Dónde La Luz Se Atreve A Mirar

La distancia que quema

Sara aceptó el encargo al día siguiente. No lo hizo por valentía. Tampoco por ambición. Lo hizo porque la idea de no volver a verlo le provocó una incomodidad persistente, una especie de vacío anticipado que no supo justificar con argumentos profesionales.

Se dijo que era curiosidad.
Se dijo que era trabajo.
Se dijo que lo controlaba.

Ninguna de esas cosas era del todo cierta..El segundo encuentro fue distinto desde el primer segundo. El estudio estaba preparado para una sesión más íntima: luces más bajas, fondos oscuros, menos gente. Sara había pedido expresamente trabajar con el equipo mínimo. No quería testigos para esa sensación extraña que le recorría el cuerpo cada vez que pensaba en Nash.

Cuando él llegó, no habló de inmediato. Se quedó cerca de la puerta, como si evaluara el espacio, como si necesitara confirmar que no había nadie más. Llevaba una camisa clara, abierta apenas lo suficiente para revelar piel. No parecía un gesto calculado. Parecía descuido.

—Hola —dijo finalmente.

La voz le rozó la piel.

—Hola —respondió Sara, y odió notar el leve cambio en su propia respiración.

No hubo charla previa. No hubo cortesías. Sara señaló el lugar donde debía colocarse y levantó la cámara con un gesto que intentaba ser firme. Le costó más de lo habitual enfocar. Nash no posaba.

Se movía despacio, como si cada gesto fuera una pregunta silenciosa. Cada vez que giraba el torso, la tela de la camisa se deslizaba apenas, revelando piel tensa, cálida. Sara sintió el impacto físico de esa cercanía incluso a la distancia. El obturador sonó.

Uno. Dos. Tres.

Cada disparo era una descarga breve, controlada. Sara intentó mantenerse en el terreno de lo técnico: luz, composición, contraste. Pero su cuerpo reaccionaba antes que su mente. Había algo en Nash que la desarmaba físicamente.

No era solo su aspecto. Era la forma en que ocupaba el espacio. La manera en que la miraba sin reclamar nada, sin pedir permiso. La calma peligrosa de alguien que ha aprendido a soportar.

—Acércate —dijo ella, y la palabra salió más baja de lo que pretendía.

Nash dio un paso. Luego otro. La distancia se redujo hasta volverse incómoda. Sara bajó la cámara un segundo, solo un segundo, y el impacto fue inmediato. El calor. El olor tenue a jabón y piel. La presencia física real, innegable.

—No tienes que hacerlo —dijo él en voz baja.

—¿Hacer qué?

—Mirarme así.

Sara alzó la cámara de nuevo, como un reflejo defensivo.

—No te estoy mirando de ninguna manera.

Nash esbozó una sonrisa mínima. Triste.

—Eso no es cierto.

Ella tragó saliva.

—Mira hacia la luz —ordenó, con un tono más seco.

Él obedeció, pero antes de hacerlo dijo algo que la tomó por sorpresa:

—Hoy hay alguien afuera.

Sara tensó los hombros.

—¿A qué te refieres?

—A alguien que no debería estar.

Ella giró apenas la cabeza hacia la ventana lateral. No vio nada. La calle estaba tranquila.

—Estás paranoico.

—No —respondió Nash— Estoy acostumbrado.

Sara volvió a enfocarlo.

—Concéntrate —dijo— No mezcles esto con tus problemas.

El obturador sonó otra vez. Esta imagen fue distinta. Nash ya no estaba contenido. Había tensión real en su mirada. Algo más oscuro. Más crudo. Sara lo sintió como un tirón en el pecho.

—¿Quién es? —preguntó, sin darse cuenta de que había bajado la cámara.

Nash dudó. Ese segundo de silencio fue el primer quiebre real.

—No puedo decirte todo —admitió— Pero sí lo suficiente para que entiendas por qué esto— hizo un gesto amplio, abarcando el estudio — no es solo trabajo para mí.

Sara cruzó los brazos.

—Empieza por ahí.

Nash respiró hondo.

—Mi imagen no me pertenece —dijo— Legalmente. Contractualmente. Hay cláusulas que no ves en los contratos. Penalidades. Vigilancia. Gente que se asegura de que no cruce ciertas líneas.

—¿Qué líneas?

Nash la miró directamente.

—Vínculos.

El silencio volvió a cerrarse entre ellos.

—¿Estás diciendo que alguien te controla? —preguntó Sara.

—Estoy diciendo que hay consecuencias cuando me salgo del guion.

Sara sintió una punzada de rabia inesperada.

—Eso es ilegal.

—Eso es habitual —corrigió él.

Un ruido seco resonó afuera. Un golpe metálico. Demasiado fuerte para ser casual. Nash se tensó de inmediato.

—Tenemos que terminar —dijo.

—¿Qué?

—Ahora.

Sara miró hacia la puerta. El pasillo estaba vacío, pero algo en el ambiente había cambiado. Una presión invisible.

—No me digas qué hacer —replicó— Este es mi estudio.

—Justamente por eso —dijo Nash— No quiero arrastrarte a esto.

—¿A qué? —exigió ella.

Nash dio un paso hacia ella. Demasiado cerca. El espacio personal desapareció. Sara sintió el impulso inmediato de retroceder y no lo hizo.

—A pagar el precio de mirarme —susurró.

El pulso le golpeó en la garganta. Por un instante, todo quedó suspendido. El peligro. La advertencia. La atracción física que vibraba entre ambos, contenida pero feroz. Sara levantó una mano, no para tocarlo, sino para marcar distancia y se detuvo a centímetros de su pecho. Sintió el calor.

—No me subestimes —dijo ella—. Si hay algo que no soporto es que decidan por mí.

Nash sostuvo su mirada. Sus ojos oscuros se suavizaron apenas.

—Por eso te elegí.

—¿Para qué?

Antes de que pudiera responder, el teléfono de Nash vibró. Él miró la pantalla y su expresión cambió.

—Tenemos que irnos —repitió—. Ahora sí.

—¿Irnos? —Sara negó con la cabeza—. No voy a salir corriendo por un mensaje.

Nash levantó la vista hacia la ventana otra vez.

—No es una sugerencia.

En ese momento, Sara vio lo que él había visto antes: un auto estacionado demasiado tiempo frente al edificio. El reflejo de una lente. Un destello mínimo. Su estómago se contrajo.

—¿Quiénes son? —preguntó.




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