El ascensor tardó demasiado. Sara lo supo apenas las puertas se cerraron. El descenso fue lento, insoportablemente lento, como si el edificio mismo dudara antes de soltarlos a la calle. Nash permanecía a su lado, inmóvil, con el cuerpo tenso y la mirada fija en los números que parpadeaban sobre la puerta metálica.
—Respira —dijo ella, sin mirarlo—. Estás marcando el ritmo.
—No es ansiedad —respondió él—. Es cálculo.
El ascensor se detuvo en el primer subsuelo. Nash alzó la mano, conteniéndola.
—No salgas todavía.
—¿Por qué?
—Porque quieren que lo hagamos rápido.
Sara lo observó de reojo. La seguridad con la que hablaba la inquietó más que cualquier señal evidente.
—¿Quiénes son? —insistió—. Nómbralos.
Nash dudó apenas un segundo. Luego habló.
—Helix Group.
El nombre cayó con un peso inesperado. Sara lo reconoció al instante. No como una empresa visible, sino como un rumor persistente en el ambiente creativo: contratos de exclusividad, campañas millonarias, cláusulas opacas. Modelos que desaparecían un tiempo y regresaban distintos. Más obedientes. Más vacíos.
—¿Trabajas para ellos? —preguntó.
—Trabajo con ellos —corrigió— No es lo mismo.
El ascensor volvió a moverse. Cuando las puertas se abrieron, Nash no esperó. La tomó del antebrazo firme, pero sin lastimarla y la guió por el estacionamiento. Sara sintió el contacto como una descarga: el calor, la presión exacta, la certeza de un cuerpo que sabía a dónde iba.
—Suéltame —dijo, más por orgullo que por rechazo.
Nash aflojó de inmediato.
—Perdón.
Ese gesto, tan rápido, tan contenido, le provocó un nudo inesperado en la garganta. Subieron al auto de Sara. Ella arrancó sin preguntar direcciones. Nash señaló una salida lateral.
—No vayas a casa —dijo—. Hoy no.
—¿Crees que te llevaría a mi casa? —replicó, molesta.
—Creo que te protegerías por costumbre —respondió— Y hoy eso no alcanza.
Condujo hacia el centro, mezclándose con el tráfico. El pulso le latía fuerte, pero su mente estaba clara. Demasiado clara.
—Habla —exigió—. No voy a seguir a ciegas.
Nash apoyó los codos en las rodillas, inclinándose hacia adelante.
—Firmé cuando tenía diecinueve —empezó— Me prometieron visibilidad, libertad creativa, protección. Lo de siempre. Al principio fue real. Después —se quedó en silencio— después llegaron las cláusulas.
—¿Cuáles?
—Disponibilidad total. Control de imagen. Aprobación de vínculos. Penalidades si dañaba la marca.
Sara apretó el volante.
—Eso es abuso.
—Es negocio —respondió él—. Y yo acepté.
—¿Por qué?
Nash levantó la mirada y la sostuvo. No había desafío en sus ojos. Solo una verdad desnuda.
—Porque nadie me había elegido antes.
El golpe fue directo. Inesperado. Sara desvió la vista hacia el parabrisas. Sintió la presión en el pecho, la rabia mezclada con algo más frágil.
—¿Y ahora? —preguntó—. ¿Por qué ahora conmigo?
Nash respiró hondo.
—Porque contigo no soy una imagen.
El silencio que siguió fue distinto. No incómodo. Peligroso. Llegaron a un edificio antiguo, discreto. Nash indicó estacionar en un garaje subterráneo. Subieron por una escalera angosta hasta un departamento pequeño, casi austero. No había rastros de lujo. Solo lo necesario.
—Quédate —dijo él—. Solo esta noche.
Sara cruzó los brazos.
—No soy alguien a quien esconder.
—Lo sé —respondió—. Por eso te pido que elijas.
Ella lo miró. Vio el cansancio real. La tensión sostenida. Y algo más: miedo. No por él. Por ella.
—Me quedo —dijo—. Pero vas a decirme todo.
Nash asintió. El departamento estaba en penumbra. La cercanía se volvió inevitable. Cada movimiento reducía el espacio entre ambos. Sara se quitó la chaqueta. Nash hizo lo mismo. El aire parecía cargado de electricidad.
—Si cruzamos ciertas líneas —dijo él, con la voz baja— no hay marcha atrás.
—No me hables como si ya lo hubiéramos hecho —respondió ella.
—No —admitió— Pero lo estamos pensando.
La honestidad la desarmó. Se quedaron de pie, frente a frente. Demasiado cerca. Sara notó el ritmo de su respiración. La tensión en su mandíbula. El impulso en su propio cuerpo, claro y persistente. Nash alzó la mano, deteniéndose a centímetros de su mejilla.
—Dime que pare —pidió.
Sara no habló. El silencio fue una respuesta peligrosa. Él se inclinó apenas. El mundo se redujo a esa mínima distancia: el calor compartido, el aliento mezclado, la anticipación punzante. Sara cerró los ojos un instante y dio un paso atrás.
—No —dijo— No así.
Nash bajó la mano de inmediato.
—Gracias.
La palabra la sorprendió.
—¿Por qué?
—Porque nadie me había detenido antes.
El golpe emocional fue más fuerte que cualquier contacto. Sara sintió la fisura. El quiebre. La certeza de que ya no estaba jugando a nada. El teléfono de Nash vibró sobre la mesa. Él miró la pantalla y su expresión se endureció.
—¿Quién es? —preguntó ella.
—Marcus Hale —respondió— Mi supervisor en Helix.
Sara sintió un escalofrío.
—¿Qué quiere?
Nash leyó el mensaje. Su rostro perdió color.
—Quiere verte.
—¿Qué?
—Dice que has generado interés.
Sara soltó una risa breve, incrédula.
—No me conoces tanto como crees si piensas que voy a aceptar.
Nash levantó la vista. En sus ojos había algo nuevo: urgencia.
—No te está invitando.
El silencio cayó como una losa.
—¿Y si digo que no? —preguntó ella.
Nash no respondió de inmediato.
—Entonces —dijo finalmente— dejarán de observarme y empezarán a observarte a ti.
Sara entendió, con una claridad brutal, que el peligro había cambiado de dirección. No era Nash el centro del control. Ahora era ella. Y en ese instante, supo que ya no había vuelta atrás.