El bosque seguía en silencio. Como si, de alguna forma, conociera el miedo que le causaba eso a Vante y quisiera aprovecharse de ello.
El castaño no se había detenido en ningún momento, menos aún cuando sabía que Ian lo seguía con ímpetu.
Sentía sus pies arder al herirse con las piedras y espinas del camino y, más de una vez, se había rasguñado los brazos con las ramas de los árboles.
Cubrió sus ojos con su antebrazo derecho. No sabía a dónde más correr y, para empeorar las cosas, la luna esa noche parecía no tener la intención de brillar como siempre.
Corrió hasta que sus pies dolieron y amenazaron con detenerse. Lo hizo tanto que su respiración ya le parecía regular, aunque no lo fuera. Fue tanta su angustia que, sin saberlo, llegó a ese jardín que una vez le pareció interesante y hermoso, pero ahora solo le causaba repulsión y enojo.
No quiso, puedo jurar que no estaba en sus planes hacerlo, pero se detuvo. Dejó que la noche lo consumiera, que sus pasos fueran inertes y sin dirección aparente.
Permitió que su respiración se calmara. Que sus ojos descansaran por unas milésimas de segundos. Y sin darse cuenta, Ian ya lo había alcanzado.
El chico no estaba cerca, se mantenía a unos pocos metros con la mirada fija en los pies de Vante. Inconscientemente, el castaño bajó su vista hasta sus propios pies, encontrándolos tan lastimados que su piel no se lograba ver debido a la sangre que los cubría.
Dejó salir un suspiro tembloroso, no de dolor, sino porque habían sido tantas las ganas de ser libre que le causaba impotencia no poder serlo aún después de lastimarse.
Miró a Ian a los ojos, y el observado sintió una pizca de miedo al ver los ojos de Vante, que antes eran brillantes y serenos, mirándolo con una furia contenida que, si llegaba a estallar, acabaría con todo a su paso. Incluyéndolo a él.
Ian se acercó. Vante no se movió porque en el fondo necesitaba una explicación coherente a las preguntas que le atormentaban la mente. Y sabía que no había nadie aparte de Ian que las respondiese.
Ian se acercó sin despegar sus ojos de los pies lastimados de Vante. ¿Por qué no se había puesto zapatos? Se preguntó a sí mismo con el ceño fruncido.
Vante, por su parte, no sentía dolor, solo una gran desesperación por salir de aquel lugar que lo asfixiaba y le robaba la conciencia.
Miró a su alrededor, sintiendo el aroma de las flores más pesado. El cantar de los pájaros, un susurro lejano. El viento volviéndose más espeso y la noche más oscura.
Ian dio un paso más.
Vante no retrocedió ni apartó la mirada.
El pelinegro siguió caminando hasta quedar frente a él. Ambos se miraron fijamente, como si en los ojos contrarios pudieran encontrar las respuestas a sus preguntas.
Aunque le costó bajar la vista, Ian lo hizo, poniendo nuevamente su atención en los pies de Vante. Soltó un suspiro y se agachó a desatar su propio calzado. Vante veía la acción con intriga, y se sorprendió más cuando sintió la mano de Ian tomar sus pies con cuidado para calzarle sus zapatos.
No negó que aquello, entre tanto frío, le provocó un calor en el pecho al que se aferró.
Ian lo miró desde su lugar y, aun con la escasez de luz, pudo ver la minúscula sonrisa que adornó su rostro. Lo supo al instante, sabía que esa sonrisa se debía a que sus zapatos le quedaban un poco grandes.
Ian se levantó y lo miró soltando un suspiro. Vante respondió de igual forma.
—Gracias —soltó en un hilo de voz casi inaudible. Que Ian le haya dado sus zapatos no disminuía sus ansias de ser libre, pero al menos, le iban a cubrir los pies si decidía intentar serlo de nuevo.
—¿Por qué te fuiste? —Ian le preguntó, ignorando el agradecimiento.
Vante arqueó una de sus cejas y lo miró escéptico.
—¿En serio me preguntas eso? —Ian no dijo nada. Su mirada era la respuesta clara—. Quiero irme. Ser libre. Caminar sin miedo a que se me corte la maldita respiración y me desmaye en medio de la nada. Quiero vivir, maldita sea —explotó, dejando salir lo que sentía—. ¿Por qué no dejas de seguirme? —las lágrimas ya corrían por su rostro y de la impotencia dejó un fuerte golpe en el pecho de Ian—. ¿Por qué no me dejas ser libre?
—La libertad no es huir. Nunca lo ha sido— la respuesta de Ian fue un golpe seco.
—No sé si huir es la solución porque nunca me dices nada— escupió Vante, con lágrimas y rabia— Solo llegas a mi vida y la arruinas llevándome a un lugar al que no pertenezco sin darme explicaciones. Ahora me persigues cuando lo único que quiero es alejarme de ti y tu extraña vida, pero me detienes. ¿No crees que lo mínimo que merezco es una explicación?
El chico tenía razón. Ian lo había llevado a su casa sin su consentimiento. Tampoco le dio una explicación. También era cierto que su vida era extraña, pero... No fue precisamente él quien lo llevó al bosque.
—¿Seré libre algún día?— preguntó Vante a un paso del desespero.
Ian solo volvió a guardar silencio, mirando las gardenias como si les estuviera pidiendo permiso a ellas para hablar. Tardó unos minutos en acomodar sus pensamientos antes de volver a mirar a Vante que respiraba con dificultad entre la oscuridad del jardín.
Vante por fin había decidido hablar en voz alta sobre aquello que lo mantenía en vilo desde el momento en que el bosque lo había llevado hasta allí, pero al parecer Ian no tenía la mínima intención de confesarle la verdad.
Pero, una vez más, Ian lo sorprendió
—Vante… — Ian dijo con voz firme, midiendo sus palabras—. Esto que ves aquí no es un simple jardín. No puedes caminar por él como si fuera tuyo, ni alejarte sin consecuencias.
Vante lo escuchaba con atención, aunque la confusión y el miedo aún lo hacían titubear. Fijó su vista en los ojos de Ian cuando comenzó a hablar nuevamente.
—Las gardenias rojas que crecen aqui no representan belleza, sino el equilibrio entre la paz y la muerte. Cada acto cometido aquí tiene repercusiones, y cada amor que nace bajo sus flores lleva consigo un sentencia.