Si existe un momento exacto en que la vida se desvía, rara vez se anuncia con claridad.
Yo creí durante años que todo había comenzado aquella tarde en el taller de mi padre, cuando el viento se detuvo al oír una palabra que no supe nombrar, me equivoqué; Eso fue solo el primer gesto. El mundo, paciente como es, esperó a que yo creciera lo suficiente como para entender lo que había hecho… y luego decidió contestar.
Maelcor no volvió a hablarme durante varios días después de señalarme en la plaza.
No se presentó, no preguntó mi nombre, no me ofreció respuestas. Se limitó a existir cerca de mí, como una sombra que había decidido no despegarse del suelo. A veces lo veía en el mercado, observando sin comprar nada. Otras, sentado en la fuente central, dejando que el agua le mojara las botas como si no le importara.
Yo lo sentía incluso cuando no lo veía.
Era una sensación incómoda, como un ruido bajo constante, una presión suave detrás de los ojos. Mi padre también lo notó, aunque no supo ponerle nombre.
—Ese hombre te mira demasiado —dijo una noche, mientras cenábamos en silencio—. No es bueno que los extraños miren así.
Asentí. No tenía palabras para explicarle que Maelcor no me miraba a mí, sino a algo que yo mismo no entendía todavía.
Las cosas siguieron rompiéndose.
El taller empezó a fallar de formas pequeñas pero insistentes. Herramientas que se caían sin razón, metal que se enfriaba demasiado rápido, un molde que se agrietó sin haber sido usado. Mi padre maldecía al cobre, al clima, a su propia torpeza. Yo observaba en silencio, con la certeza incómoda de que el problema no estaba en el taller.
Estaba en mí.
Fue una tarde gris cuando Maelcor decidió hablar.
Yo estaba ayudando a cargar carbón cerca de la muralla cuando él se acercó sin anunciarse. Olía a polvo y a lluvia.
—¿Te duele la cabeza cuando el viento cambia? —preguntó.
No era una pregunta que alguien hiciera por casualidad.
—Sí —respondí, después de dudar un instante.
—¿Oyes cosas que nadie más parece notar?
Tragué saliva.
—Sí.
Asintió, como si confirmara algo que ya sabía.
—Entonces deja eso —dijo, señalando el saco que cargaba— y ven conmigo.
No fue una orden, tampoco una invitación; Fue una conclusión.
Lo seguí.
Caminamos hasta las afueras de Caelumbria, donde las casas se volvían escasas y el suelo empezaba a inclinarse hacia el valle. Nos detuvimos cerca de un viejo campanario derrumbado, uno que ya no tenía campanas ni techo, pero que aún parecía recordar el sonido.
—Escucha —dijo Maelcor.
—Eso hago todo el tiempo —respondí, con más aspereza de la necesaria.
Su bastón golpeó el suelo con un chasquido seco.
—No. Eso es precisamente el problema.
Me indicó que cerrara los ojos. Lo hice, a regañadientes. El mundo se abalanzó sobre mí de inmediato, sonidos superpuestos, intenciones mezcladas, ecos sin forma. Sentí náuseas.
—No intentes entenderlo —dijo—. La Escucha no es acumulación; Es selección.
Respiré como me indicó, lento, incompleto. Como si el aire pesara.
Poco a poco, el ruido se replegó. No desapareció, pero dejó de atacarme desde todas partes a la vez. Por primera vez, sentí algo parecido al control.
Abrí los ojos, temblando.
—¿Qué soy? —pregunté.
Maelcor tardó en responder.
—Un problema —dijo al fin—. Pero también una posibilidad.
Desde ese día, comenzó a enseñarme.
No lecciones claras ni ejercicios ordenados. Enseñanzas dispersas, a menudo incómodas. Me hablaba de la Escucha como si fuera una herida abierta entre el mundo y algunos pocos desafortunados. Decía que no era un don, sino una condición. Que escuchar demasiado pronto podía quebrar a una persona antes de que tuviera la oportunidad de decidir quién quería ser.
—El mundo está hecho de capas —me explicó una noche—. Y tú oyes demasiadas a la vez.
Aprendí a callar por dentro. No a guardar silencio, sino a apagar el ruido interno, ese impulso constante de prestar atención a todo; Era agotador. A veces sangraba por la nariz. Otras, perdía el equilibrio sin razón.
Mi padre comenzó a mirarme como si ya no me reconociera del todo.
La decisión de irme no llegó de golpe. Se fue formando lentamente, como una grieta.
Maelcor nunca me pidió que lo siguiera.
Solo me habló de caminos, de lugares donde el ruido no devoraba a los que escuchaban. De una escuela que no enseñaba a usar el mundo, sino a sobrevivir dentro de él.
—Si te quedas aquí —dijo una mañana—, Caelumbria no sobrevivirá a ti. O tú no sobrevivirás a ella.
Esa noche empaqué lo poco que tenía. Dejé una nota que nunca supe si fue leída; No me despedí.
Salir de Caelumbria fue más fácil de lo que esperaba.
No miré atrás.
Eso también fue un error.
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Editado: 02.01.2026