Sara no pudo dormir. No fue insomnio común. No fue cansancio ni café de más. Fue esa clase de vigilia incómoda en la que el cuerpo pide descanso, pero la mente se niega a obedecer. Cada vez que cerraba los ojos, una imagen regresaba con una nitidez perturbadora: Nash de pie frente al fondo gris, inmóvil, mirándola como si supiera algo que ella aún no. Se levantó antes del amanecer.
El departamento estaba en silencio. Demasiado grande para una sola persona. Demasiado ordenado. Sara caminó descalza hasta la cocina, preparó café sin encender las luces y se apoyó contra la mesada, con la taza caliente entre las manos.
—Es solo trabajo —se dijo.
La frase sonó hueca. Encendió la computadora. No tenía intención de revisar las fotos. Lo sabía. Se prometió no hacerlo. Pero aun así, sus dedos se movieron solos, como si tuvieran memoria propia. La carpeta estaba allí.
NASH – SESIÓN 01
Tragó saliva antes de abrirla. Las imágenes aparecieron en la pantalla una a una. No había errores técnicos. No había fallas de encuadre. Era un trabajo impecable. Y sin embargo, algo la inquietó de inmediato.
Nash no parecía el mismo en ninguna fotografía. En algunas había tensión. En otras, una quietud casi dolorosa. En otras, algo que rozaba la resignación. Como si cada disparo hubiera capturado una versión distinta de él, ninguna completa. Sara se acercó a la pantalla.
—¿Quién eres? —susurró.
No se refería al modelo. Se refería al hombre. Cerró la carpeta con brusquedad. No quería seguir. No debía seguir. Esa sensación esa curiosidad, era una grieta peligrosa. Y Sara había pasado años aprendiendo a sellarlas.
El teléfono vibró sobre la mesa. Un mensaje.nNúmero desconocido. Frunció el ceño antes de abrirlo.
Soy Nash. Me dieron tu contacto por la sesión. Perdón la hora.
El corazón le dio un salto breve, traicionero. Miró el reloj. 06:12. Demasiado temprano..Demasiado íntimo. Tardó en responder. Mucho más de lo normal.
Decime.
Los tres puntos aparecieron y desaparecieron varias veces.
Quería saber si….si hice algo mal.
Sara cerró los ojos. Esa no era la pregunta que esperaba.
No. El trabajo estuvo bien.
Silencio.
Entonces fue la forma en que te miré.
El café se le enfrió entre los dedos.
No saques conclusiones..No es profesional.
La respuesta llegó rápido.
Nunca quise incomodarte. Solo no sé mirar de otra manera.
Sara dejó el teléfono sobre la mesa, como si quemara. No respondió.
Pasaron horas antes de que pudiera concentrarse en otra cosa. Cuando finalmente salió, el día ya estaba avanzado. Caminó por la ciudad con la sensación constante de ser observada, aun sabiendo que era imposible. Esa tarde tenía una reunión que no podía posponer. La agencia.
El edificio era elegante, minimalista, impersonal. Sara conocía ese ambiente demasiado bien: sonrisas medidas, palabras calculadas, contratos disfrazados de oportunidades.
—Sara —la saludó Clara, la representante— Justo hablábamos de ti.
—¿Ah, sí?
—La sesión con Nash fue un acierto —continuó— Las imágenes tienen algo distinto.
Sara se tensó.
—¿Ya las viste?
—Algunas —respondió Clara, evaluándola—. Hay interés.
—¿Interés de quién?
Clara sonrió.
—De varios.
Sara sintió una punzada incómoda.
—No estaba al tanto de eso.
—Por eso te llamé—Clara bajó la voz— Hay cosas que deberías saber antes de avanzar.
Sara se inclinó hacia adelante.
—¿Avanzar con qué?
Clara dudó un segundo. Solo uno.
—Nash no es solo un modelo.
La frase cayó pesada.
—¿Qué significa eso?
—Significa que su imagen no le pertenece del todo. Que hay contratos que no se rompen fácilmente. Y que cualquier vínculo fuera de lo estrictamente profesional — dejó la frase inconclusa — podría ser problemático.
Sara sintió una mezcla de irritación y alerta.
—No tengo ningún vínculo con él.
—Todavía —aclaró Clara— Pero lo tendrás, si aceptas el próximo encargo.
—¿Qué encargo?
Clara deslizó una carpeta sobre la mesa. Sara la abrió. Era una campaña extensa. Meses de trabajo. Exclusividad. Y el nombre de Nash aparecía una y otra vez.
—Quieren que seas su fotógrafa principal —dijo Clara— Dicen que él responde mejor contigo.
Sara alzó la mirada.
—Eso no lo decidí yo.
—No —concedió Clara—. Lo decidió él.
El pulso le latió con fuerza.
—Necesito pensarlo.
—Hazlo —respondió Clara— Pero no tardes. Nash no suele pedir nada.
Esa noche, Sara caminó sin rumbo. La ciudad brillaba, indiferente. Pensó en la sesión. En el mensaje. En la advertencia. Pensó en la forma en que Nash había dicho no sé mirar de otra manera..El teléfono vibró de nuevo.
No quería incomodarte. Pero si no aceptas el próximo trabajo, lo entenderé.
Sara se detuvo en seco.
¿Cómo sabes que me lo ofrecieron?
La respuesta tardó.
Porque siempre ocurre así. Y porque nunca puedo evitarlo.
Sara apretó el teléfono con fuerza.
Evitar qué.
Los segundos pasaron.
Uno.
Dos.
Tres.
Finalmente:
Que las personas que me miran terminen pagando el precio.
El frío le recorrió la espalda..Sara levantó la vista. La calle estaba casi vacía. Las luces parecían demasiado lejanas. Por primera vez en mucho tiempo, sintió algo que no reconoció de inmediato. No era miedo. Era anticipación. Y una certeza inquietante se instaló en su pecho, clara como un disparo:
Aceptar a Nash significaba entrar en un territorio que no controlaba. Rechazarlo significaba perder algo que aún no comprendía. Esa noche, mientras intentaba dormir otra vez, una pregunta la persiguió sin descanso: