El departamento despertó antes que ellos.
No fue un sonido concreto, sino una sensación: la certeza de que el silencio ya no era neutral. Sara abrió los ojos con el cuerpo en alerta, como si hubiera dormido poco y mal, aunque el reloj marcara una cantidad razonable de horas. Nash estaba sentado en el borde del sofá, con la espalda recta y el teléfono en la mano.
—Llegó —dijo sin mirarla.
—¿Quién?
—Marcus Hale.
Sara se incorporó despacio. El aire le raspó la garganta.
—¿Dónde?
Nash levantó la vista. Sus ojos tenían ese brillo contenido que ella empezaba a reconocer como peligro.
—En el edificio.
Sara dejó caer los pies al suelo. El frío le recorrió la piel.
—No dijiste que vendría aquí.
—No pedí permiso —respondió él—. Nunca lo hace.
El timbre sonó una vez. Preciso. Medido. Nash se puso de pie y caminó hacia la puerta. Sara lo siguió, manteniendo una distancia mínima, casi protectora. Cuando Nash abrió, el hombre que entró parecía sacado de un catálogo de elegancia sobria: traje oscuro impecable, sonrisa pequeña, ojos que no se detenían en nada… y en todo.
—Nash —dijo—. Siempre puntual cuando hay consecuencias.
Marcus Hale extendió la mano hacia Sara.
—Y tú debes ser Sara.
No fue una pregunta. Ella sostuvo el apretón con firmeza.
—¿Nos conocemos?
—Aún no —respondió él—. Pero ya nos observamos.
La frase se le clavó en el estómago. Marcus recorrió el departamento con una mirada rápida, clínica.
—Te ahorraré el rodeo —continuó—. Helix Group aprecia el talento. También aprecia la previsibilidad. Tú, Sara, has introducido una variable.
—No trabajo para ustedes —replicó.
—Todavía —corrigió Marcus—. Pero trabajas con Nash. Y Nash… —miró al hombre a su lado— no tiene margen para improvisaciones.
Sara cruzó los brazos.
—¿Qué quieren?
Marcus sonrió apenas.
—Orden.
El silencio se tensó.
—Hay límites —dijo Sara—. Profesionales y personales.
—En Helix —respondió Marcus—, no diferenciamos. Las marcas no se enamoran. Las personas sí. Y eso es un problema.
Sara sintió el pulso acelerarse.
—¿Está prohibido? —preguntó—. ¿Eso es?
Marcus ladeó la cabeza.
—Está penalizado.
Nash dio un paso adelante.
—Déjala fuera —dijo—. El acuerdo es conmigo.
Marcus lo miró con una paciencia peligrosa.
—Los acuerdos se ajustan cuando el riesgo aumenta.
Sacó una tablet y la apoyó sobre la mesa. En la pantalla aparecieron imágenes: Sara entrando al estudio, saliendo del edificio, caminando por la ciudad. Algunas eran de esa misma mañana. El aire se volvió pesado.
—Esto es acoso —dijo ella.
—Es prevención —respondió Marcus—. Y una cortesía. Te avisamos antes de actuar.
—¿Actuar cómo?
Marcus sostuvo su mirada.
—Cancelando contratos. Cerrando puertas. Haciendo que tu nombre se vuelva incómodo.
Nash apretó los puños.
—No —dijo—. Eso no estaba acordado.
—Lo está ahora —replicó Marcus—. A menos que tomes una decisión.
—¿Cuál?
—La misma de siempre —dijo Marcus— Priorizar la marca.
Sara miró a Nash. Vio la tensión cruda en su rostro. La lucha interna. Y, por primera vez, comprendió el tamaño real de la jaula.
—No decidas por mí —dijo ella, firme.
Marcus la observó con interés genuino.
—Eso me gusta de ti —admitió—. Pero el sistema no negocia con voluntades. Negocia con resultados.
Guardó la tablet.
—Tienes veinticuatro horas, Nash. O esto vuelve a su cauce o Sara entra en la ecuación completa.
Se dirigió a la puerta. Antes de salir, se detuvo.
—Ah —añadió— Hay una cláusula más. A partir de ahora, no pueden estar solos.
La puerta se cerró. El silencio que quedó fue brutal. Sara respiró hondo. Sentía el cuerpo caliente, la mente afilada.
—No voy a esconderme —dijo.
Nash se giró hacia ella. Sus ojos estaban oscuros.
—No te lo pediría.
—Entonces dime qué vas a hacer.
Nash tragó saliva.
—Voy a ceder algo.
—¿Qué?
—Mi próxima campaña —respondió— La más grande. La que me mantiene visible. La que ellos necesitan.
Sara frunció el ceño.
—¿Te estás ofreciendo?
—Me estoy comprando tiempo —corrigió— Para sacarte de esto.
Ella negó con la cabeza.
—No quiero ser salvada a costa tuya.
Nash se acercó. Demasiado. El espacio volvió a desaparecer. La atracción, reprimida, vibró con fuerza. Sara sintió el impulso físico, claro, urgente y el peso de la prohibición cayendo como una losa.
—No es salvación —dijo él, en voz baja—. Es elección.
Ella levantó la mano, se detuvo a centímetros de su pecho. Sintió el calor, el latido.
—Esto —susurró— no es una variable. Es real.
Nash cerró los ojos un segundo.
—Por eso duele.
Se separaron. Esa noche, Sara regresó a su departamento escoltada por un silencio que ya no le pertenecía. Encendió las luces. Recorrió cada habitación. Todo estaba en su lugar y aun así, algo había cambiado. Su teléfono vibró..Número desconocido.
Sara, soy Marcus Hale. Solo para que no haya malentendidos: a partir de hoy, todo lo que hagas nos interesa.
Ella apretó el teléfono..La adrenalina le recorrió el cuerpo..Miró por la ventana. Un auto estacionado. Demasiado tiempo. Y entendió, con una claridad feroz, que el deseo ya no era el mayor peligro. Era el detonante.
Porque mientras Sara cerraba las cortinas y el mundo parecía encogerse, supo la verdad que Helix no había dicho en voz alta: No querían separarla de Nash. Querían controlar lo que estaba empezando a sentir.
Y Nash acababa de sacrificar su libertad
para ganar una noche más de distancia…
antes de que el sistema decidiera cobrarse ambos cuerpos.