La autorización llegó como llegan las órdenes que no admiten réplica: limpia, precisa, disfrazada de concesión.
Encuentro permitido. Lugar aprobado.
Duración: noventa minutos. Supervisión pasiva.
Sara leyó el mensaje tres veces, con una mezcla de incredulidad y furia contenida. Lo había enviado Marcus Hale desde un número sin nombre, como si la ausencia de firma volviera aquello menos invasivo.
—Supervisión pasiva —repitió en voz alta— Qué eufemismo tan elegante para decir te estamos mirando.
Nash estaba apoyado contra la pared del estudio improvisado que Helix había montado para la campaña. Todo allí era impecable: luces nuevas, cámaras de última generación, un equipo que no hablaba más de lo necesario. La perfección tenía un precio, y él lo pagaba con cada gesto medido.
—Acepté porque era la única manera —dijo, sin mirarla— Si no, habrían cerrado esto por completo.
—¿Esto? —Sara alzó la ceja—. ¿O nosotros?
Nash guardó silencio.
La cita permitida sería en una cafetería céntrica, elegante, con ventanales amplios y mesas separadas lo justo para parecer íntimas sin serlo. Un lugar donde la vigilancia podía confundirse con casualidad. Helix sabía elegir escenarios.
Sara llegó primero. Se sentó de espaldas al ventanal, por costumbre. Al minuto, lo corrigió: se cambió de lugar, enfrentando la calle.
—No voy a fingir que no están —murmuró.
Cuando Nash entró, lo sintió antes de verlo. La presencia, el peso invisible que se le acomodó en el pecho. Llevaba ropa simple, pero había algo distinto en su postura: una rigidez nueva, como si el traje invisible de la campaña le apretara los hombros. Se sentó frente a ella.
—Hola —dijo.
—Hola.
Entre ambos, una mesa pequeña. Dos tazas que llegaron rápido. Un silencio que no era vacío: estaba lleno de ojos ajenos.
—Hay dos —dijo Nash en voz baja—. Uno en el auto gris. Otro dentro, cerca del baño.
—Lo sé —respondió Sara—. El de adentro no sabe disimular.
Nash esbozó una sonrisa mínima. Se apagó rápido.
—No quería que fuera así.
—Yo tampoco —admitió—. Pero no voy a encogerme para que se sientan cómodos.
Él la miró con algo que rozó la admiración y el miedo.
—No te enfrentes a ellos —pidió—. No todavía.
—No me enfrento —corrigió— Me afirmo.
La conversación avanzó con cuidado. Hablaron de cosas pequeñas: libros, música, la luz de la tarde. Cada palabra era una cuerda tendida entre dos puntos vigilados. Aun así, la atracción física se colaba en los silencios: la forma en que los dedos de Nash rodeaban la taza, la línea de su cuello cuando inclinaba la cabeza, el impulso casi doloroso de Sara por acercarse.
—La campaña empieza mañana —dijo él— Tres ciudades. Cinco semanas. Cero margen.
—¿Y tú? —preguntó ella—. ¿Dónde quedas tú?
Nash apartó la mirada.
—No quedo.
La respuesta le dolió más de lo que esperaba.
—No voy a ser tu pausa —dijo Sara — Ni tu premio de consolación.
Nash la miró de nuevo, con una intensidad contenida.
—Nunca te vería así.
—Entonces mírame —replicó—. Aquí. Ahora. Aunque nos miren.
Él respiró hondo. Asintió. Y lo hizo..Por un instante, el mundo se estrechó. La cafetería, los observadores, Helix todo quedó fuera del foco. Solo estaban ellos y esa corriente caliente que se tensaba entre miradas.
Sara sintió el impulso con claridad. No romántico. Físico. Honesto. Se inclinó apenas. Nash hizo lo mismo. El espacio se redujo a centímetros. El tiempo pareció contenerse.
—Sara —susurró él.
Ella cerró los ojos. Y entonces, un movimiento brusco en la periferia. El hombre cercano al baño se levantó. El auricular visible. La señal inequívoca. Nash se detuvo. Se separó. La ausencia fue casi dolorosa.
—No —dijo—. No así.
Sara abrió los ojos, ardida.
—No por ellos —añadió él—. Por ti. No quiero que tu primer recuerdo conmigo sea una interrupción.
La frase le atravesó el pecho.
—No prometas cosas que no sabes si podrás cumplir —respondió.
—Prometo elegirte cuando pueda —dijo— Y protegerte cuando no.
La cita terminó con puntualidad quirúrgica. Noventa minutos exactos. Afuera, el auto gris seguía allí. Esa noche, Sara no volvió a casa. Fue al estudio. Al suyo. Al real. Encendió las luces y miró las paredes desnudas.
—Basta —dijo.
Tomó el teléfono y marcó un número que había evitado durante años. Un contacto antiguo. Un favor pendiente.
—Necesito blindar mi trabajo —dijo cuando atendieron— Y quiero saber quién me está mirando… sin permiso.
Colgó con el pulso firme. Mientras tanto, en un hotel de lujo, Nash se dejó caer en la cama sin encender las luces. El teléfono vibró. Marcus.
Bien hecho hoy. La campaña empieza. Recuerda: la jaula es transparente para que parezca libertad.
Nash cerró los ojos. Pensó en la mesa pequeña. En la distancia que no se tocó. En la promesa sin forma. Y supo que la jaula empezaba a apretar.
Porque mientras Helix celebraba el control,
Sara acababa de mover una pieza que no estaba en el tablero. Y Nash, atrapado en una campaña diseñada para quebrarlo, entendió algo con una claridad aterradora: El primer beso no ocurrió pero la guerra sí.