—Espera... ¿Me estás diciendo que te vas de viaje dos meses antes de nuestra boda? —exclamé con las manos extendidas hacia mi prometido.
Julius Cambridge: pelo rubio como el de su padre, ojos verdes y cejas oscuras, labios finos y nariz aguileña. Todo un bombón, como dirían por ahí. Y sí, su apellido viene de "esa" universidad. Julius, mi prometido desde hace ocho meses y pareja desde hace dos años, acababa de decirme que, sin previo aviso, se marchaba a un viaje de negocios a Islandia. —Ni siquiera podría ubicar ese país en el mapa— pensé. Pero decidió hacerlo justo a dos meses de nuestra boda y a uno de la víspera de Navidad. Esto tenía que ser una broma.
—Cariño, ya te expliqué anoche en la cena que no tengo control sobre los viajes. Me envían donde quieren y cuando quieren —dijo con un tono melancólico que, sinceramente, no parecía sentir.
—Quien dirige esa “susodicha” compañía es tu abuelo, y tu padre es el mayor accionista. ¿No podrías recordarles que la boda está a la vuelta de la esquina y que necesitas estar aquí? —dije tan rápido como Eminem en uno de sus raps, caminando de un lado a otro y gesticulando con las manos.
—¿Y arriesgarme a perder su confianza? Nena, sabes que tengo que ir. Este viaje es importante, y si no lo hago, tanto el abuelo como papá empezarán a mostrar la otra cara de la moneda. ¿Recuerdas lo que pasó con mi primo Jay?
Ah, claro, su primo. No podía faltar. El “favorito del abuelo” que se rebeló y perdió toda la confianza y los privilegios familiares.
—En serio, no quiero que te pase lo mismo, pero… —intenté replicar, aunque me interrumpió al colocar sus manos sobre mis hombros. Por primera vez, dejó de empacar desde que había entrado en nuestra habitación hacía más de media hora.
—Recuerda que en mi familia no existen los “peros”. Es sí o no. Tú aceptaste casarte conmigo; debiste saber que algo como esto podía pasar —dijo con un tono cansado, aunque tranquilo.
No quería discutir más. Mucho menos cargarlo con estrés. Pero todo esto me estaba sobrepasando a mí. Quedarme sola con su madre y su hermana para terminar de planear toda una boda, cuando aún faltaba la mitad de la decoración del lugar... prefería no imaginarlo.
—Entonces... ¿te vas a ir? —pregunté en un tono más suave, aunque igual de desesperado y suplicante. Esperaba que, al verme así, Julius —mi futuro esposo, el hombre que estaba a punto de salir por esa puerta con las maletas en la mano— se detuviera y cambiara de opinión.
Pero no.
Nada de nada.
Simplemente siguió su camino, murmurando un “debo hacerlo”, y cerró la puerta al salir.
Dios mío... ¿qué se supone que haga ahora?
Ay... cómo quisiera tener a alguien de mi lado en todo esto.