhausto, se detuvo bajo uno de esos tantos árboles, sentándose en la tierra con las piernas extendidas.
Cerró los ojos sintiendo como el sudor caía por su frente cual cascada en una montaña. ¿Cuánto había corrido?
La verdad era que ni el mismo lo sabía.
Todavía no comprendía de dónde sacó valor para salir de aquella casa. Tal vez fue la imágen de lo que sería volver a sentirse libre. Quizá fue el impulso más erróneo de su vida al saber que nunca más lo sería.
Era tanto el cansancio que tenía que, lo que al principio pensó que sería un breve descanso, se convirtió en un sueño profundo de inmediato.
No fue el frío quien lo despertó.
Tampoco las gotas de lluvia como había esperado.
No sentía el cantar de los pájaros por ningún lado, muy al contrario, el bosque parecía haber quedado mudo.