El estudio siempre había sido un lugar seguro.
Sara lo sabía con una certeza casi física. Allí, entre luces calibradas, fondos neutros y el olor inconfundible del equipo caliente tras horas de trabajo, nada podía tocarla sin su permiso. El mundo quedaba afuera. Las voces, las exigencias, las expectativas. Dentro de esas paredes, ella decidía qué existía y qué no.
Por eso, cuando cruzó la puerta esa mañana, no esperaba sentir esa opresión en el pecho.
Se detuvo apenas un segundo, con la mano aún apoyada en la manija, como si algo invisible le pidiera que no avanzara. Frunció el ceño, molesta consigo misma. No creía en presentimientos. No creía en señales. Creía en hechos, en técnica, en control.
Y aun así, algo estaba fuera de lugar.
—¿Sara? —la llamó una de sus asistentes— Ya llegó.
Ella respiró hondo.
—Voy.
Caminó hacia el centro del estudio con paso firme. Su expresión era la de siempre: serena, profesional, distante. Nadie habría notado la tensión en sus hombros ni el leve temblor que recorrió sus dedos cuando ajustó la correa de la cámara.
Entonces lo vio.
Nash estaba de pie junto al fondo gris, inmóvil, como si no necesitara moverse para ocupar espacio. No hablaba. No sonreía. No hacía nada que llamara la atención… y aun así, todo en él la atraía como un imán silencioso.
Era alto, de complexión fuerte, pero no ostentosa. Su postura no era desafiante ni relajada: era contenida. Como si cada músculo estuviera entrenado no solo para mostrarse, sino para obedecer. Llevaba una camiseta simple, oscura, que parecía más una concesión que una elección.
Cuando levantó la mirada y la encontró, el aire se volvió denso.
No fue una mirada invasiva. Tampoco tímida. Fue directa. Plena. Como si no tuviera nada que ocultar… o como si ya hubiera aceptado que todo en él estaba expuesto.
Sara sintió un impulso inmediato y visceral: bajar la vista.
No lo hizo.
—Buenos días —dijo ella, rompiendo el silencio.
—Buenos días —respondió él.
Su voz no buscó agradar. No se esforzó por ser profunda ni seductora. Fue simple. Y, por alguna razón que no supo explicar, eso la inquietó más que cualquier exceso.
Se presentó con formalidad, intercambiaron las palabras mínimas. Él no intentó alargar la conversación. No hizo preguntas innecesarias. Solo escuchó.
Eso la desconcertó.
Estaba acostumbrada a hombres que llenaban los silencios con ego, con historias, con sonrisas ensayadas. Nash parecía cómodo en el silencio. Como si lo conociera demasiado bien.
—Colócate frente al fondo —indicó ella finalmente—. Empezaremos con algo simple.
Él asintió y obedeció sin apuro.
Sara levantó la cámara. El gesto fue automático. Refugio. Muralla. Distancia.
Miró a través del visor.
Y el mundo se estrechó.
No posaba. No ofrecía ángulos estudiados. No actuaba. Estaba allí, simplemente. Presente. Demasiado presente.
Ella ajustó el enfoque con brusquedad, molesta consigo misma.
—Mírame —ordenó, con un tono más frío del necesario.
Nash alzó apenas el mentón.
La miró.
Y Sara sintió algo incómodo, casi irritante: la sensación de ser vista.
No como mujer. No como objeto. Como persona.
El obturador sonó.
Una vez.
Dos.
Tres.
Cada disparo era más difícil que el anterior. No porque él cambiara, sino porque ella comenzaba a notar cosas que no debía notar. La rigidez en sus hombros. La forma en que contenía la respiración. La tensión invisible de alguien acostumbrado a cumplir.
—Relájate —dijo sin pensar.
Él arqueó apenas una ceja.
—No sé cómo se hace eso —respondió.
No hubo ironía. No hubo humor. Solo una verdad dicha sin dramatismo.
Sara sintió el impacto tardío de esas palabras.
—Solo… respira —intentó.
Nash lo hizo. Lento. Profundo. Como si respirar fuera un acto consciente, casi doloroso.
Ella disparó otra fotografía.
Y se detuvo.
Algo en esa imagen la incomodó profundamente.
No era la técnica. Era la emoción.
Bajó la cámara.
—Descansa un momento.
Nash obedeció. Se sentó en una de las cajas, apoyando los antebrazos en las rodillas. Su mirada se perdió en algún punto indeterminado del suelo.
Sara se giró hacia el monitor, fingiendo revisar el material. Sus manos tardaron más de lo normal en responderle. Había una presión extraña en el pecho. Una alerta silenciosa.
—No me miras como los demás —dijo él de pronto.
Ella se tensó.
—¿Cómo debería mirarte?
—Como si ya supieras lo que vas a encontrar.
Sara lo enfrentó entonces.
—No te miro a ti. Miro la imagen.
Nash sostuvo su mirada.
—Eso no es cierto.
El silencio que siguió fue espeso.
—No te corresponde decirme cómo trabajo —replicó ella, con frialdad.
—Lo sé —respondió él—. Pero aun así lo hiciste.
Algo se agitó en ella. Irritación. Curiosidad. Algo más peligroso.
—¿Siempre eres así de observador? —preguntó.
—Cuando no me queda otra opción.
Sara no insistió, pero esa respuesta quedó vibrando dentro de ella como una cuerda tensa. La sesión continuó. Cambios de luz. De encuadre. De distancia. Ella mantuvo el control, pero cada minuto era más consciente de algo inquietante: Nash no intentaba agradarle.
Eso la desarmaba. Cuando terminó, el estudio volvió a llenarse de ruido: asistentes, indicaciones, despedidas. Nash se vistió sin prisa. No buscó su atención. Antes de irse, se detuvo frente a ella.
—Gracias —dijo.
Sara asintió.
—Fue solo trabajo.
Nash la observó unos segundos más.
—Eso crees tú.
Y se fue. Ella se quedó allí, inmóvil, con la cámara colgando inútilmente de su cuello. Horas después, sola, revisó las fotografías. Y lo entendió. En todas, absolutamente en todas, Nash parecía estar esperando algo. No a ella. A algo que ella aún no se atrevía a nombrar. Cerró la sesión con un nudo en la garganta.